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– Tuve que quitarlo.

– ¿Quitarlo? -dijo, incrédulo-. ¿Por qué?

– Seguridad encontró el que puse en Recursos Humanos, y han comenzado a buscar en todas partes. Tengo que ser cuidadoso. Hubiera podido ponerlo todo en peligro.

– ¿Cuánto tiempo estuvo el aparato en el despacho del jefe de servicios financieros?

– Poco más de un día.

– Un día puede darnos toneladas de información.

– No, la cosa… debió de funcionar mal -mentí-. No sé qué ha ocurrido.

Francamente, no sabía muy bien por qué escondía esa información. Pero el aparato revelaba que había sido Camilletti el soplón del Wall Street Journal, y no quería que Wyatt lo supiera todo acerca de los asuntos privados de Goddard. Tal vez era eso. No había reflexionado al respecto, a decir verdad.

– ¿Funcionar mal? No sé por qué, pero tengo mis dudas. Quiero que ese aparato esté sobre el escritorio de Arnie Meacham mañana mismo, antes del final de la tarde. Sus técnicos lo examinarán. Y créame, si trata de dañarlo o de alterarlo, se darán cuenta inmediatamente. O si no lo llegó a poner en el despacho del jefe de servicios financieros. Y si me doy cuenta de que me miente, dese por muerto.

– Adam -dijo Judith-, es esencial que seamos completamente abiertos y honestos entre nosotros. No nos oculte nada. Hay demasiadas cosas que pueden fallar, y usted no puede pensar en todas a la vez.

Negué con la cabeza.

– No lo tengo -dije-. He tenido que deshacerme de él.

– ¿Deshacerse de él? -dijo Wyatt.

– Me vi… me vi en dificultades, los guardias de Seguridad estaban buscando en los despachos, y pensé que sería mejor sacarlo y tirarlo en un contenedor que hay a un par de calles. No quería que la operación entera se estropeara por culpa de un simple aparato.

Wyatt me miró fijamente durante unos segundos.

– Nunca nos oculte nada, ¿comprende? Nunca. Ahora escúcheme. Fuentes muy fiables nos han dicho que la gente de Goddard ha programado una rueda de prensa en las oficinas de Trion para dentro de un par de semanas. Una rueda de prensa importante con noticias importantes. Los intercambios de correos electrónicos que me ha entregado sugieren que Trion está a punto de hacer público lo del chip óptico.

– Pero no lo anunciarán si no han conseguido todas las patentes, ¿correcto? -dije. Había investigado un poco por Internet-. Y supongo que sus subalternos tienen bajo control todas las solicitudes de Trion existentes en la Oficina de Patentes de Estados Unidos -le dije.

– ¿Qué, ha estado estudiando Derecho en su tiempo libre? -dijo Wyatt con una sonrisa leve-. Mire, gilipollas, uno solicita la patente a última hora para evitar revelaciones prematuras o violaciones de los derechos. Trion no hará la solicitud hasta poco antes de la rueda de prensa. Hasta ese momento, la propiedad intelectual se mantiene como secreto comercial. Lo cual quiere decir que hasta que se presente la solicitud, y eso puede ocurrir en cualquier momento de las próximas dos semanas, las especificaciones de diseño son un objetivo legítimo. El tiempo pasa. No quiero que duerma, no quiero que descanse ni un minuto hasta que haya conseguido cada maldito detalle del chip óptico, ¿está claro?

Asentí con resentimiento.

– Ahora, si nos disculpa, nos gustaría pedir nuestra cena.

Me levanté y fui al lavabo antes de irme. Al salir del reservado, me crucé con un tipo que me miró de pasada. Entré en pánico.

Me di media vuelta y volví a pasar por el reservado para salir al parking.

En ese momento no estuve del todo seguro, pero el tipo con el que me había cruzado se parecía mucho a Paul Camilletti.

Capítulo 62

Había gente en mi despacho.

Cuando llegué al trabajo a la mañana siguiente, los vi desde lejos -dos hombres, uno joven, el otro más viejo- y quedé paralizado.

