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Goddard dijo algo más, y su audiencia rió como si se tratara de Jay Leno y Richard Pryor y Rodney Dangerfield, todos en uno. A un lado estaba Paul Camilletti, en vaqueros desteñidos y bien planchados y camisa blanca de botones en el cuello, también arremangada. Él sí que había recibido el memorando sobre vestimenta adecuada; a mí, en cambio, no me había llegado: yo llevaba unos shorts caquis y un polo.

Frente a él estaba Jim Colvin, el director de operaciones, con sus blancuzcas piernas bajo un par de bermudas grises. Aquello era un verdadero desfile de modas. Goddard levantó la cara, me hizo una seña y me invitó a acercarme.

Cuando comencé a caminar hacia él, alguien salió de la nada y me agarró por el brazo. Nora Sommers, vestida con una blusa de tejido rosa y cuello levantado y unos shorts caquis demasiado grandes para ella, parecía feliz de verme.

– ¡Adam! -exclamó-. ¡Qué bueno verlo aquí! ¿No es maravilloso este lugar?

Asentí, sonreí educadamente.

– ¿Ha venido su hija? -le pregunté.

Nora se sintió de repente incómoda.

– Megan está pasando por una etapa difícil, pobre chica. Nunca quiere estar conmigo. -Curioso, pensé: yo estoy pasando por la misma etapa-. Prefiere montar a caballo con su padre que perder la tarde con su madre y sus aburridos compañeros de trabajo.

Asentí.

– Discúlpeme…

– ¿Ha tenido oportunidad de ver la colección de coches de Jock? Está allá, en el garaje. -Señaló una construcción parecida a un establo que había al otro lado del prado, a unos cien metros de allí-. Tiene que verlos. ¡Son maravillosos!

– Lo haré, gracias -dije, y di un paso hacia el grupito de Goddard.

Nora se aferró a mi brazo con más fuerza.

– Adam, quería decirle que me ha alegrado mucho su éxito. Habla muy bien de Jock el que haya decidido jugársela con usted, ¿no? Confiar en usted, ¿no? ¡Me alegro tanto por usted! -le di las gracias amablemente y liberé el brazo de su garra.

Llegué a donde estaba Goddard y me quedé educadamente a un lado hasta que él me vio y me pidió que me acercara. Me presentó a Stuart Lurie, ejecutivo a cargo de «Soluciones Empresariales», que me dijo «¿Qué tal, tío?», y me dio un apretón estilo soul. Era un tío muy bien parecido de unos cuarenta años, prematuramente calvo y rasurado a ambos lados de la cabeza de manera que pareciera deliberado y guay.

– Adam es el futuro de Trion -dijo Goddard.

– Ey, ¡qué gusto ver el futuro! -dijo Lurie con un toque leve de sarcasmo-. No irás a sacar una moneda de su oreja, Jock, ¿o sí?

– No es necesario -dijo Jock-. Adam siempre anda sacándose conejos del sombrero, ¿no es verdad, Adam? -Goddard me rodeó con el brazo, un gesto incómodo dado que yo era mucho más alto-. Venga conmigo -dijo en voz baja.

Me guió a través del porche.

– Dentro de un rato haré mi pequeña ceremonia tradicional -dijo mientras subíamos los escalones de madera-. Reparto pequeños regalos, cositas tontas, pequeñas bromas, en realidad.

Sonreí, preguntándome al mismo tiempo por qué me estaba contando todo aquello. Cruzamos el porche entre viejos muebles de mimbre y entramos en una especie de vestíbulo y luego en la parte principal de la casa. Los suelos eran de tablones de pino, y chirriaban bajo nuestros pasos. Las paredes estaban todas pintadas de color crema, y todo parecía luminoso y alegre y hogareño, y tenía el olor indescriptible de las casas viejas. Todo parecía confortable y real, parecía vivido. Esta era la casa de un rico sin pretensiones, pensé. Caminamos por un amplio corredor, pasando una sala de estar con una gran chimenea de piedra, luego doblamos la esquina y entramos en un corredor angosto con suelos de baldosa. A ambos lados del corredor, sobre las estanterías, había trofeos y cosas así. Luego entramos a una pequeña habitación flanqueada por libros con una larga mesa de biblioteca en el medio, y sobre ella un ordenador, una impresora y varias cajas de cartón. Era obviamente el estudio de Goddard.

