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– Es sobre lo del Wall Street Journal -dije.

– Vale… -dijo, perplejo.

– He descubierto quién hizo la filtración.

Me miró como si no me comprendiera, así que continué:

– ¿Lo recuerda? Sabíamos que tenía que haber sido alguien de dentro, alguien que filtraba información al periodista del Wall…

– Sí, sí -dijo impaciente.

– Es… bueno, es Paul Camilletti.

– ¿Qué dice?

– Sé que es difícil de creer. Pero está todo aquí, y no es muy ambiguo que digamos. -Deslicé las copias impresas sobre su escritorio-. Mire la dirección de correo electrónico.

Cogió las gafas que le colgaban del cuello y se las puso. Frunciendo el ceño, inspeccionó los papeles. Cuando levantó la cara, su aspecto se había oscurecido.

– ¿De dónde ha salido esto?

– De TI -dije sonriendo. Maquillando un poco las cosas, continué-. He pedido a los de TI que me mandaran los registros telefónicos de llamadas de cualquier parte de Trion con destino al Wall Street Journal. Luego vi todas estas llamadas del número de Paul, y pensé que sería su asistente o algo así, de manera que pedí copia de sus correos electrónicos.

Goddard no parecía muy contento, lo cual era comprensible. De hecho parecía bastante molesto, así que añadí:

– Lo siento. Sé que debe ser una gran sorpresa. -El tópico me salió disparado por la boca-. Ni yo mismo lo entiendo.

– Ya veo. Dígame, ¿se siente satisfecho?

Negué con la cabeza.

– ¿Satisfecho? No, sólo quería llegar al fondo…

– Porque yo no lo estoy -dijo. Su voz se quebraba-. ¿Qué coño cree que hace? ¿Dónde cree que está? ¿En la maldita Casa Blanca y en época de Nixon? -Ahora casi gritaba, y le salía saliva por la boca.

Las paredes se cerraron a mi alrededor: estábamos solos, él y yo, y entre nosotros sólo había un escritorio de un metro de ancho. La sangre se me agolpó en los oídos. Estaba demasiado sorprendido para hablar.

– Invadir la privacidad de la gente, buscar registros de teléfonos y correos electrónicos privados… Esto es escarbar en la basura de los demás. ¿También se dedica a abrir sobres ajenos con vapor? Ese tipo de métodos truculentos me parecen censurables, y no quiero que esto se repita en el futuro. Ahora lárguese de aquí.

Me puse de pie, vacilante, mareado, sorprendido. En el umbral me detuve y me di la vuelta.

– Le pido disculpas -dije con voz ronca-. Pensé que le sería de ayuda. Recogeré mis cosas inmediatamente.

– Por todos los cielos, Adam, venga, vuelva a sentarse -dijo. La tormenta parecía haber pasado-. No tiene tiempo ni para recoger sus cosas. Tengo mucho que pedirle. -Su voz se hizo más amable-. Entiendo que trataba usted de protegerme. Lo entiendo, Adam, y lo aprecio. Y no niego que lo de Paul me ha dejado estupefacto. Pero hay maneras correctas y maneras incorrectas de hacer las cosas, y yo prefiero las correctas. Uno comienza a monitorear correos y registros telefónicos y de repente se ve pinchando teléfonos y antes de darse cuenta ha convertido la empresa en un estado policial. Y ninguna compañía puede funcionar de esa manera. No sé cómo hacen las cosas en Wyatt, pero aquí no las hacemos así.

– Comprendo -dije-. Lo siento.

Levantó ambas manos.

– Esto no ha sucedido. Olvídese de ello. Y le diré algo más: a fin de cuentas, ninguna compañía ha quebrado porque uno de sus ejecutivos fanfarroneara ante la prensa. Por la razón que sea, tan inimaginable como pueda ser. Ya se me ocurrirá la forma de lidiar con esto. A mi modo.

Juntó las palmas de sus manos, como dando a entender que la entrevista había terminado.

– Ahora mismo no necesito situaciones desagradables. Tenemos algo mucho más importante entre manos. Ahora bien, necesitaré su aportación en un asunto de la mayor confidencialidad. -Se acomodó tras su escritorio, se puso sus gafas de lectura y sacó su libreta de cuero negro y gastado-. Eso sí, nunca le diga a nadie que el fundador y presidente ejecutivo de Trion Systems es incapaz de recordar sus propias contraseñas. Y mucho menos se refiera al sistema portátil que utilizo para almacenarlas.

