En realidad tenía una reunión, así que dejé a los de Seguridad en mi despacho, aunque no me quedé demasiado tranquilo, y me dirigí a Plymouth, una de las salas de conferencia más pequeñas.
No me gustaba el hecho de que hubieran preguntado acerca de las cuentas de correo externas. Eso no estaba bien. La verdad, era para cagarse de miedo. ¿Y si les daba por escarbar en todos mis mensajes? Ya había visto lo fácil que era eso. ¿Y si descubrían que había pedido copias de la correspondencia electrónica de Camilletti? ¿Podría convertirme en sospechoso sólo por eso?
Al pasar por el despacho de Goddard, vi que tanto él como Flo estaban ausentes. Jock -ya lo sabía- habría ido a la reunión. Luego me crucé con Jocelyn, que llevaba una taza de café en la mano. En la taza se leía: no estoy en mis cabales, pero volveré en cinco minutos.
– ¿Siguen los matones de seguridad en mi escritorio? -preguntó.
– Ahora están en mi despacho -le dije y seguí caminando.
Ella se despidió con la mano.
Capítulo 63
Goddard y Camilletti estaban sentados alrededor de una pequeña mesa redonda con el director de operaciones, Jim Colvin, y con otro Jim, Jim Sperling, el director de Recursos Humanos. También estaban presentes un par de mujeres que no reconocí. Sperling, un hombre negro con la barba muy corta y gafas grandes de montura de alambre, hablaba, con su voz resonante de barítono, acerca de «posibilidades objetivas», con lo cual asumí que se refería a gente a la cual pudieran echar. Jim Sperling no imitaba el medio cuello de Goddard, pero no andaba lejos: americana y polo. Sólo Jim Colvin usaba traje y corbata convencionales.
La joven y rubia asistente de Sperling me pasó unos documentos, una lista de departamentos e individuos, pobres desgraciados, que eran candidatos al hacha. La revisé rápidamente y me di cuenta de que el equipo del Maestro no estaba incluido. Así que a fin de cuentas les había salvado el empleo.
Luego vi una lista de nombres de Marketing de Nuevos Productos, entre ellos el de Phil Bohjalian. El viejo iba a ser despedido. Ni Chad ni Nora estaban en la lista, pero Phil había sido señalado. Por Nora, era de suponerse. A cada vicepresidente y director se le había pedido que hiciera una clasificación de sus subordinados y eliminara al menos uno de cada diez. Era obvio que Nora lo había enviado al paredón.
Aquélla parecía ser una sesión de trámite. Sperling había presentado una lista y estaba proponiendo sus «argumentos» para eliminar las «posiciones» que había escogido, y apenas había qué discutir. Goddard se veía apesadumbrado; Camilletti parecía decidido, incluso un poco animado.
Cuando Sperling llegó a Marketing de Nuevos Productos, Goddard se giró hacia mí, pidiendo silenciosamente mi opinión.
– ¿Puedo decir algo? -intervine.
– Eh, sí, claro -dijo Sperling.
– Hay alguien en la lista, Phil Bohjalian… Lleva algo así como trece o catorce años en la empresa.
– Sí, y también está en lo más bajo de la clasificación -dijo Camilletti. Me pregunté si Goddard le habría dicho algo acerca de la filtración al Wall Street Journal. No podía saberlo a partir del comportamiento de Camilletti, que no era más hostil conmigo que de costumbre, pero tampoco menos-. Además, dada su posición en la compañía, sus incentivos nos cuestan un ojo de la cara.
– Bien, pues yo cuestionaría su clasificación -dije-. Conozco su trabajo, y creo que esas cifras pueden deberse a cuestiones de tipo personal.
– ¿Cuestiones de tipo personal? -dijo Camilletti.
– A Nora Sommers no le gusta su personalidad -dije. De acuerdo, Phil no era amigo mío, pero tampoco podía hacerme daño, y ahora me daba lástima.
– Si esto es tan sólo un choque de personalidades, estamos frente a un abuso del sistema de clasificaciones -dijo Jim Sperling-. ¿Sugiere usted que Nora Sommers está abusando del sistema?
