El portero que parecía estar de turno en las madrugadas y las tardes, los momentos en que yo solía entrar y salir, era un hispano de unos cuarenta años llamado Carlos Ávila. Tenía una voz extraña y estrangulada, como si se hubiera tragado un objeto punzante y no pudiera terminar de digerirlo. Yo le caía bien, sobre todo, me parece, porque no lo ignoraba como hacía el resto de la gente de aquí.
– ¿Trabajando duro, Carlos? -dije al pasar. Normalmente, éstas eran sus palabras cuando era yo quien llegaba, hecho polvo y a unas horas ridículas.
– A duras penas trabajando, señor Cassidy -dijo con una sonrisa y volvió a fijarse en las noticias de la tele.
Conduje un par de manzanas hasta el Starbucks, que acababa de abrir, y compré un café con leche triple, y mientras esperaba a que el muchacho, ese fracasado proyecto de rockero grunge, esa víctima múltiple del piercing, me pusiera vapor en medio litro de leche al dos por ciento de grasa, cogí un Wall Street Journal y el estómago se me encogió.
Ahí, justo en primera página, había un artículo sobre Trion. O, tal como decían, «las miserias de Trion». Había un dibujo con aspecto de grabado de Goddard, que parecía inopinadamente alegre, como si estuviera fuera de juego, como si no entendiera nada. Uno de los titulares pequeños decía: «¿Están contados los días del fundador Augustine Goddard?» Tuve que leerlo dos veces. El cerebro no me funcionaba a tope, y necesitaba mi café con leche triple, que al parecer le estaba dando problemas al chico grunge. El artículo era un documento implacable y agudo de un colaborador habitual del Journal, William Bulkeley, que evidentemente tenía buenos contactos en Trion. Lo esencial parecía ser que las acciones de Trion estaban bajando, sus productos habían quedado desfasados, la compañía («por lo general considerada líder en la electrónica de consumo del campo de las telecomunicaciones») estaba en problemas, y Jock Goddard, fundador de Trion, parecía no darse cuenta. Ya no le ponía corazón a su empresa. Había toda una parte acerca de la «larga tradición» de fundadores de compañías de alta tecnología que eran reemplazados cuando sus empresas llegaban a un cierto tamaño. Se preguntaba si Goddard era la persona adecuada para liderar el periodo de estabilidad que sigue a un periodo de crecimiento económico explosivo. Había mucho acerca de la filantropía de Goddard, sus esfuerzos caritativos, su afición de coleccionar y reparar coches clásicos americanos, cómo había reconstruido por completo su deportivo Buick Roadmaster modelo 1949. La caída de Goddard, decía el artículo, parecía avecinarse.
Genial, pensé. Si cae Goddard, adivinad quién cae con él.
Enseguida recordé: un momento, Goddard no es mi verdadero jefe. Goddard es el objetivo. Mi verdadero jefe es Nick Wyatt. Con las emociones del primer día, me había olvidado fácilmente de a quién debía lealtad.
Por fin, mi café con leche estuvo listo. Le añadí un par de sobres de azúcar Turbinado, removí, bebí un buen sorbo que me quemó el fondo de la garganta, y le puse la tapa de plástico. Me senté para terminar el resto del artículo. El periodista parecía tener toda la información sobre Goddard. La gente de Trion le había dado información. El viejo estaba entre la espada y la pared.
De camino al despacho traté de escuchar un CD de Ani DiFranco que había conseguido en Tower como parte de mi proyecto Alana, pero lo quité después de unos minutos. No lo soportaba. Dos de las canciones no eran siquiera canciones, sólo trozos hablados. Si de eso se trataba, mejor poner Jay-Z o Eminem. No, gracias.
Pensé en el artículo del Journal y traté de diseñar una opinión en caso de que alguien me preguntara al respecto. ¿Diría que era un pedazo de mierda puesto allí por uno de nuestros competidores para hacernos daño? ¿Diría que el periodista había pasado por alto la verdadera historia (fuera la que fuese)? ¿O que había sacado a colación cuestiones importantes que valía la pena tratar? Decidí ir con una versión modificada de esta última: que poco importaba la verdad de las acusaciones, que lo que contaba era lo que pensaran nuestros accionistas, y todos leían el Wall Street Journal, así que tendríamos que tomarnos el artículo en serio, fuera verdad o mentira.
Y en secreto me pregunté quiénes podrían ser los enemigos de Goddard, los que creaban problemas; me pregunté si Jock Goddard estaba de verdad en problemas y yo estaba a bordo de un barco que se hundía. O, para ser más precisos, si Nick Wyatt me había puesto a bordo de un barco que se hundía. Pensé: Este tío debe de estar muy maclass="underline" al fin y al cabo me ha contratado a mí, ¿no es cierto?
Bebí un sorbo de café, pero la tapa no estaba bien cerrada y el cálido líquido marrón y lechoso me cayó sobre el regazo. Parecía como si hubiera tenido un «accidente». Qué manera de comenzar el nuevo trabajo. Debería haberlo tomado como una advertencia.
Capítulo 43
Al salir del lavabo de hombres, donde hice lo mejor que pude para borrar la mancha de café (mis caquis quedaron empapados y arrugados), pasé por el pequeño quiosco de la recepción del ala A, en el edificio principal, que vendía todos los diarios locales y además el USA Today, The New York Times, el Financial Times -el de color salmón- y el Journal. La pila de Wall Street Journals, que normalmente se alzaba como una torre, ya estaba reducida a la mitad, y eran apenas las siete de la mañana. Era obvio que todos en Trion lo estaban leyendo. Me imaginé que para este momento habría copias del artículo, sacadas del sitio web del Journal, en todos los correos electrónicos de la empresa. Saludé a la recepcionista y tomé el ascensor hacia el séptimo piso.
Flo, la asistente principal de Goddard, ya me había mandado por correo electrónico los detalles de mi nuevo despacho. Así es: no era un cubículo, sino un despacho de verdad, del mismo tamaño que el de Jock (y, ya que estamos, del mismo tamaño que los de Nora y Tom Lundgren). Quedaba a un par de puertas del de Goddard, que estaba a oscuras como los demás despachos del corredor ejecutivo. En el mío, sin embargo, la luz estaba encendida.
Sentada frente a su escritorio, justo fuera de mi despacho, estaba mi nueva asistente, Jocelyn Chang, una china-americana cuarentona y de aspecto imperial vestida con un inmaculado traje azul. Tenía las cejas perfectamente curvadas, pelo corto y negro y una boca diminuta en forma de arco decorada con pintalabios húmedo de color melocotón. Estaba etiquetando un clasificador de correspondencia. Al oírme llegar, me miró con la boca fruncida y estiró la mano.
– Usted debe de ser el señor Cassidy.
– Adam -dije. ¿Fue aquél mi primer error? No lo sé. ¿Se suponía que debía mantener cierta distancia, ser formal? Me parecía ridículo e innecesario. Después de todo, casi todo el mundo se refería al presidente ejecutivo como «Jock». Y Jocelyn me doblaba la edad.
– Soy Jocelyn -dijo. Tenía un cierto acento plano y nasal, como del área de Boston, que no me esperaba-. Encantada.
– Igualmente. Flo dice que llevas toda la vida aquí. Me alegro de que así sea.
Ups. A las mujeres no les gusta oír eso.
– Quince años -dijo cansinamente-. Los últimos tres con Michael Gilmore, su predecesor inmediato. A él lo reasignaron hace un par de semanas, así que he estado esperando.