Ahora todo cobraba sentido; de manera espeluznante, eso sí. Con la ayuda de Camilletti, el Wall Street Journal infligía daños serios a Goddard, retratándolo como una persona anticuada que ya estaba para el arrastre. Goddard debía dimitir. La junta directiva de Trion, igual que todos los analistas e inversores financieros, lo sabrían por las páginas del Journal. ¿Y a quién nombraría la junta directiva para sustituir a Goddard?
Era obvio, ¿no es cierto?
Aun tan exhausto como estaba, tardé un buen rato en quedarme dormido, y eso después de dar vueltas y más vueltas en la cama. Y fue un sueño irregular, atormentado. Seguí recordando a Augustine Goddard, pequeño y de hombros caídos, sentado en su triste restaurante masticando un pedazo de pastel, o de pie, fuera de la sala de conferencias, con aspecto demacrado y vencido, mientras su personal ejecutivo pasaba caminando a su lado. Soñé con Wyatt y Meacham, que intimidaban, me amenazaban hablando del tiempo que pasaría en la cárcel; en el sueño me enfrentaba a ellos, les insultaba, la emprendía contra ellos, perdía el control. Soñé que entraba en el despacho de Camilletti y era sorprendido por Chad y Nora al mismo tiempo.
Y cuando sonó la alarma de mi reloj, a las seis de la mañana, y levanté de la almohada la cabeza palpitante, supe que debía hablar con Goddard acerca de Camilletti.
Y enseguida me di cuenta de que estaba atrapado. ¿Cómo diablos podía contarle lo de Camilletti a Goddard si había conseguido la evidencia entrando ilegalmente en su despacho?
¿Y ahora qué?
Capítulo 58
El hecho de que Camilletti el Degollador -que había fingido estar tan cabreado con lo del artículo del Wall Street Journal- estuviera en realidad detrás de todo el asunto me tocó los cojones. Ese tío era más que un simple gilipollas: le era desleal a Goddard.
Tal vez fuera un alivio tener una convicción moral sobre algo después de semanas enteras de comportarme como un gusano falso y mentiroso. Tal vez sentir que protegía a Goddard me hacía sentirme mejor conmigo mismo. Tal vez cabrearme por la deslealtad de Camilletti me permitiera, oportunamente, ignorar la mía. O tal vez sentía simple gratitud hacia Goddard por haberme escogido, por hacerme sentir especial de alguna forma, mejor que el resto. Es difícil saber hasta qué punto la ira que sentía hacia Camilletti era realmente altruista. A veces una puñalada de angustia se me clavaba en la espalda, y pensaba que en realidad yo no era mejor que Camilletti. Eso era yo: todo un fraude capaz de fingir que caminaba sobre el agua mientras me metía en despachos ajenos y robaba documentos e intentaba robar hasta el alma de la empresa de Goddard mientras daba vueltas por la ciudad montado en su Buick clásico…
Era demasiado. Estas sesiones de sudor a las cuatro de la madrugada me habían desgastado. Eran dañinas para mi salud mental. Mejor no pensar, operar en piloto automático.
Tal vez era cierto: tenía tanta conciencia como una boa constrictor. Pero aún así quería coger al cabrón de Camilletti.
Al menos, yo no había tenido opción. Me habían puesto contra las cuerdas. Mientras que la traición de Camilletti era de otro orden: él estaba conspirando activamente contra Goddard, el tío que lo había traído a la compañía, que había depositado en él toda su confianza. ¿Y quién sabe qué más estaría haciendo?
Era necesario que Goddard lo supiera. Pero yo, por mi parte, tenía que cubrirme las espaldas, encontrar una forma plausible de saber lo que sabía, una forma distinta de la intrusión en el despacho de Camilletti.
De camino al trabajo, mientras disfrutaba del motor de reacción y el rugido del Porsche, mi mente se esforzaba por resolver este problema, y cuando llegué al despacho ya tenía una idea decente.
