En mi mochila había traído un par de herramientas que incluían una linterna. Inmediatamente cerré las persianas y la puerta, y encendí el poderoso rayo de luz.
El despacho de Camilletti era tan carente de personalidad como los demás: la colección genérica de fotografías familiares enmarcadas, las placas y los premios, la misma fila de libros sobre negocios que todos fingían leer. La verdad es que el despacho fue una gran desilusión. No era un despacho esquinero, no tenía ventanas del techo al suelo como en Wyatt Telecom. No había vistas de ningún tipo. Me pregunté si a Camilletti le disgustaría traer invitados importantes a un despacho tan humilde. Éste era el estilo de Goddard, pero no era para nada el de Camilletti. Tacaño o no, Camilletti parecía un tío presuntuoso. Yo había oído decir que en el ático del ala A del edificio había una suite en la que se recibía a los invitados elegantes, pero nadie que yo conociera la había visto nunca. Tal vez era allí donde Camilletti recibía a los gerifaltes.
Había dejado encendido el ordenador, pero cuando le di a la barra de espacio de aquel moderno teclado negro, y se encendió el monitor, apareció la pantalla escriba su contraseña y el cursor titilando. Sin su contraseña, por supuesto, no podría entrar en los archivos de su ordenador.
Si había escrito su contraseña en alguna parte, lo cierto es que yo no logré encontrarla: ni en los cajones, ni bajo el teclado, ni pegada con celo a la parte posterior del gran monitor plano. Nada. Sólo por probar tecleé su nombre de usuario (Camilletti@trionsystems.com) y enseguida la misma contraseña, Camilletti.
Nada. Era demasiado precavido para algo así, y después de unos segundos me di por vencido.
Tendría que conseguir su contraseña a la manera antigua: furtivamente. Pensé que no se daría cuenta si cambiaba el cable que había entre su teclado y su disco duro por un Keyghost. Y eso hice.
Admito que estaba más nervioso allí, en el despacho de Camilletti, que en el de Nora. Se podría pensar que en ese momento yo ya era un completo profesional en eso de meterme en despachos ajenos, pero no era así, y en el de Camilletti había ciertas vibraciones que me dejaron muerto de miedo. El mismo me parecía aterrador, y ni siquiera me atrevía a pensar en las consecuencias de ser sorprendido. Además, tenía que asumir que las precauciones de seguridad de la planta ejecutiva serían más exhaustivas que en el resto de Trion. Tenían que serlo. Cierto, me habían entrenado para vencer la mayoría de medidas de seguridad. Pero siempre había sistemas de detección que no activaban alarmas ni luces. Esa posibilidad me asustaba más que ninguna otra.
Miré alrededor buscando inspiración: por alguna razón, el despacho parecía más ordenado, más espacioso que los otros que había visitado en Trion. Enseguida supe por qué: aquí no había archivadores. Por eso parecía tan despejado. ¿Y bien? ¿Dónde estaban todos los archivos?
Cuando entendí por fin dónde debían estar, me sentí como un idiota. Por supuesto. No estaban aquí porque no había espacio suficiente, y. no estaban en el área de su asistente porque habrían quedado demasiado expuestos al público, demasiado vulnerables.
Tenían que estar en la habitación auxiliar. Al igual que Goddard, cada ejecutivo de alto nivel de Trion tenía un despacho doble, con una sala de conferencias auxiliar del mismo tamaño que la principal. Era así como se manejaba en Trion el asunto de la igualdad de espacio: oye, todo el mundo tiene despachos del mismo tamaño. Simplemente, los de arriba tienen dos.
La puerta de la sala de conferencias no estaba cerrada con llave. Barrí la habitación con la linterna: había una fotocopiadora pequeña; todas las paredes estaban cubiertas de archivadores de caoba. En el centro de la habitación había una mesa redonda, como la de Goddard, pero más pequeña. Todos los cajones estaban meticulosamente etiquetados con lo que parecía caligrafía de arquitecto. La mayoría parecía contener registros financieros y contables; en ellos encontraría cosas interesantes, pensé. Ojalá supiera por dónde empezar a buscar.
