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De hecho, los de Domicile estaban trayéndome los muebles cuando el portero, Carlos, me llamó para decirme que abajo me esperaba un visitante, un señor Seth Marcus. Le dije que lo hiciera pasar.

La puerta principal estaba ya abierta para los del almacén, pero Seth llamó al timbre y se quedó parado en el vestíbulo. Llevaba una camiseta de Sonic Youth y vaqueros Diesel rotos. Sus ojos marrones, que normalmente se veían tan llenos de vida, casi maníacos, parecían muertos. Estaba apagado, y no supe si se sentía intimidado o celoso o cabreado -o una combinación de las tres cosas- por el hecho de que yo hubiera desaparecido de su radar.

– Hola, tío -dijo-. Te he encontrado.

– Hola -le dije y le di un abrazo-. Bienvenido a mi humilde morada.

No sabía qué más decir. Por alguna razón me sentía avergonzado. No quería enseñarle el lugar. Él se quedó en el vestíbulo.

– ¿No ibas a decirme que te mudabas?

– Ha sido una cosa repentina -dije-. Iba a llamarte.

Sacó una botella de champán barata de esa mochila de lienzo que llevaba como si fuera un cartero. Me la dio.

– He venido a celebrarlo. He pensado que una caja de cerveza era poco para ti.

– ¡Genial! -dije, recibiendo la botella e ignorando el ataque-. Pasa, pasa.

– Joder, esto es magnífico -dijo con voz plana y poco entusiasta-. Inmenso, ¿no?

– Ciento ochenta y cinco metros. Ven, te lo enseño.

Le hice el tour. Seth dijo cosas graciosas como «Si eso es una biblioteca, ¿no necesitas libros?» y «lo único que te hace falta para amueblar la habitación es una chati». Dijo que mi piso era «una mierda» y «que apestaba», lo cual era su forma falsamente gangsteril de decir que le gustaba.

Me ayudó a quitarle el plástico y la cinta a un sofá para que pudiéramos sentarnos. Lo habían puesto en medio del salón, cómo flotando allí, de cara al océano.

– Guay -dijo, hundiéndose en él. Parecía como si quisiera poner los pies sobre algo, pero todavía no me habían traído la mesa de centro, lo cual estaba bien, porque no quería verle poner sus Doc Martens llenas de barro sobre mi mesa.

– ¿Ahora te haces la manicura? -dijo con suspicacia.

– De vez en cuando -admití con voz tímida. No podía creer que se diera cuenta de detalles tan pequeños como mis uñas. Dios mío-. Tengo que tener pinta de ejecutivo, ¿sabes?

– ¿Y qué le pasa a tu pelo?

– ¿Qué le pasa?

– ¿No crees que es, digamos, un poco mariposa?

– ¿Mariposa?

– Como demasiado elegante, ¿sabes? ¿Te pones mierdas en el pelo, gomina o espuma o algo así?

– Un poco de gomina -dije en tono defensivo-. ¿Y qué tiene eso de malo?

Achicó los ojos y sacudió la cabeza.

– ¿Te has puesto colonia?

Quise cambiar de tema.

– Creía que trabajabas hoy por la noche -dije.

– ¿Te refieres a lo del bar? No, lo he dejado. Resultó ser una mierda.

– Parecía un sitio guay.

– No para el que trabaja allí, tío. Te tratan como a un puto camarero.

Solté una carcajada.

– Ahora tengo algo mucho mejor -dijo-. Estoy en el «equipo móvil de energía» de Red Bull. Te dan un coche genial para ir por ahí repartiendo muestras y hablando con gente, cosas así. El horario es totalmente flexible. Puedo hacerlo después de lo del bufete.

– Suena perfecto.

– Completamente. Me deja tiempo libre para trabajar en mi himno empresarial.

– ¿Himno empresarial?

– Todas las grandes compañías tienen uno. Un rock mediocre, o un rap, o algo. «¡Trion! ¡Cambia tu mundo!» -cantó-. Algo así. Si Trion no tiene uno, tal vez puedas hablarle de mí a la persona indicada. Te apuesto a que me pagarán royalties cada vez que uno de vosotros lo cante en un picnic de empresa.

– Veré qué puedo hacer -dije-. Hostia, no tengo copas. Estoy esperando un envío, pero no ha llegado. Dicen que en Italia el vidrio se sopla con la boca, me pregunto si todavía se alcanza a oler el ajo.

