En el mostrador de la cafetería miré alrededor, aturdido. De repente, había perdido el apetito. Tomé un sándwich de jamón y queso, de todas formas, porque necesitaba proteínas, y una Pepsi Light, y regresé a mi nuevo despacho.
Jock Goddard estaba en el corredor, cerca de mi despacho, hablando con otra persona con pinta de ejecutivo. Me hizo señas, sostuvo en el aire un dedo índice para hacerme saber que quería hablarme, así que me quedé allí, a cierta distancia, sintiéndome incómodo, mientras él terminaba su conversación.
Después de un par de minutos Jock le puso una mano en el hombro al otro tipo, solemnemente, y me condujo a mi propio despacho.
– Usted -dijo, al sentarse en la silla de los visitantes. El otro lugar era detrás de mi escritorio, y me pareció raro, porque después de todo él era el presidente, pero no tuve opción. Me senté y le sonreí, vacilante; no sabía qué esperar de aquella situación-. Creo que ha pasado con matrícula de honor. Enhorabuena.
– ¿En serio? Pensé que había metido la pata -dije-. No me siento demasiado cómodo poniéndome del lado de otro.
– Para eso lo he contratado. No para que se ponga en mi contra, claro. Para que se dirija al poder con la verdad, por así decirlo.
– No ha sido la verdad -dije-. Ha sido la opinión de un tío cualquiera.
Tal vez eso fue ir demasiado lejos. Goddard se frotó los ojos con una mano regordeta.
– Lo más fácil para un presidente -dijo-, y también lo más peligroso, es perder el contacto. Nadie quiere nunca decirme la verdad. Me quieren contar cuentos. Todo el mundo tiene sus propias prioridades. ¿Le gusta la historia?
Nunca se me había ocurrido que a uno le pudiera «gustar» la historia. Me encogí de hombros.
– Un poco -dije.
– Durante la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill puso una oficina fuera de la cadena de mando cuyo trabajo era decirle la verdad, directa y franca. Me parece que la llamó Oficina de Estadística, o algo así. El asunto es que nadie quería darle malas noticias, pero él supo que tenía que recibirlas o no podría hacer su trabajo.
Asentí.
– Fundas una compañía, tienes un par de rachas de suerte y enseguida te conviertes en una especie de figura de culto para quienes no han visto nada mejor en su vida -continuó Goddard-. Pero yo no necesito que me besen el, eh, el anillo. Necesito franqueza. Ahora más que nunca. En este negocio hay un axioma: las compañías tecnológicas crecen más que sus fundadores. Sucedió con Rod Canion en Compaq, Al Shugart en Seagate. Apple Computer llegó a despedir a Steve Jobs, recuérdelo, hasta que él mismo volvió cabalgando su caballo blanco para salvarlos a todos. Lo cierto es que ya no hay fundadores viejos y aguerridos. Mi junta directiva siempre ha tenido toda la fe del mundo en mí, pero sospecho que esos días comienzan a desaparecer.
– ¿Por qué dice eso, señor?
– Eso de «señor» tiene que terminarse -dijo bruscamente Goddard-. El artículo del Journal fue un cañonazo de advertencia. No me sorprendería que viniera de algunos miembros de la junta, gente descontenta para la cual ya es hora de que deje el puesto, de que me retire a mi casa de campo y me dedique solamente a jugar con mis cochecitos.
– Y usted no quiere hacerlo, ¿verdad?
Frunció el ceño.
– Yo haré lo que sea mejor para Trion. Esta maldita empresa es mi vida entera. De todas formas, los coches no son más que un hobby: si uno se dedica al hobby a tiempo completo, el hobby deja de ser divertido. -Me entregó un grueso sobre de papel manila-. En su correo electrónico hay una copia de esto en Adobe PDF. Nuestro plan estratégico para los próximos dieciocho meses: nuevos productos, actualizaciones, el paquete completo. Quiero que me dé su opinión más pura y franca: hágame una presentación, o como quiera llamarla. Una perspectiva general, un paseo en helicóptero.
– ¿Para cuándo lo quiere?
