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Puso su sloppy joe sobre el plato y concentró en mí toda su atención.

– ¿Y usted confía en su amigo?

– Completamente.

– Me niego a tomar una decisión de productividad tan importante basándome en rumores.

– Y no lo culpo -dije-. Aunque la noticia se conocerá en cosa de una semana. Pero podría interesarnos cerrar un trato con otro fabricante antes de que se dispare el precio de esos visualizadores de plasma. Y se disparará.

Las cejas de Goddard se levantaron.

– Por otro lado -continué-, lo del Gurú me parece una cosa inmensa.

Sacudió la cabeza, volvió a fijarse en su comida.

– Bueno, no somos los únicos fabricantes de un comunicador nuevo y de moda. Nokia tiene la intención de arrollarnos en este tema.

– Olvídese de Nokia. Nokia no es más que un espejismo. Su diseño está tan enredado en luchas internas de poder que no nos darán nada nuevo en los próximos dieciocho meses o más, y eso si tienen suerte.

– ¿Y esto se lo ha dicho el mismo amigo de antes? ¿O un amigo distinto? -Goddard parecía escéptico.

– Espionaje industrial -mentí. Nick Wyatt, ¿quién si no? Pero él mismo me había dado garantías sobre esa información-. Puedo mostrarle el informe, si quiere.

– Ahora no. Para que lo sepa, el Gurú se ha topado con un problema de producción tan serio que puede que ni siquiera lo despachemos.

– ¿Qué clase de problema?

Suspiró.

– Es demasiado complicado para meternos en eso ahora. Aunque usted podría comenzar a asistir a las reuniones del Gurú. Tal vez pueda ayudar en algo.

– Por supuesto -dije. Pensé en ofrecerme de nuevo para trabajar en el Aurora, pero desistí: demasiado sospechoso.

– Ah, mire, el sábado es la barbacoa anual en mi casa del lago. No está toda la compañía, como es obvio, sólo unas setenta y cinco personas, cien como máximo. En otras épocas solíamos invitar a todo el mundo, pero eso ya no es posible. Así que invitamos a los más veteranos, algunos altos ejecutivos y sus esposas. ¿Cree que pueda alejarse un par de horas de su espionaje industrial?

– Me encantaría. -Traté de parecer despreocupado, pero aquello era un gran paso. La barbacoa de Goddard era de verdad el círculo de los íntimos. Dado el reducido número de invitados, la fiesta en la casa del lago generaba importantes rivalidades en la compañía, según había sabido: «Hostia, Fred, lo siento, no puedo ir el sábado, tengo una… una especie de barbacoa ese día, ya sabes.»

– Nada de lubina a la sal ni de Pauillac, ay de mí -dijo Goddard-. Más bien hamburguesas, frankfurts, ensalada de macarrones: nada elegante. Traiga su traje de baño. Bueno, pasemos a cosas más importantes. Aquí tienen el mejor pastel de pasas que jamás haya usted probado. El de manzana también está muy bien. Todo casero. Pero mi favorito es el pastel de chocolate y merengue -le hizo señas a la camarera, que andaba cerca de la mesa-. Debby -le dijo-, tráele uno de manzana a este chico, y para mí lo de siempre.

Se dirigió a mí.

– Si no le importa, prefiero que no le hable de este sitio a sus amigos. Que sea nuestro secreto. -Arqueó una ceja-. ¿Sabe guardar un secreto?

Capítulo 54

Regresé a Trion excitado por mi comida con Goddard, y no era por la hamburguesa mediocre, ni siquiera por el hecho de que mis ideas hubieran fluido tan bien, sino por el hecho de contar con la atención completa del gran hombre y tal vez con su admiración. Vale, quizás eso fuera exagerar un poco. Pero me tomaba en serio. El desprecio que Nick Wyatt me tenía parecía infinito: me hacía sentir como una ardilla. Con Goddard me parecía que su decisión de escogerme como asistente ejecutivo estaba justificada de verdad, y me daban ganas de trabajar como una mula para él. Era curioso.