– No te preocupes. Lo más probable de todas formas es que el champán sea una mierda.

– ¿Sigues trabajando en el bufete?

Eso pareció avergonzarlo.

– Es mi única paga fija.

– Oye, eso es importante.

– Créeme, tío, hago lo menos posible. Hago justo lo necesario para sacarme a Shapiro de encima: faxes, copias, búsquedas, lo que sea, y me queda tiempo suficiente para navegar por la web.

– Guay.

– Gano veinte dólares a la hora por jugar a videojuegos y piratear CD y hacer como si trabajara.

– Genial -dije-. Los tienes bien engañados.

Pero la verdad es que era patético.

– Ya lo creo.

Y en ese momento, no sé por qué, se me escaparon las palabras.

– ¿Y a quién crees que engañas más, a ellos o a ti mismo?

Seth me miró de un modo extraño.

– ¿De qué hablas?

– Quiero decir que haces el gilipollas, haces trampas trabajando lo menos posible, ¿y alguna vez te has preguntado por qué lo haces? ¿Qué sacas de todo eso?

Sus ojos se encogieron, hostiles.

– ¿De qué vas?

– Llegará un momento en que tengas que comprometerte con algo, ¿sabes?

Se quedó en silencio.

– Lo que tú digas -dijo al fin-. Oye, ¿quieres salir, ir a alguna parte? Esto es demasiado adulto para mí, me pone los pelos de punta.

– Vale.

Había estado pensando en llamar al hotel y pedir que nos mandaran a un cocinero para hacer la cena, porque creí que Seth se sentiría impresionado o le parecería guay, pero de inmediato recapacité. No habría sido buena idea. Habría sacado a Seth de casillas. Aliviado, llamé al mozo y le pedí que trajera mi coche.

Me estaba esperando cuando bajamos.

– ¿Es tuyo? -balbuceó-. ¡No es posible!

– Es posible -dije.

Su compostura cínica y desapegada acabó por descomponerse.

– ¡Esta criatura debe de costar unos cien mil!

– Menos -dije-. Mucho menos. De todas formas, la empresa lo alquila para mí.

Se acercó al Porsche lentamente, sobrecogido, igual que se acercaban los simios al monolito en 2001: Odisea del espacio, y acarició el reluciente negro basalto de la puerta.

– Bueno, tío, ¿cuál es tu chanchullo? -exigió-. Quiero mi tajada.

– Ningún chanchullo -dije, incómodo, mientras subíamos al coche-. Me cayó en las manos.

– Vamos, tío, que soy yo, Seth. ¿Te acuerdas de mí? Qué, ¿vendes drogas? Porque si es eso, más vale que me metas.

Solté una risa hueca. Mientras salíamos vi un coche absurdo que debía de ser el suyo: sobre un cochecito de mala muerte había una gigantesca lata de Red Bull, azul, roja y plateada. Era como de broma.

– ¿Eso es tuyo?

– Sí. Guay, ¿no? -dijo. No sonaba muy entusiasmado.

– Simpático -dije. Era ridículo.

– ¿Sabes cuánto me ha costado? Nada. Sólo tengo que conducirlo por ahí.

– Buen trato.

Se recostó en el asiento de cuero flexible.

– Qué máquina -dijo. Respiró una bocanada del olor a coche nuevo-. Esto es genial, tío. Creo que prefiero tu vida. ¿Cambiamos?

Capítulo 39

Volver a encontrarme con la doctora Bolton en las oficinas de Wyatt, donde podría ser visto al llegar o al salir, era, por supuesto, impensable. Pero ahora que había entrado en el club de los grandes cazadores, necesitaba una sesión en profundidad. Wyatt insistió, y yo no me mostré en desacuerdo.

Así que el sábado siguiente nos dimos cita en un Marriott, en una suite destinada a reuniones de negocios. Me habían mandado por correo electrónico el número de habitación. Cuando llegué, ella ya estaba allí, con su ordenador conectado a un monitor de vídeo. Qué raro: esta mujer todavía me ponía nervioso. En el camino había parado para darme otro de mis cortes de pelo de cien dólares, y llevaba ropa decente, no mi acostumbrado atuendo de fin de semana.