– Tan pronto como sea posible. Y si le interesa involucrarse especialmente en algún proyecto, como emisario mío, por favor hágalo. Verá que hay varias cosas interesantes entre los proyectos. A algunos los llevamos con las riendas muy cortas. Hay algo en curso, por ejemplo, el llamado proyecto Aurora, que puede cambiar completamente nuestra suerte.
– ¿Aurora? -dije, tragando con fuerza-. Me parece que lo ha mencionado antes, en la reunión, ¿no es cierto?
– Le he encargado a Paul que lo lleve. Es algo absolutamente alucinante. Hay algunos problemillas que hay que solucionar en el prototipo, pero ya está casi listo para salir a la luz.
– Suena interesante -dije, tratando de parecer despreocupado-. Me encantaría echar una mano en eso.
– Lo hará, ya lo creo que sí. Pero todo a su debido tiempo. No quiero distraerlo aún de las tareas domésticas, porque una vez se meta en Aurora… bueno, no quiero mandarlo en demasiadas direcciones a la vez, no quiero dispersarlo demasiado. -Se levantó, se frotó las manos-. Ahora debo ir al estudio para grabar el anuncio. No es algo que me entusiasme demasiado, tengo que decirlo.
Sonreí con comprensión.
– En fin -dijo Goddard-, siento haberlo metido tan bruscamente en todo esto, pero tengo la sensación de que le va a ir muy, muy bien.
Capítulo 47
Llegué a casa de Wyatt al mismo tiempo que Meacham, que soltó una broma acerca de mi Porsche. Nos condujeron al completo gimnasio de Wyatt, que estaba al nivel del sótano, pero, debido al diseño del paisaje, no quedaba bajo tierra. Wyatt estaba levantando pesas -setenta kilos- sentado en una silla reclinable. Llevaba sólo un par de brevísimos shorts: no llevaba camiseta, y parecía más fornido que nunca. El tío era un camión.
Terminó la serie sin decir una palabra, se puso de pie y se pasó una toalla por el cuerpo.
– ¿Qué, lo han despedido ya?
– No todavía.
– No, Goddard tiene otras cosas en qué pensar. Como el hecho de que su empresa esté cayéndose a pedazos. -Miró a Meacham, y ambos soltaron una risita-. ¿Qué dijo san Agustín al respecto?
La pregunta no me pareció imprevista, pero me llegó tan abruptamente que no estaba del todo preparado.
– No mucho -dije.
– Y una mierda -dijo Wyatt, acercándose a mí, mirándome fijamente e intentando intimidarme con su presencia física. Un aire cálido y húmedo salía de su cuerpo, maloliente como el amoniaco: el olor de los levantadores de pesas que ingieren demasiadas proteínas.
– No mucho mientras yo estaba presente -corregí-. Creo que el artículo los asustó, porque hubo revoloteos por todas partes. Más actividad que de costumbre.
– ¿Qué sabe usted sobre lo que se acostumbra? -dijo Meacham-. Es su primer día en el séptimo piso.
– Eso fue lo que me pareció -dije sin convicción.
– ¿Cuánto del artículo es cierto?
– ¿Quiere decir que no lo ha colocado usted?
Wyatt me miró.
– ¿Van a tener pérdidas este trimestre o no?
– No tengo ni idea -mentí-. No me paso el día en el despacho de Goddard.
No sé por qué estuve tan reticente a la hora de revelarles las desastrosas cifras trimestrales o las noticias de los despidos inminentes. Tal vez sentí que Goddard me había confiado un secreto y habría estado mal traicionar esa confianza. Por Dios, yo era un topo, un espía, ¿de dónde habían salido mi altivez y mi arrogancia? ¿Por qué estaba de repente marcando fronteras, esto te lo digo, esto no? Al día siguiente, cuando salieran las noticias de los despidos, Wyatt se pondría hecho una furia conmigo por no habérselo dicho. No creería que no me hubiera enterado. Así que empecé a dar rodeos.
– Pero algo sucede -dije-. Algo grande. Van a anunciar algo.
Le entregué a Wyatt una carpeta con una copia del plan estratégico que Wyatt me había pedido revisar.