Camilletti estaba en su despacho, reunido a puerta cerrada con alguien de aspecto importante. Alcancé a verlo por la ventana: se inclinaba hacia delante, resuelto. Me pregunté si tomaría notas de sus reuniones cuando el visitante se marchara. Cualquier cosa que introdujera en su ordenador sería mía muy pronto, contraseñas incluidas, e incluida cualquier cosa del proyecto Aurora.

Y entonces sentí mi primera punzada de… ¿de qué? De culpa, tal vez. El legendario Jock Goddard, un ser humano bueno, me acababa de llevar a un restaurante de mierda, pequeño y sucio, y había escuchado mis ideas (ya no eran de Wyatt, sino mías, al menos estaban en mi cabeza), y aquí estaba yo, espiando en sus suites ejecutivas y poniendo mecanismos de vigilancia en beneficio de ese mafioso barato que era Nick Wyatt.

Algo andaba mal, muy mal, en todo esto.

Jocelyn levantó la cabeza, dejó de fijarse en lo que hacía.

– ¿Ha comido bien? -preguntó. No había duda de que la red de asistentes cotillas estaba al tanto de mi comida con el presidente.

Asentí.

– Gracias. ¿Y usted?

– Sólo un sándwich en mi escritorio. Mucho trabajo.

Estaba entrando en mi despacho cuando dijo:

– Ah, sí, ha venido alguien a verlo.

– ¿Ha dejado un nombre?

– No. Ha dicho que era amigo suyo. En realidad, ha dicho que era «colega» suyo. Rubio, guapo…

– Creo que sé de quién se trata -dije. ¿Qué podía querer Chad?

– Ha dicho que usted le había dejado algo sobre su escritorio, pero no le he dejado entrar a su despacho, usted no me había avisado nada al respecto. Espero no haberme equivocado. Parecía ofendido.

– Perfecto, Jocelyn. Gracias.

Era Chad, definitivamente, pero ¿por qué trataba de meterse a husmear en mi despacho?

Me conecté, busqué mis correos electrónicos. Uno de ellos me saltó a la cara: una nota que Seguridad Empresarial enviaba a «Nivel C y personal de Trion».

Alerta de seguridad

A finales de la semana pasada, después de un pequeño incendio en el Departamento de Recursos Humanos de Trion, una investigación rutinaria descubrió la presencia de un sistema de vigilancia colocado de manera ilegal.

Un error de seguridad de esta naturaleza en un área sensible es motivo de gran preocupación para todos nosotros. Por ello, Seguridad ha emprendido un rastreo preventivo en todas las áreas sensibles de la empresa, incluyendo despachos y terminales de trabajo, en busca de señales de intrusión o colocación de sistemas. Usted será contactado en breve. Apreciamos su cooperación en esta vital campaña de seguridad.

Inmediatamente empecé a sentir sudor en el cuello y bajo los brazos.

Habían encontrado el aparato que estúpidamente había colocado durante mi abortada intrusión en Recursos Humanos. Dios mío. Ahora los de Seguridad revisarían ordenadores y despachos en las zonas «sensibles» de la compañía, que de seguro incluían el séptimo piso.

¿Y cuánto tardarían en descubrir el aparato que yo había puesto en el ordenador de Camilletti?

De hecho, ¿no era posible que hubiera cámaras de seguridad en el vestíbulo, frente al despacho de Camilletti, y hubieran grabado mi intrusión?

Pero ¿cómo podían haber encontrado el Keyghost?

Algo no andaba bien. Ninguna «investigación rutinaria» habría podido descubrir el cable trucado. Faltaba un dato; había un eslabón de la cadena que no habían hecho público.

Salí del despacho y le dije a Jocelyn:

– ¿Ha visto el mensaje de Seguridad?

– ¿Mmm? -Levantó la vista del ordenador.

– ¿Tendremos que comenzar a cerrar todo con llave? ¿Qué está realmente ocurriendo aquí?

Negó con la cabeza. No parecía demasiado interesada.

– Pensé que tal vez usted conocería a alguien de Seguridad. -Le dije-. ¿No es así?

– Querido -me dijo-, conozco a alguien en cada departamento de esta compañía.

– Pff -dije, me encogí de hombros y me fui al lavabo.