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– Ah, hola, Noah -dije. El pánico me inundó el cuerpo, pero mantuve una expresión indiferente. No tenía la menor idea de a qué se refería, pero supuse que se trataba de una pulla literaria de algún tipo-. ¿Qué haces?

– Podría hacerte la misma pregunta.

– ¿Vienes de visita?

– Debo de haberte buscado en el despacho equivocado. He ido a uno que ponía «Adam Cassidy». Qué tonto soy.

– Me tienen trabajando para todo el mundo -dije. Fue la mejor excusa que pude encontrar, y era patética. ¿De verdad me pareció posible que me creyera? ¿Que creyera que era parte de mis obligaciones estar en el despacho de Camilletti a las ocho de la noche? Mordden era demasiado astuto y suspicaz para eso.

– Tienes muchos dueños -dijo-. Debes perder la noción de para quién trabajas.

Se me heló la sonrisa. Por dentro, me estaba muriendo. Mordden lo sabía. Me había visto en el despacho de Nora, ahora en el de Camilletti, y lo sabía.

Todo se ha terminado, pensé. Mordden me ha descubierto. ¿Y ahora qué? ¿A quién se lo contaría? Tan pronto como Camilletti se enterara de que había estado en su despacho, me despediría, y no iba a ser Goddard quien se lo impidiera.

– Noah -dije. Respiré hondo, pero mi mente seguía en blanco.

– Quería felicitarte por tus trajes -dijo-. Estás moviéndote mucho estos días, y siempre para arriba.

– Gracias, supongo.

– La camisa de punto negro y la chaqueta de tweed… muy Goddard. Cada día te pareces más a nuestro intrépido líder. Una versión Beta, más rápida, más estilizada. Con muchas nuevas prestaciones que no acaban de marchar bien -sonrió-. He visto que tienes un nuevo Porsche.

– Sí.

– Es difícil escapar de la cultura automovilística de este lugar, ¿no es cierto? Pero tal vez quieras hacer una pausa, Adam, salirte por un instante de la autopista de la vida, y reflexionar. Cuando todo viene directo hacia ti, tal vez sea porque vas contra dirección.

– Lo tendré en mente.

– Interesante lo de los despidos.

– Sí, bueno, pero tú estás a salvo.

– ¿Es una pregunta o una proposición? -Había algo de mi persona que parecía divertirlo mucho-. No te preocupes. Tengo criptonita.

– ¿Qué quieres decir?

– Digamos que no me han nombrado Ingeniero Distinguido sólo por mi distinguida carrera.

– ¿De qué criptonita hablamos? ¿Dorada? ¿Verde? ¿Roja?

– Por fin, un tema del que sabes algo. Pero si te la muestro, Cassidy, perderá su poder, ¿no es así?

– ¿Eso crees?

– Sólo te digo una cosa: oculta tus huellas y cúbrete la espalda, Cassidy -dijo, y desapareció por el corredor.

Sexta Parte. Punto de contacto

Punto de contacto: Lugar de entrega, escondite. Jerga del oficio para referirse a un emplazamiento físico secreto usado como lugar de comunicaciones entre un agente y un correo, un supervisor del caso u otro agente, en el marco de una operación o red de inteligencia.

Diccionario internacional de inteligencia.

Capítulo 57

Llegué a casa temprano, a las nueve y media, hecho un manojo de nervios; necesitaba tres días de sueño ininterrumpido. Mientras me alejaba de Trion, repasaba una y otra vez la escena con Mordden, tratando de comprenderlo todo. Me pregunté si planeaba contárselo a alguien, si iba a delatarme. Y si no era así, ¿por qué no? ¿Me amenazaría de alguna manera? Lo peor era que no sabía cómo manejarlo.

Y me sorprendí fantaseando acerca de mi nueva cama con el colchón Dux, y pensando en cómo caería en ella tan pronto llegara a casa. ¿En qué se había transformado mi vida? Mi gran fantasía de ese momento era dormir un poco. Patético.

