Tuve la clara sensación de que Camilletti estaba inventándolo todo, de que en realidad su padre era un inversor bancario y vivía en un complejo de Boca Ratón y jugaba al golf todos los días, pero los ojos de Goddard parecían haber comenzado a brillar.
– Adam -dijo Goddard-, tú entiendes lo que quiero decir, ¿no?
Durante un instante me sentí como un ciervo paralizado frente a un par de faros. Era obvio lo que Goddard quería escuchar. Pero después de unos segundos negué con la cabeza.
– Para mí -dije lentamente-, si no se hace ahora, se tendrán que eliminar aun más empleos dentro de un año. Tengo que decir que estoy de acuerdo con el señor… con Paul.
Camilletti alargó una mano y me dio una palmada en el hombro. Retrocedí un poco. No quería que pareciera que me ponía de lado de nadie, y menos contra mi jefe. No era la mejor forma de comenzar mi nuevo empleo.
– ¿Qué términos propones? -dijo Goddard con un suspiro.
– Cuatro semanas de indemnización.
– ¿Sin importar cuánto tiempo lleven con nosotros? No. Dos semanas de indemnización por cada año que hayan estado con nosotros, más dos semanas adicionales por cada año por encima de diez años.
– Eso es una locura, Jock. En algunos casos pagaremos un año de indemnización, tal vez más.
– Eso no es indemnización -murmuró Jim Colvin-, eso es seguridad social.
Goddard se encogió de hombros.
– O despedimos en estos términos, o no despedimos -dijo, y me miró con expresión acongojada-. Adam, cuando vayas a cenar con Paul, no dejes que escoja el vino. -Luego se dirigió al jefe de servicios financieros-. Quieres que los despidos sean efectivos el 1 de junio, ¿no?
Camilletti asintió con recelo.
– Me parece recordar vagamente -dijo Goddard- que firmamos un contrato de indemnizaciones de un año de duración con la división de CableSign que compramos el año pasado, y ese contrato expira el 31 de mayo. El día antes.
Camilletti se encogió de hombros.
– Pues bien, Paul, estamos hablando de casi mil trabajadores que recibirían un mes de salario más un mes de paga por cada año de trabajo… si los despedimos un día antes. Una indemnización bastante decente. Ese día de diferencia significará mucho para esa gente. Tal como están las cosas, recibirían dos semanas. Una miseria.
– El 1 de junio es el primer día del trimestre…
– No lo admito. Lo siento. Que sea el 30 de mayo. Y en cuanto a los empleados que no hayan ejercido su derecho a comprar acciones, les daré doce meses para hacerlo. Y aceptaré una reducción de mi salario. A un dólar. ¿Y tú, Paul?
Camilletti sonrió nerviosamente.
– Tú tienes más opciones de compra que yo.
– Lo vamos a hacer una sola vez -dijo Goddard-. Lo haremos una sola vez y lo haremos bien. No recortaré dos veces.
– Entendido -dijo Camilletti.
– Bien -dijo Goddard con un suspiro-. Como digo siempre, algunas veces simplemente hay que subirse al autobús, seguir con el programa. Pero quiero discutirlo con todo el equipo de gestión, así que convoca a tantos como sea posible reunir. También quiero ponerme al teléfono y hablar con nuestros inversores. Si se lleva adelante, como me temo que se hará, grabaré un anuncio para que se emita en la web de la empresa -dijo Goddard-, y lo emitiremos mañana, después del cierre de las operaciones. Y haremos el anuncio público al mismo tiempo. No quiero que se escape ni una palabra antes de tiempo, es desmoralizante.
– Si lo prefieres, yo haré el anuncio -dijo Camilletti-. Así tú te lavas las manos.
Goddard lo miró intensamente.
– No voy a achacarte esto a ti. Me niego. Es decisión mía: para mí son el crédito, las portadas de revistas, y también la culpa. Es lo justo.
– Lo digo pensando en que has hecho tantas declaraciones en el pasado. Van a clavarte…
Goddard se encogió de hombros, pero parecía triste.
