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Caminamos por el vestíbulo hacia su despacho.

– Me refiero a su contención en el caso de Nora Sommers. Sé bien qué piensa de ella. Sé bien qué piensa ella de usted. Deshacerse de ella hubiera sido lo más fácil del mundo. Y yo, francamente, no hubiera opuesto mucha resistencia.

El afecto de Goddard me incomodaba un poco, pero sonreí y bajé la cabeza.

– Me pareció lo correcto -dije.

– «Quienes tienen el poder de dañar, y no lo ejercen» -dijo Goddard-, heredan con derecho las gracias del cielo.» Shakespeare. En inglés moderno: Cuando tienes el poder de joder a alguien y no lo haces, pues bien, de eso se trata, ¿no es cierto?

– Supongo que sí.

– ¿Y quién es ese hombre mayor cuyo trabajo acaba de salvar?

– Un tipo de marketing.

– ¿Amigo suyo?

– No. Ni siquiera le caigo demasiado bien, creo. Simplemente me parece que es un empleado fiel.

– Enhorabuena. -Goddard me estrechó el hombro, con fuerza. Me condujo a su despacho, se detuvo un instante ante el escritorio de Flo-. Buenos días, querida -dijo-. Bueno, quiero ver ese vestido de confirmación.

A Flo se le iluminó la cara, abrió la bolsa de Saks, sacó un pequeño vestido de seda para niña y lo levantó con orgullo.

– Maravilloso -dijo Goddard-. Simplemente maravilloso.

Luego entró en su despacho y cerró la puerta.

– Todavía no le he dicho ni una palabra a Paul -dijo, acomodándose tras su escritorio-, y no he decidido si lo haré. Usted no se lo ha contado a nadie más, ¿verdad? Lo del Journal.

– A nadie más.

– Pues no lo haga. Verá, Paul y yo tenemos diferencias de opinión, y tal vez ésta era su manera de motivarme. Tal vez creyó que eso ayudaría a la compañía, no lo sé. -Goddard soltó un largo suspiro-. Pero si saco a colación el asunto, bueno, no quiero que corra el rumor. No quiero situaciones desagradables. Por estos días hay cosas mucho, pero mucho más importantes.

– Vale.

Me lanzó una mirada lateral.

– Nunca he ido al Auberge. Me dicen que es genial, ¿cómo le pareció a usted?

Sentí un tirón en las tripas. La cara se me llenó de rubor. El de la noche anterior había sido Camilletti. Qué mala suerte.

– Sólo… sólo llegué a beber una copa de vino.

– Apuesto a que no se imagina quién estaba cenando allí también -dijo Goddard. Su expresión era indescifrable-. Nicholas Wyatt.

Evidentemente, Camilletti había hecho sus averiguaciones. Intentar siquiera negar que había estado con Wyatt sería suicida.

– Ah, eso -dije, tratando de parecer cansado-. Desde que acepté el empleo en Trion, Wyatt me ha estado persiguiendo, para…

– ¿Ah, sí? -interrumpió Goddard, enfadado-. Así que no tuvo usted más opción que aceptar su invitación a cenar, ¿no?

– No, señor, no ha sido así -dije, tragando saliva.

Pero Goddard ya había comenzado a calmarse.

– Cambiar de trabajo no quiere decir que uno abandone a sus viejos amigos, supongo -dijo.

Negué con la cabeza, fruncí el ceño. Me daba la sensación de que la cara se me enrojecía tanto como a Nora.

– No es cuestión de amistades, la verdad…

– No, si ya sé cómo va la cosa -dijo Goddard-. El otro te hace sentir culpable para obligarte a aceptar una cita, «en honor de los viejos tiempos», y no quieres ser maleducado, y enseguida empieza a cubrirte de elogios…

– Usted sabe que yo no tenía intenciones de…

– Claro que sí, claro que sí -murmuró Goddard-. Usted no es así. Por favor. Yo conozco a la gente. Me gusta pensar que es una de mis virtudes.

Cuando regresé a mi despacho y me senté, me di cuenta de que estaba estremecido.

El hecho de que Camilletti le hubiera informado a Goddard de que me había visto en el Auberge al mismo tiempo que Wyatt significaba que Camilletti, por lo menos, sospechaba de mis motivos. Debió pensar que me dejaba cortejar por mi antiguo jefe. Pero Camilletti era Camilletti, y probablemente se le habían ocurrido ideas más siniestras.