Eran las siete y media de la mañana, y por alguna razón Jocelyn no estaba en su escritorio. En un segundo mi mente repasó un menú de posibilidades, cada una peor que la anterior: los de Seguridad habían encontrado algo en mi despacho. O me habían despedido y estaban limpiando mi escritorio. O iban a detenerme.

Me acerqué al despacho y traté de disimular el pánico. Como si fueran amigos que hubieran pasado de visita, dije en tono joviaclass="underline"

– ¿Qué sucede?

El mayor tomaba notas sobre una carpeta con sujetapapeles, y el más joven se había inclinado sobre mi ordenador. El mayor (pelo gris, bigote de morsa, gafas sin montura) dijo:

– Seguridad, señor. Su secretaria, la señorita Chang, nos ha hecho pasar.

– ¿Qué ocurre?

– Estamos inspeccionando todos los despachos del séptimo piso, señor. No sé si ha recibido la nota sobre la violación de la seguridad ocurrida en Recursos Humanos.

¿De eso se trataba? Me sentí aliviado. Pero sólo durante un par de segundos. ¿Y si encontraban algo en mi escritorio? ¿Habría dejado parte de mi equipo de espionaje en los cajones del escritorio o del archivador? Me había acostumbrado a no dejar nada allí, pero ¿y si me hubiera olvidado? Había estado tan nervioso en estos últimos días que hubiera podido fácilmente dejar algo por error.

– Genial -dije-. Me alegra que estéis aquí. No habéis encontrado nada, ¿o sí?

Hubo un momento de silencio. El joven levantó la cara pero no respondió. El mayor dijo:

– No, señor, todavía no.

– No es que me considere un blanco potencial -añadí-. No soy tan importante. Quiero decir, ¿no habéis encontrado nada en esta planta, en los despachos de los jefes?

– Se supone que no debemos comentarlo con nadie, pero no, no hemos encontrado nada. Lo cual no quiere decir que no vayamos a hacerlo.

– ¿Y la revisión de mi ordenador? ¿Todo bien? -Me dirigía al joven.

– No han aparecido aparatos ni nada por el estilo -replicó-. Pero tendremos que realizar ciertos diagnósticos. ¿Puede conectarse, por favor?

– Vale -dije. No había enviado correos incriminatorios desde aquí, ¿o sí?

Pues sí que lo había hecho. Le había escrito a Meacham desde mi cuenta de Hotmail. Pero el contenido de ese mensaje no les diría nada. Estaba seguro de que no había dejado en el ordenador archivos que hubiera debido eliminar. Sí, de eso estaba seguro. Rodeé el escritorio y tecleé mi contraseña. Ambos guardias apartaron la mirada prudentemente hasta que pude entrar a la red.

– ¿Quién tiene acceso a su despacho?

– Sólo yo. Y Jocelyn.

– Y el personal de limpieza -insistió.

– Supongo, pero nunca los veo.

– ¿Nunca los ve? -repitió con escepticismo-. Pero usted trabaja hasta tarde, ¿no?

– Ellos trabajan más tarde todavía.

– ¿Qué hay del correo interno? ¿Algún mensajero ha entrado alguna vez mientras usted no estaba?

Negué.

– Todo eso llega al escritorio de Jocelyn. Nunca me lo entregan a mí personalmente.

– ¿Alguna vez ha venido alguien de TI para arreglar su ordenador o su teléfono?

– No que yo sepa.

El más joven preguntó:

– ¿Ha recibido correos electrónicos extraños?

– ¿Extraños?

– De gente que no conozca, con documentos adjuntos, etcétera.

– No que recuerde.

– Pero usa usted otros sistemas de correo, ¿verdad? Distintos del de Trion.

– Sí.

– ¿Alguna vez los ha usado desde este ordenador?

– Sí, supongo que sí.

– ¿Y ha recibido algo raro en cualquiera de esas cuentas?

– Bueno, recibo spam, como todo el mundo. Ya sabéis, Viagra o «Añada cinco centímetros» o los de las chicas campesinas -dije. Pero ninguno de los dos parecía dotado de sentido del humor-. Pero los borro, simplemente.

– Sólo tardaremos entre cinco y diez minutos, señor -dijo el joven, insertando un disco en mi CD-ROM-. Tal vez quiera usted ir a por una taza de café.