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Había olvidado lo intensa que era -los gélidos ojos azules, el pelo rojo cobrizo, el rojo reluciente de labios y uñas- y al mismo tiempo lo dura que parecía. Le di un firme apretón de manos.

– Llega muy puntual -dijo, sonriendo.

Me encogí de hombros, medio sonriendo para hacerle saber que sí, que entendía el comentario, pero la verdad es que no me pareció divertido.

– Tiene buen aspecto. El éxito le sienta bien.

Nos sentamos frente a una elegante mesa de conferencias que parecía salida del comedor de alguien -del mío, tal vez- y me preguntó cómo iba todo. Le informé de lo bueno y de lo malo, incluyendo a Chad y a Nora.

– Tendrá enemigos -dijo-. Eso es de esperar. Pero esos dos son amenazas: usted ha dejado una colilla en el bosque, y si no la apaga puede encontrarse con un incendio.

– ¿Y cómo la apago?

– Ya hablaremos de eso. Por ahora, quiero que nos concentremos en Jock Goddard. Y aunque acabe por olvidar todo lo que voy a decirle hoy, quiero que recuerde por lo menos esto: Goddard es patológicamente honesto.

No pude evitar una sonrisa. Aquello venía de la consigliere de Nick Wyatt, un hombre tan tramposo que haría trampas en un examen de próstata.

Sus ojos relampaguearon de irritación. Se inclinó hacia mí:

– No es una broma. Goddard no le ha escogido porque le guste su cabeza, sus ideas (que por supuesto no son para nada suyas), sino porque su honestidad le resulta refrescante. Usted dice lo que piensa. Eso le gusta.

– ¿Eso es «patológico»?

– La honestidad es prácticamente un fetiche para él. Cuanto más directo sea usted, cuanto menos calculador parezca, mejor será el resultado. -Me pregunté si Judith veía la ironía de lo que estaba haciendo: aconsejándome sobre cómo engañar a Jock Goddard fingiendo honestidad. Cien por cien honestidad sintética, cero por ciento fibras naturales-. Si llega a detectar algo sospechoso, obsecuente o calculador en su comportamiento, si llega a pensar que trata de lamerle el culo o de seguirle el juego, Goddard se echará atrás. Y una vez perdida, su confianza no es recuperable.

– Entendido -dije, con impaciencia-. De ahora en adelante, nada de seguirle el juego.

– Cariño, ¿en qué planeta vives? -me espetó-. Por supuesto que le seguimos el juego al viejo. Lección número dos del arte del peloteo. Usted lo manipulará, pero tendrá que hacerlo con mucho arte. Nada obvio, nada que pueda olerse. Igual que los perros pueden oler el miedo, Goddard puede oler la mentira. Así que usted se presentará como el tipo más directo del mundo. Las malas noticias que le oculten los demás, se las dará usted. Le mostrará un plan que le guste, pero será usted mismo quien señale los puntos débiles. La integridad es un bien escaso en nuestro mundo: cuando aprenda a fingirla, Adam, irá por buen camino.

– Que es por donde quiero ir -dije con sequedad.

Judith no tenía tiempo para mis sarcasmos.

– La gente siempre dice que a nadie le gustan los lameculos. Pero la verdad es que a la inmensa mayoría de presidentes ejecutivos les encanta que les laman el culo, aun cuando saben que se lo están lamiendo. Se sienten poderosos, confiados, un lameculos reafirma sus frágiles egos. Jock Goddard, en cambio, no tiene esa necesidad. Créame, Goddard tiene una opinión bastante buena de sí mismo. Ni la necesidad ni la vanidad lo han enceguecido. No es un Mussolini que necesite rodearse de hombres que siempre le den la razón.

¿Como alguien a quien conocemos?, pensé.

– Mire el tipo de gente de la que se rodea: gente inteligente, ingeniosa, que pueda ser brusca y franca.

Asentí.

– Quiere decir que no le gustan los halagos.

– No, eso no es para nada lo que quiero decir. A todo el mundo le gustan los halagos. Pero Goddard tiene que sentir que son de verdad. Una vez Napoleón salió a cazar en el Bois de Boulogne con Talleyrand, que quería desesperadamente impresionar al gran general. El bosque estaba repleto de conejos, y Napoleón mató cincuenta. Pero cuando descubrió que no eran conejos salvajes, que Talleyrand había mandado a uno de sus sirvientes a comprar docenas de conejos en el mercado y a soltarlos en el bosque, se enfureció. Nunca volvió a confiar en Talleyrand.