Miró de cerca su cuadernito y tecleó. En unos minutos su impresora volvió a la vida y escupió unas cuantas páginas. Goddard las cogió y me las entregó.

– Estamos en la etapa final de una adquisición importante, muy importante -dijo-. Probablemente la adquisición más costosa en la historia de Trion. Pero tal vez sea también la mejor inversión que jamás hemos hecho. No puedo darle los detalles todavía, pero si las negociaciones de Paul siguen por buen camino, deberíamos poder anunciar un acuerdo a finales de la próxima semana.

Asentí.

– Quiero que todo salga sin complicaciones. Éstas son las especificaciones principales de la nueva compañía: número de empleados, requerimientos de espacio, etcétera. Se integrará de inmediato a Trion, y quedará ubicada en este mismo edificio. Eso significa, como es obvio, que algo tendrá que irse. Alguna de las divisiones existentes deberá mudarse de las oficinas principales a nuestro campus de Yarborough o al Research Triangle. Necesito que me diga qué división o divisiones pueden trasladarse con el menor trastorno, y así abrir espacio para… para la nueva adquisición. ¿De acuerdo? Revise estas páginas, y, cuando haya terminado, por favor destrúyalas. Y cuénteme su opinión tan pronto como pueda, ¿vale?

Capítulo 60

Jocelyn, gracias a Dios, parecía hacer cada vez más pausas -para tomarse un café o ir al lavabo de las chicas- desde que había comenzado a trabajar para mí. Durante la pausa siguiente, cogí los papeles sobre Delphos que Goddard me había dado -sabía que era Delphos, aunque el nombre de la empresa no estuviera por ninguna parte en esas páginas- e hice una rápida fotocopia en la máquina que había detrás de su escritorio. Luego metí las copias en un sobre de papel manila.

Mandé un mensaje a «Arthur» diciéndole, en lenguaje cifrado, que tenía nuevo material para darle: que deseaba «devolver» las «prendas» que había comprado.

Sabía que era arriesgado mandar un mensaje desde el trabajo. Incluso en lenguaje cifrado, cosa que no había hecho Camilletti. Pero tenía prisa. No quería esperar a llegar a casa, y tal vez tener que salir de nuevo…

La respuesta de Meacham llegó casi de inmediato. Me decía que no enviara la mercancía al apartado postal sino a la dirección indicada. Traducción: no quería que escaneara los documentos y los mandara por correo electrónico, quería ver las copias en papel, aunque no decía por qué. ¿Quería asegurarse de que fueran originales? ¿Significaba eso que ya no confiaban en mí?

Además quería verlas de inmediato, y por alguna razón prefería que no nos viéramos en persona. ¿Por qué? ¿Tenía miedo de que alguien me siguiera? En todo caso, quería que le dejara los documentos en uno de los puntos de contacto que habíamos acordado semanas antes.

Pasadas las seis, salí del trabajo y conduje hasta un McDonald's ubicado a unos cinco kilómetros de las oficinas principales de Trion. El lavabo de hombres era pequeño, para una sola persona, y la puerta podía cerrarse con pestillo. La cerré, encontré el dispensador de toallas de papel y lo abrí, puse dentro el sobre de papel manila y volví a cerrarlo. Hasta que fuera necesario cambiar el rollo de papel, nadie miraría lo que había dentro. Nadie excepto Meacham.

De salida compré una Cuarto de Libra -no es que tuviera hambre, pero lo hice como coartada, tal y como me habían enseñado. Un par de kilómetros más allá había un Seven-Eleven con una pared de hormigón de poca altura alrededor del parking. Aparqué, entré y compré una Pepsi Light, bebí tanto como pude y el resto lo tiré por una alcantarilla del parking. Saqué un plomo de pescar de la guantera y lo metí en la lata vacía, y puse la lata sobre la pared de hormigón.

La lata de Pepsi era una señal para Meacham, que pasaba regularmente por este Seven-Eleven; mediante ella le decía que ya había cargado el punto de contacto número tres, el McDonald's. Esta simple estrategia de espionaje permitiría a Meacham recoger los documentos sin ser visto conmigo.