– Supongo que comenzarán a llamarme La Sierra Goddard o algo así.
– Creo que «Jock de Neutrones» suena mejor -dije, y por primera vez Goddard sonrió de verdad.
Capítulo 45
Salí del despacho de Goddard sintiéndome a la vez aliviado y oprimido.
Había sobrevivido a mi primera cita con él, había logrado no quedar demasiado como un imbécil. Pero estaba en poder de un secreto industrial serio, información confidencial que cambiaría la vida de mucha gente.
Pero había decidido que no iba a darles esto a Wyatt y compañía. Esto no formaba parte de mis tareas, no estaba en la descripción de mi empleo. No tenía nada que ver con los trabajos secretos. No era mi obligación hablarles de esto a mis adiestradores. Y ellos, de todas formas, no sabían que yo lo sabía. Que se enteraran de los despidos de Trion a la vez que el resto del mundo.
Preocupado, bajé del ascensor en el tercer piso del ala A para comer algo, aunque fuera tarde, cuando vi un rostro familiar que caminaba hacia mí. Un tío alto, delgado, de poco menos de treinta años y pelo mal cortado, gritó «¡Ey, Adam!» al entrar al ascensor.
En esa fracción de segundo que pasó antes de que pudiera ponerle un nombre a la cara, el estómago se me cerró. Mi instinto animal había percibido el peligro antes de que mi cerebro lo comprendiera.
Asentí, seguí caminando. La cara me ardía.
Su nombre era Kevin Griffin, un tío afable aunque de aspecto atontado, y bastante buen jugador de baloncesto. Solíamos hacer unos tiros en Wyatt Telecommunications. Él estaba en la División Empresarial, en routers. Según lo recordaba, había un tío muy astuto y muy ambicioso detrás de ese porte relajado. Siempre obtenía los mejores resultados, y solía bromear conmigo, sin ninguna mala intención, acerca de mi actitud informal frente al trabajo.
En otras palabras, sabía quién era yo en realidad.
– ¡Adam! -insistió-. ¡Adam Cassidy! Oye, ¿qué haces tú aquí?
No podía precisamente seguir ignorándolo, así que me di la vuelta. Kevin tenía una mano sobre las puertas del ascensor para evitar que se cerraran.
– Ah, hola, Kevin -dije-. ¿Ahora trabajas aquí?
– Sí, en Ventas -parecía emocionado, como si esto fuera una reunión de la escuela o algo así. Bajó la voz-: ¿No te despidieron de Wyatt por esa fiesta? -Soltó una risita, no desagradable ni nada parecido, sino conspiradora.
– No, qué dices -dije, titubeando un instante, tratando de sonar desenfadado y divertido-. Fue todo un gran malentendido.
– Ya -dijo con recelo-. ¿Y aquí en qué trabajas?
– En lo mismo de siempre -dije-. Oye, tío, me alegro de verte, pero tengo que irme. Lo siento.
Me miró con curiosidad mientras las puertas del ascensor se cerraban.
Esto no pintaba nada bien.
Quinta Parte. Quemado
Quemar: Poner al descubierto a una persona, una instalación (como un piso franco) u otros elementos de una organización o actividad clandestina. Un agente quemado es aquel cuya identidad conoce la oposición.
El libro del espía:
Enciclopedia del espionaje.
Capítulo 46
Me habían jodido. Kevin Griffin sabía que yo no había formado parte del proyecto Lucid en Wyatt, sabía también que yo no era ninguna superestrella. Conocía la verdadera historia. Probablemente ahora mismo estaba de vuelta en su cubículo buscándome en el intranet de Trion, sorprendido de verme aparecer como asistente del presidente ejecutivo. ¿Cuánto tardaría en empezar a hablar, a contar cosas, a hacer preguntas? ¿Cinco minutos? ¿Cinco segundos?
¿Cómo diablos podía haber pasado esto, después de los cuidadosos planes, de todo el trabajo preliminar por parte de la gente de Wyatt? ¿Cómo pudieron permitir que Trion contratara a alguien capaz de sabotear el plan entero?