– Lo tendré en mente la próxima vez que Goddard me invite a cazar conejos.

– Lo importante -me ladró- es que cuando halague, lo haga de forma indirecta.

– Pero yo no estoy tratando con conejos, Judith. Más bien con lobos.

– Muy bien. ¿Sabe mucho de lobos?

– Un poco.

– Es muy simple. Siempre hay un macho Alfa, por supuesto, pero lo interesante es que la jerarquía se pone a prueba constantemente. Es muy inestable. A veces un macho Alfa suelta un pedazo de carne justo en frente de los otros y se echa un par de pasos para atrás, y se pone a mirar. Los reta a que se atrevan siquiera a olerlo.

– Y si lo hacen, pueden darse por muertos.

– Error. Por lo general, el Alfa no hace más que mirar. Tal vez posar un poco. Levantar la cola y las orejas, gruñir, verse grande y fiero. Y si estalla una pelea, el Alfa atacará las partes más vulnerables de su agresor. Su intención no es herir de gravedad a un miembro de su propia manada, ni mucho menos matar a alguien, por supuesto. El lobo Alfa necesita a los demás. Los lobos son animales pequeños, y ningún lobo es capaz de matar a un alce, a un caribú, sin la ayuda de la manada. Lo importante es que están constantemente poniéndose a prueba.

– Es decir, que me van a poner a prueba constantemente.

Así era: para entender a Goddard, no necesitaba un máster. Necesitaba un diploma de veterinario. Judith me miró de soslayo.

– El asunto, Adam, es que las pruebas son siempre muy sutiles. Pero al mismo tiempo el líder de una manada quiere que su equipo sea fuerte. Por eso se aceptan ocasionales muestras de agresividad: demuestran la resistencia, la fuerza, la vitalidad de la manada entera. Por eso es importante la honestidad, la franqueza estratégica. Cuando halague, hágalo de manera sutil e indirecta, y asegúrese de que Goddard piensa que de usted siempre recibirá la pura verdad. Jock Goddard sabe lo que muchos otros presidentes ignoran: que la franqueza de sus asistentes es vital a la hora de saber qué ocurre realmente en su empresa. Porque si pierde contacto con lo que realmente ocurre, está muerto. Y déjeme que le diga algo más que necesita saber. En toda relación mentor-protegido entre hombres hay un componente padre-hijo, pero yo tengo la sospecha de que en este caso la relación es aun más cercana. Es probable que usted le recuerde a su hijo Elijah.

Recordé que Goddard me había llamado así un par de veces, por error.

– ¿Tiene mi edad?

– La habría tenido. Murió hace un par de años, a los veintitrés. Hay quienes piensan que desde la tragedia Goddard no ha sido el mismo, que se ha vuelto demasiado blando. El asunto es que igual que usted puede llegar a idealizar a Goddard como el padre que le habría gustado tener -y aquí sonrió: de alguna manera sabía lo de mi padre-, es probable que usted le recuerde al hijo que le gustaría tener todavía. Y usted debería ser consciente de ello, porque es algo que tal vez pueda usar. Y es algo que debe tener en mente, porque Goddard puede mostrarse a veces inmerecidamente laxo con usted, pero otras veces puede ser más exigente de lo normal.

Presionó algunas teclas de su portátil.

– Ahora necesito toda su atención. Vamos a ver algunas entrevistas que a lo largo de los años Goddard ha dado por televisión: una vieja, de Wall Street Week With Louis Rukeyer, varias de CNBC, una que hizo con Katie Couric en The Today Show.

En la pantalla apareció, paralizada, una imagen de un Jock Goddard mucho más joven, aunque ya pícaro y con aires de duende. Judith giró sobre su silla para ponerse de cara a mí.

– Adam, ésta es una excelente oportunidad. Pero es también una situación mucho más peligrosa que la que ha experimentado hasta ahora en Trion, porque se encontrará más constreñido, menos libre de pasar desapercibido por la compañía o simplemente de andar con gente normal y trabajar con ellos. Paradójicamente, su trabajo de inteligencia acaba de volverse mucho más difícil. Necesitará todas las municiones que pueda cargar. Por eso quiero que hoy, cuando terminemos de trabajar, usted conozca a este tipo como la palma de su mano. ¿Me sigue?