Trabajar con el presidente ejecutivo me daba gran influencia. Si llamaba a alguien y me identificaba simplemente como Adam Cassidy, lo más probable era que no me devolvieran la llamada. Pero al Adam Cassidy que llamaba «del despacho del presidente ejecutivo» o «del despacho de Jock Goddard» -como si estuviera sentado junto a él y no veinte metros más allá- le devolvían todas las llamadas, y a la velocidad de la luz.
Así que cuando llamé al Departamento de Tecnologías de la Información de Trion y les dije que «queríamos» copias de todos los correos electrónicos recibidos o enviados desde el despacho del director de servicios financieros en los últimos treinta días, recibí cooperación instantánea. Preferí no señalar con el dedo a Camilletti, así que hice como si Goddard estuviera preocupado por informaciones filtradas desde el despacho del director de servicios financieros.
Una de las cosas intrigantes que averigüé fue que Camilletti tenía la costumbre de borrar las copias de algunos correos «delicados», ya fuera él remitente o destinatario. Era obvio que no quería conservar esos correos en su ordenador. Astuto como era, debía saber que en algún lugar de los bancos de datos de la compañía se guardaban copias de todos los mensajes; por eso prefería usar correos externos para la correspondencia más delicada, incluyendo la del Wall Street Journal. Me pregunté si sabía que los ordenadores de Trion capturaban todos los mensajes que pasaban por la red de fibra óptica de la compañía, ya vinieran de Yahoo o de Hotmail o de quien fuera.
Mi nuevo amigo en TI, que parecía convencido de que le estaba haciendo un favor personal al mismísimo Goddard, me consiguió también los registros de llamadas telefónicas hacia y desde el despacho del jefe de servicios financieros. Ningún problema, dijo. Por supuesto que la compañía no grababa las conversaciones, pero sí que conservaban un registro de números entrantes y salientes. Podía incluso conseguirme copias de los correos de voz de cualquiera, dijo. Pero eso podía tomar algo de tiempo.
Los resultados llegaron en cuestión de una hora. Allí estaba todo. Camilletti había recibido un cierto número de llamadas del tío del Journal en los últimos diez días. Pero además -y esto era más incriminatorio- lo había llamado varias veces. Eventualmente podría explicar una o dos, diciendo que había tratado de devolverle la llamada al periodista, aunque antes hubiera insistido en que nunca había llegado a hablar con él.
Pero ¿doce llamadas, y algunas de ellas de cinco a siete minutos? No, eso no sería bien visto.
Y luego me llegaron las copias de los mensajes. «De aquí en adelante», escribió Camilletti, «llámame sólo a casa. no me llames, repito, no me llames a Trion. Y escríbeme sólo a la dirección de Hotmail.»
Explícame esto, Degollador.
No podía esperar a mostrarle mi pequeño dossier a Goddard; pero el jefe tuvo una reunión tras otra desde media mañana hasta el final de la tarde. Reuniones, además, a las que no me había invitado.
Al ver a Camilletti salir del despacho de Goddard, supe que ésa era mi oportunidad.
Capítulo 59
Camilletti me vio al salir pero no pareció notar mi presencia; fue como si yo fuera un mueble más de la oficina. Goddard se fijó en mí y sus cejas se levantaron como interrogándome. Flo comenzó a hablarle y yo hice aquello del índice-en-el-aire que Goddard siempre hacía, indicándole que necesitaba tan sólo un minuto de su tiempo. Goddard le hizo una rápida señal a Flo y me pidió que pasara.
– ¿Qué tal lo he hecho?
– ¿Disculpe?
– Mi pequeño discurso.
¿De verdad le interesaba mi opinión?
– Ha estado magnífico -dije.
Sonrió como aliviado.
– Siempre he estado agradecido con mi viejo profesor de teatro. Me ha ayudado mucho en mi carrera: entrevistas, charlas en público, todo eso. ¿Alguna vez ha actuado, Adam?
La cara se me calentó. Sí, más o menos todos los días. Dios mío, ¿qué insinuaba este hombre?
– La verdad es que no.
– Realmente te relaja. Claro, no es que yo sea Cicerón, ni nada por el estilo, pero… bien, ¿quería decirme algo?