– La bursitis no se da por vencida -se disculpó, señalando las cajas grandes de la mesa, que estaban llenas de lo que parecía ser regalos ya envueltos-. Usted es un joven robusto, Adam. Si no le importa, podría llevar esto al lugar donde está el podio, allá junto al bar…

– No es molestia -dije, desilusionado pero sin demostrarlo. Levanté una de las cajas, que no sólo era pesada sino difícil de manejar, porque el peso estaba distribuido de forma desigual y era tan voluminosa que yo apenas alcanzaba a ver por dónde caminaba.

– Le mostraré el camino -dijo Goddard. Lo seguí hasta el angosto corredor. La caja rozaba las estanterías por ambos lados, y tuve que girarla hacia un lado y un poco hacia arriba para que pasara. Luego sentí que la caja empujaba algo: hubo un estrépito, el sonido del vidrio al romperse.

– Mierda -exclamé.

Giré la caja para poder ver lo que había sucedido. Me quedé paralizado: debí derribar uno de los trofeos de la estantería, y allí estaba, una docena de fragmentos dorados cubriendo el suelo de baldosas. Era uno de esos trofeos que parecen de oro pero en realidad son de cerámica pintada de color dorado o algo así.

– Lo siento, lo siento -dije, poniendo la caja en el suelo y agachándome para recoger los pedazos. Había tenido cuidado con la caja, pero de alguna manera lo había golpeado, no alcanzaba a imaginar cómo.

Goddard miró lo ocurrido y se puso blanco.

– No se preocupe -dijo con voz esforzada.

Recogí tantos pedazos como pude. Era -había sido- la estatuilla dorada de un jugador de fútbol corriendo. Había un pedazo del casco, de un puño, de la pelota. La base era de madera y llevaba una placa de bronce que ponía: Campeones 1995 -Colegio Lakewood – Elijah Goddard – Quarterback.

Elijah Goddard, según Judith Bolton, era el hijo fallecido de Goddard.

– Jock -dije-. Lo siento mucho.

Me hice un doloroso corte en la mano con uno de los fragmentos.

– He dicho que no se preocupe -dijo Goddard con voz dura-. No es nada. Ahora venga, a lo que íbamos.

No supe qué hacer, tan mal me sentía por haber destruido un objeto de su hijo fallecido. Quise limpiar el desorden, pero tampoco quería ponerlo de peor humor. Hasta aquí llegaba la buena imagen que el viejo tenía de mí. El corte en la palma de mi mano había comenzado a sangrar.

– La señora Walsh limpiará todo esto -dijo con un toque de rudeza en la voz-. Venga, por favor, lleve los regalos afuera.

Caminó por el corredor y desapareció tras alguna puerta. Mientras tanto levanté la caja y la llevé por el corredor, con extremo cuidado, y salí de la casa. Dejé una marca de sangre en el cartón.

Cuando regresé a por la segunda caja, vi a Goddard sentado en una esquina del estudio. Estaba doblado sobre sí mismo, con la cabeza metida en la sombra y la base de madera del trofeo en las manos. Dudé; no estaba seguro de lo que debía hacer, si salir de allí, dejarlo a solas, o seguir sacando las cajas y fingir que no lo había visto.

– Era un muchacho encantador -dijo de repente Goddard, en voz tan suave que en un principio pensé que lo había imaginado. Me detuve. Su voz era ronca y débil, poco más audible que un susurro-. Un deportista, alto y de espaldas anchas, como usted. Y tenía el don de la felicidad. Cuando entraba en algún sitio, los ánimos subían. Hacía que la gente se sintiera bien. Era guapo, era amable, había como una… una chispa en sus ojos. -Goddard levantó lentamente la cara y miró al vacío-. Incluso cuando era un niño. Casi no lloraba, no molestaba ni…

La voz de Goddard se apagó, y yo me quedé allí, paralizado en medio de la habitación, escuchándolo. Había hecho una bola con mi pañuelo y lo sostenía en la mano, para que absorbiera la sangre, y podía sentir cómo se iba humedeciendo.