Era claro adónde iba aquello. Podría salvar el empleo de Phil Bohjalian y deshacerme de Nora, todo al mismo tiempo. Era muy tentador: pronunciar una palabra y dejar que a Nora le cortaran el pescuezo. A ninguno de los presentes le importaba. La orden llegaría a Tom Lundgren, y no era probable que él se esforzara por salvarla. De hecho, si Goddard no me hubiera rescatado de las garras de Nora, sería mi nombre el que habría ido a parar a la lista, no el de Phil.
Goddard me miraba con atención, igual que Sperling. Los demás tomaban notas.
– No -dije al fin-. No creo que abuse del sistema. Es una cuestión de química. Creo que ambos ponen de su parte.
– Bien -dijo Sperling-. ¿Continuamos?
– Mire -me dijo Camilletti-, vamos a recortar cuatro mil empleos. No podemos revisarlos uno por uno.
Asentí.
– Por supuesto.
– Adam -dijo Goddard-, hágame un favor. Le he dado la mañana libre a Flo, ¿le importaría traerme mi, eh, mi agenda digital del despacho? La he olvidado. -Me pareció que los ojos le brillaban. Se refería a su pequeña libreta de direcciones negra, y supongo que la broma iba dirigida a mí.
– Sí, claro -dije, y tragué con fuerza-. Enseguida vuelvo.
El despacho de Goddard estaba cerrado pero sin llave. La agenda negra estaba sobre su escritorio escueto y ordenado, al lado de su ordenador.
Me senté en su silla y eché una mirada a sus cosas: las fotografías enmarcadas de Margaret, su esposa de pelo canoso y aires de abuela; una foto de su casa del lago. No había fotos de su hijo, Elijah: tal vez era demasiado doloroso recordarlo.
Estaba solo en el despacho de Jock Goddard, y Flo tenía la mañana libre. ¿Cuánto tiempo podía quedarme allí antes de que Goddard comenzara a sospechar? ¿Había tiempo para tratar de meterme en su ordenador? ¿Y si Flo aparecía mientras estaba en ello?
No. Era demasiado arriesgado. Este era el despacho del presidente, y lo más probable era que hubiera gente entrando y saliendo todo el tiempo. Y no podía arriesgarme a tardar más de dos o tres minutos en este recado: Goddard se preguntaría dónde había estado. Tal vez podía decir que había ido al lavabo antes de recoger su agenda: eso explicaría una demora de cinco minutos, pero no más.
Sin embargo, nunca volvería a tener esta oportunidad.
Pasé las hojas del desgastado cuadernito y vi números de teléfono, garabatos en lápiz sobre anotaciones del calendario… y en las guardas traseras, en letra imprenta y muy limpia, esta anotación: Goddard. Y más abajo: 62858.
Tenía que ser su contraseña.
Sobre esos cinco números, tachada, había otra anotación: jun2858. Miré ambas cifras y comprendí que ambas eran fechas, y además que eran la misma fecha: 28 de junio de 1958. Evidentemente una fecha de mucha importancia para Goddard. No sabía de qué se trataba, tal vez la fecha de su boda. Y las dos variantes, evidentemente, eran contraseñas.
Cogí un bolígrafo y un pedazo de papel y copié el nombre de usuario y la contraseña.
¿Y por qué no copiar la libreta entera? Bien podría haber otras informaciones valiosas aquí dentro.
Cerré tras de mí el despacho de Goddard y me dirigí hacia la fotocopiadora que había detrás del escritorio de Flo.
– ¿Trata de hacer mi trabajo, Adam? -me llegó la voz de Flo.
Me di la vuelta y la vi con una bolsa de Saks Fifth Avenue en la mano. Me miraba con expresión feroz.
– Buenos días, Flo -dije con brusquedad-. No, no tema. Sólo estaba haciendo un recado para Jock.
– Me alegro. Porque llevo aquí más tiempo que usted, y no me gustaría tener que abusar de mi autoridad.
Su mirada se hizo más dulce, y una sonrisa amable apareció en su rostro.
Capítulo 64
Al terminar la reunión, Goddard se me acercó sigilosamente y me puso un brazo sobre el hombro.
– Me ha gustado lo que ha hecho -dijo en voz baja.
– ¿A qué se refiere?