Pero cuando vi los cajones con la etiqueta desarrollo corporativo trion, el resto dejó de interesarme. Desarrollo corporativo no es más que una expresión de la jerga empresarial para referirse a fusiones y adquisiciones. Trion era conocida por absorber nuevas empresas y compañías pequeñas o medianas. Eso era más habitual en los años milagrosos, a finales de los noventa, pero aún adquirían varias compañías al año. Supuse que los archivos estaban allí porque Camilletti supervisaba las adquisiciones concentrándose principalmente en temas de costes, calidad de la inversión, todo eso.
Y si Wyatt tenía razón, y el proyecto Aurora se componía de un grupo de empresas que Trion había adquirido secretamente, la solución al misterio Aurora tenía que estar aquí.
También estos archivos estaban abiertos: otro golpe de suerte. Supongo que la idea era: si no puedes entrar al despacho auxiliar de Camilletti, no podrás tener acceso a los archivos, así que cerrarlos era una molestia sin sentido.
Había muchos archivos: empresas que Trion había adquirido totalmente o de las cuales había comprado un buen trozo, empresas que había examinado de cerca y en las cuales había decidido no involucrarse. Reconocí algunas, pero la mayoría me resultaron desconocidas. Hojeé una carpeta de cada empresa para tratar de descubrir a qué se dedicaban. Era una labor lenta; ni siquiera sabía qué estaba buscando en realidad. ¿Cómo podía saber si una nueva empresa formaba parte de Aurora, si ni siquiera sabía lo que era Aurora? Parecía completamente imposible.
Pero entonces se resolvieron todos mis problemas.
Uno de los cajones de desarrollo corporativo llevaba la etiqueta proyecto Aurora.
Y allí estaba. Así de simple.
Capítulo 51
Abrí el cajón conteniendo la respiración. Casi esperaba encontrar el cajón vacío, como el archivador de Aurora en Recursos Humanos. Pero no estaba vacío. Estaba repleto de carpetas clasificadas por colores según un sistema que no entendí; todas llevaban el sello trion, confidencial. Estaba claro que el material interesante se encontraba allí.
Por lo que pude ver, estas carpetas hablaban de varias nuevas empresas -dos de Silicon Valley, California, y otras dos de Cambridge, Massachusetts- que recientemente habían sido adquiridas por Trion en condiciones de estricta confidencialidad. «Modo furtivo», se leía sobre ellas.
Sabía que aquello era grande, importante, y el pulso se me aceleró. Cada página llevaba el sello de secreto o confidencial. Aun tratándose de archivos secretos que se mantenían en el despacho cerrado del jefe de servicios financieros, el lenguaje era oscuro, velado. Había frases como «Se recomienda adquirir a mayor brevedad» y «Mantener bajo vigilancia».
Así que aquí estaba el secreto de Aurora.
En realidad, por más que pasé y repasé las páginas, no lo comprendí. Una compañía parecía haber desarrollado una forma de combinar componentes ópticos y electrónicos en un circuito integrado. No supe qué quería decir aquello. Una nota decía que la compañía había resuelto el problema del «bajo rendimiento de las láminas».
Otra compañía había encontrado la manera de producir circuitos fotónicos en masa. Vale, pero ¿qué quería decir eso? Otras dos eran firmas de software. ¿Qué hacían? Imposible saberlo.
Una compañía (ésta parecía interesante, de hecho), llamada Delphos Inc., había desarrollado un proceso para refinar y manufacturar un compuesto químico llamado fosfato de indio, hecho de «cristales binarios de elementos metálicos y no metálicos», fuera lo que fuese aquello. Esta sustancia tenía «propiedades de absorción y transmisión ópticas incomparables», según se leía en el documento de descripción. Aparentemente, se utilizaba para construir un cierto tipo de láser. Por lo que pude entender, Delphos Inc. dominaba efectivamente el mercado del fosfato de indio. Seguro que una mente más privilegiada que la mía podría comprender para qué servirían cantidades masivas de fosfato de indio. Quiero decir, ¿cuántos láseres puede necesitar una persona?