De todas formas no podía irme directamente a la cama, porque todavía tenía trabajo por hacer. Tenía que sacarme de encima los documentos de Camilletti y enviárselos a Meacham y Wyatt. No quería quedarme con esos documentos ni un segundo más de lo estrictamente necesario.

Así que usé el escáner que Meacham me había dado, los convertí en documentos PDF, los codifiqué y los envié por correo electrónico seguro a través del servicio «anonimizador».

Después, saqué el Keyghost, lo conecté a mi ordenador y comencé a bajarme la información. Cuando abrí el primer documento sentí un espasmo de irritación: era un bloque de incoherencias. Era obvio que la había cagado. Pero miré más de cerca y noté que había un cierto patrón; tal vez no lo había hecho mal, después de todo. Distinguí el nombre de Camilletti, una serie de números y letras y luego frases completas.

Páginas y páginas de texto. Todo lo que aquel tío había escrito en su ordenador durante el día, y era mucho.

Primero lo primero: había descubierto su contraseña. Seis números terminados en 82: tal vez era la fecha de nacimiento de uno de sus hijos. O la de su matrimonio. Algo así.

Pero eran mucho más interesantes los correos electrónicos. Había muchos, llenos de información confidencial acerca de la compañía, acerca de la adquisición de otra compañía, que Camilletti supervisaba. Esa compañía, Delphos, la había visto en sus archivos. Era aquélla por la que estaban dispuestos a pagar toneladas de dinero en efectivo y en acciones.

Había un intercambio de correos -marcados con la frase trion, confidencial- acerca de un nuevo método secreto de control de inventarios que habían desarrollado para combatir la falsificación y la piratería, especialmente en Asia. Todo equipo fabricado por Trion, ya fuera un teléfono o un inalámbrico o un escáner médico, llevaba ahora el logo de Trion y un número de serie impresos con láser en alguna de sus partes. Estas marcas de identificación, minúsculas y hechas mecánicamente, sólo podían verse con microscopio: no podían ser falsificadas, y eran la prueba de que el aparato había sido fabricado por Trion.

Había una buena cantidad de información sobre fabricantes de chips de Singapur que Trion había comprado o en los cuales había hecho grandes inversiones. Interesante: Trion se proponía entrar en el mercado de la fabricación de chips, o al menos había comprado un buen trozo del pastel.

Me sentí raro leyendo todo aquello. Era como husmear en un diario ajeno. También me sentí muy culpable, no por ningún tipo de lealtad hacia Camilletti, por supuesto, sino hacia Goddard. Casi podía ver su cabeza de gnomo flotando en una burbuja en el aire, observándome con desaprobación mientras yo revisaba los correos de Camilletti y las notas enviadas al mismo Goddard. Tal vez fuera por lo agotado que estaba, pero me sentí fatal. Suena extraño, lo sé: robar cosas del proyecto Aurora y pasárselas a Wyatt había estado bien, pero darles cosas que no tenía por qué darles me parecía un acto de traición categórica contra mis nuevos jefes.

Las letras WSJ me saltaron a la cara. Tenían que significar Wall Street Journal Quise ver cuál había sido la reacción de Camilletti al artículo del Journal, así que me concentré en la secuencia de palabras y estuve a punto de caerme de la silla.

Por lo que pude ver, Camilletti usaba diversas cuentas de correo fuera de Trion: Hotmail, Yahoo y una compañía local de acceso a Internet. Éstas parecían ser para asuntos personales, como los tratos con su corredor de Bolsa, las notas a su hermano y su hermana y su padre, cosas así.

Pero los mensajes de Hotmail me llamaron la atención. Uno de ellos estaba dirigido a BulkeleyW@WSJ.com. Decía:

Bill,

La mierda empieza a salpicar por aquí. Recibirás muchas presiones para revelar tus fuentes. No cedas. Llámame a casa esta noche, 9:30 h.

Paul

Ahí estaba. Paul Camilletti era -tenía que ser- la filtración. Él le había pasado al Journal la información dañina sobre Trion, sobre Goddard.