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– ¿Qué se dice?

– Supongo que debo felicitarte.

– Ah, eso. No, felicitarme sería prematuro. Pero gracias de todos modos.

Miré fijamente el chisme de desagüe automático que había sobre el urinario American Standard. Me pregunté quién lo habría inventado, y si se habrían vuelto ricos, y si la familia haría bromitas cursis sobre el hecho de que su fortuna se fuera por el desagüe. Tan sólo quería que Chad se largara.

– Te subestimé -dijo, soltando un chorro poderoso. Mientras tanto, mi río Colorado amenazaba con romper la presa Hoover.

– ¿Ah, sí?

– Sí. Sabía que eras bueno, pero no sabía cuánto. No te di el crédito que merecías.

– He tenido suerte -dije-. O tal vez sólo tengo una boca muy grande, y por alguna razón eso le gusta a Goddard.

– No, no lo creo. Tienes una especie de fusión telepática con el viejo. Es como que sabes dónde hay que darle. Juraría que ni siquiera necesitáis hablar. Así de bueno eres. Estoy impresionado, campeón. No sé cómo lo has hecho, pero me has impresionado de verdad.

Se subió la bragueta y me dio una palmada en el hombro.

– Comparte el secreto, ¿quieres? -dijo, pero no esperó la respuesta.

Cuando volví a mi cubículo, Noah Mordden estaba inspeccionando los libros que había sobre el archivador. Sostenía un paquete envuelto en papel de regalo que parecía ser un libro.

– Cassidy -dijo-, nuestro chico guay, demasiado guay para quedarse entre nosotros.

– ¿Perdón? -Joder, le encantaban las referencias crípticas.

– Quiero regalarte algo -dijo.

Le di las gracias y abrí el paquete. Era un libro, un libro viejo que olía a moho. Sim Tzu y el arte de la guerra eran las palabras estampadas sobre la tapa de tela.

– Es la traducción de Lionel Giles, 1910 -dijo-. La mejor, creo yo. No es una primera edición, que ya son imposibles de encontrar, pero una de las primeras reimpresiones, al menos.

Me conmovió.

– ¿Cuándo tuviste tiempo para comprar esto?

– La semana pasada, en realidad lo pedí por Internet. No esperaba que fuera a ser un regalo de despedida, pero en fin. Al menos ahora no tendrás excusas.

– Gracias -le dije-. Lo leeré.

– Por favor, hazlo. Sospecho que ahora lo necesitarás todavía más. Recuerda el kotowaza japonés, «el clavo que sobresale recibe un martillazo». Tienes suerte de salir de la órbita de Nora, pero subir demasiado rápido es peligroso en cualquier organización. Es cierto que los halcones vuelan, pero las ardillas no se enredan con las hélices.

Asentí.

– Lo tendré en mente -dije.

– La ambición es una cualidad útil, pero siempre debes borrar tu rastro -dijo.

Definitivamente estaba aludiendo a algo -tuvo que haberme visto saliendo de la oficina de Nora- y logró que me cagara de miedo. Estaba jugando conmigo, con sadismo, como un gato con un ratón.

Nora me citó en su despacho por correo electrónico, y yo me preparé para una tormenta de mierda.

– Adam -me dijo, sonriendo, al verme llegar-, me acabo de enterar. Siéntese, siéntese. Me alegro tanto por usted. Y tal vez no debería revelar estas cosas, pero me encanta que se hayan tomado en serio mi entusiasmo por usted. No siempre hacen caso, ¿sabe?

– Lo sé.

– Pero les aseguré: si me escuchan, no se arrepentirán. Adam tiene lo que hace falta, les dije, ese tío llegará hasta el final. Les doy mi palabra. Lo conozco.

Claro, pensé, crees que me conoces. No tienes la menor idea.

– Me di cuenta de que le preocupaba lo de la reubicación, así que hice un par de llamadas -dijo-. Me alegra tanto que las cosas le salgan bien.

No respondí. Estaba demasiado ocupado pensando en lo que diría Wyatt cuando se enterara.

Capítulo 37

– ¡Mierda! -dijo Nicholas Wyatt.

Su armadura de arrogancia -tan contenida, tan bronceada- se agrietó durante una fracción de segundo. Me lanzó una mirada que casi rozó un cierto respeto. Casi. Sea como sea, me encontré frente a un Wyatt completamente nuevo, y disfruté viéndolo.