Esto era desastroso. Me pregunté también si Goddard pensaba en realidad que todo el asunto era completamente inocente. «Yo conozco a la gente», había dicho. ¿Acaso era así de cándido? No supe qué pensar. Pero era evidente que a partir de entonces tendría que cubrirme las espaldas.

Respiré hondo, me apreté los ojos con las yemas de los dedos. Tenía que seguir insistiendo e ignorar lo sucedido.

Después de unos minutos hice una búsqueda rápida en el sitio web de Trion y encontré el nombre del encargado de la División de Propiedad Intelectual del Departamento Jurídico de Trion. Era Bob Frankheimer, cincuenta y cuatro años, ocho de ellos como empleado de Trion. Antes había sido abogado general de Oracle, y antes de eso había trabajado en Wilson, Sonsini, un gran bufete de abogados de Silicon Valley. En la foto se veía gravemente obeso; tenía pelo negro y rizado, la cara cubierta por la sombra de una barba incipiente, gafas de lentes gruesos. Era la quintaesencia del empollón.

Lo llamé desde mi escritorio para que viera mi número en su identificador de llamadas, para que supiera que lo llamaba desde el despacho del presidente ejecutivo. Contestó él mismo con voz sorprendentemente dulce, como el DJ de noche en una emisora de rock suave.

– Señor Frankheimer, soy Adam Cassidy, del despacho del presidente.

– ¿En qué puedo ayudarle? -dijo. Su afán de cooperación parecía genuino.

– Quisiéramos revisar todas las solicitudes de patentes del departamento tres veintidós.

Era un movimiento audaz y definitivamente arriesgado. ¿Y si se lo mencionaba a Goddard? Sería casi imposible de explicar.

Hizo una larga pausa.

– ¿El proyecto Aurora?

– Correcto -dije con indiferencia-. Sé que deberíamos tener todas las copias en nuestros archivos, pero acabo de pasar las últimas dos horas buscando, y no consigo encontrarlas, y a Jock le está entrando un ataque -bajé la voz-. Soy nuevo, acabo de empezar. No quiero cagarla con esto.

Otra pausa. La voz de Frankheimer de repente parecía menos calmada, menos cooperativa, como si yo hubiera dicho las palabras equivocadas.

– ¿Por qué me ha llamado a mí?

No supe a qué se refería, pero era claro que había metido la pata.

– Porque he pensado que sólo usted puede salvar mi empleo -dije, con una risita mordaz.

– ¿Cree que tengo copias aquí?

– ¿Sabe dónde puedan estar, entonces?

– Señor Cassidy, tengo un equipo de seis abogados expertos en propiedad intelectual, gente capaz de lidiar con lo que les pongan. Pero ¿las solicitudes del Aurora? No, no. Eso lo tiene que llevar un abogado externo. ¿Por qué? Por supuestas razones de «seguridad empresarial». -Su voz subió de tono, y ahora parecía verdaderamente cabreado-. «Seguridad empresarial», sí, señor. Porque se ve que los abogados externos practican su profesión con más seguridad que la propia gente de Trion. Así que déjeme que le pregunte: ¿Qué mensaje nos transmite una actitud semejante? -Ya no sonaba tan dulce.

– Sí, eso no está bien -dije-. ¿Y entonces quién lleva las solicitudes?

Frankheimer exhaló. Era un hombre enfadado y lleno de amargura, candidato principal al infarto.

– Ojalá lo supiera. Pero parece ser que ni siquiera somos lo bastante fiables como para conocer esa información. ¿Qué es lo que pone en nuestras tarjetas? Comunicación abierta. Ah, me encanta eso. Creo que haré que impriman eso en las camisetas de los próximos Juegos Empresariales.

Después de colgar pasé por el despacho de Camilletti de camino al lavabo. Tuve que volver a pasar.

Sentado en el despacho de Paul Camilletti, con expresión de gravedad, estaba mi viejo amigo.

Chad Pierson.

Apuré el paso, pues no quería ser visto por ninguno de los dos a través de las paredes de vidrio del despacho de Camilletti. Ahora bien, ¿por qué no quería ser visto? No tenía la menor idea. En ese momento ya corría por instinto.