– Me está tomando el pelo -dijo y me siguió mirando-. Más le vale que esto no sea una broma. -Acabó por quitarme la mirada de encima, y fue un alivio-. Joder, es increíble.

Estábamos en su avión privado, pero el avión no se movía. Esperábamos a su tontita de turno para que los dos despegaran hacia la isla de Hawái, donde Wyatt tenía una casa en el complejo Hualalai. Los tres: Wyatt, Arnold Meacham y yo. Yo nunca había estado en un avión privado, y éste era hermoso, un Gulfstream G-IV, cabina interior de cuatro metros de ancho, veintitantos metros de envergadura. Nunca había visto tanto espacio libre en un avión. Prácticamente se podía jugar a fútbol allí dentro. No había más de diez asientos, una sala de conferencias separada y dos baños enormes con duchas.

Por supuesto, yo no los acompañaría a la Isla Grande. Aquello no era más que una provocación. Meacham y yo nos bajaríamos antes de que el avión fuera a ninguna parte. Wyatt llevaba una especie de camisa de seda negra. Deseé que tuviera cáncer de piel.

Meacham le sonrió a Wyatt y le dijo en voz baja:

– Brillante idea, Nick.

– Tengo que reconocérselo a Judith -dijo-. Originalmente, la idea fue de ella -sacudió lentamente la cabeza-. Pero dudo que siquiera ella se lo esperara.

Cogió su móvil y oprimió dos teclas.

– Judith -dijo-. Nuestro chico está trabajando para el Señor Don Jefe en persona. El Pez Grande. Asistente ejecutivo especial del señor presidente -hizo una pausa y le sonrió a Meacham-. No, no bromeo -otra pausa-. Judith, querida, quiero que hagas un curso intensivo con nuestro jovencito -pausa-. Ya, vale, obviamente esto es prioridad número uno. Quiero que Adam conozca a ese tío como la palma de su mano. Quiero que sea el mejor asistente especial que ese tío ha contratado en su puta vida. Correcto. -Y terminó la llamada con un bip. Me miró de nuevo y dijo-: Acaba usted de salvar el pellejo, mi amigo. ¿Arnie?

Parecía que Meacham hubiera estado esperando su turno.

– Revisamos todos los nombres de Aurora que nos dio -dijo de forma siniestra-. Ni salió nada de ningún puto nombre.

– ¿Y eso qué quiere decir? -pregunté. Dios mío, cómo odiaba a ese cabrón.

– No tienen números de seguridad social, no tienen nada.

No nos toque los cojones, amigo.

– Pero ¿de qué habla? Los bajé directamente del directorio de Trion en la página web.

– Bueno, pues no son nombres verdaderos, gilipollas. Los nombres de los asistentes son verdaderos, pero los de la división de investigación son falsos. Así de escondidos están: ni siquiera ponen sus nombres reales en la web. Nunca había visto nada parecido.

– Eso no tiene lógica -dije, sacudiendo la cabeza.

– ¿Nos está diciendo la verdad? -dijo Meacham-. Porque si no, le juro que lo aplastaremos -se dirigió a Wyatt-. La cagó completamente con los registros de personal. No sacó ni una mierda de ahí.

– Los registros no estaban, Arnold -le espeté-. Los habían cambiado de sitio. Así de cuidadosos son.

– ¿Qué sabe de la hembra? -interrumpió Wyatt.

– Veré a «la hembra» la semana que viene -dije sonriendo.

– ¿En plan chico-chica?

Me encogí de hombros.

– Le intereso. Ella forma parte de Aurora. Línea directa con los trabajos secretos.

Para mi sorpresa, Wyatt se limitó a asentir.

– Muy bonito.

Meacham pareció comprender de qué lado soplaba el viento. Se había quedado con el error de la operación Recursos Humanos, con el hecho de que los nombres de Aurora que salían en la página de Trion fueran falsos, y mientras tanto su jefe se concentraba en lo que estaba saliendo bien, en el sorprendente giro de los acontecimientos, y Meacham no quería que le pillaran con el pie cambiado.

– Ahora tendrá acceso al despacho de Goddard -dijo-. Hay un sinfín de artefactos que puede poner allí.