– A usted le hubiera caído bien -dijo Goddard. Miraba hacia donde yo estaba, pero de alguna manera no me miraba a mí: era como si viera a su hijo en mi lugar-. Sí, así es. Los dos habrían sido amigos.
– Siento mucho no haberlo conocido.
– Todos le querían. Era un chico puesto sobre la tierra para hacer feliz a la gente. Tenía la chispa, tenía la sonrisa más b… -Su voz se quebró-. Más bella…
Goddard bajó la cabeza y sus hombros se sacudieron. Después de un instante, dijo:
– Un día Margaret me llamó al despacho. Gritaba… Lo había encontrado en su habitación. Cogí el coche y vine a casa, no podía pensar con claridad… Nunca olvidaré la fecha, por supuesto. Veintiocho de agosto de mil novecientos noventa y ocho. Elijah había sido expulsado de Haverford en el tercer curso, sí, lo expulsaron, sus calificaciones eran una mierda, había dejado de ir a las clases. Pero no conseguí que hablara conmigo. Claro, ya me imaginaba que se estaba drogando, y traté de hablar con él, pero era como hablarle a una pared de piedra. Volvió a vivir con nosotros, pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación o saliendo con chicos que yo no conocía. Más tarde un amigo suyo me dijo que había empezado a meterse heroína al principio del tercer curso. Él no era un delincuente juvenil, era un muchacho con talento, dulce, un buen chico… Pero en algún momento empezó a… ¿cómo se dice, inyectarse? Y la droga lo cambió. La luz se fue de sus ojos. Comenzó a mentir constantemente. Era como si tratara de borrar todo lo que había sido hasta entonces. ¿Entiende lo que quiero decir? -Goddard levantó de nuevo el rostro. Lo tenía cubierto de lágrimas.
Asentí. Pasaron varios y lentos segundos antes de que continuara.
– Buscaba algo, supongo. Necesitaba algo que el mundo no podía darle. O tal vez se preocupaba demasiado por los demás y decidió que necesitaba matar esa parte de sí mismo. -De nuevo, su voz se hizo más gruesa-. Y luego el resto.
– Jock -comencé. Quería que dejara de hablar.
– El médico dijo que había sido una sobredosis. Dijo que no había dudas: era deliberada. Elijah sabía lo que hacía. -Se cubrió la cara con una mano regordeta-. Y me pregunto, ¿qué hubiera debido hacer de otra manera? ¿Cómo lo eché a perder? Una vez, llegué a amenazarle con hacer que lo arrestaran. Tratamos de meterlo en rehabilitación. Yo estuve a punto de hacerle las maletas y mandarlo, obligarlo a ir, pero nunca tuve la oportunidad. Y una y otra vez me pregunto: ¿fui demasiado duro con él, demasiado firme? ¿O no lo suficiente? ¿Acaso estuve demasiado involucrado en mi trabajo? Creo que sí. Por esos días, yo era demasiado ambicioso. Estaba demasiado ocupado en la construcción de Trion para ser un padre de verdad.
Ahora me miraba directamente, y la angustia en sus ojos era visible. La sentí como una daga en mi vientre. Los ojos se me humedecieron.
– Te vas a trabajar, construyes tu pequeño imperio -dijo-, y pierdes la noción de lo que verdaderamente importa. -Parpadeó con fuerza-. No quiero que usted pierda esa noción, Adam. Jamás. -Goddard parecía más pequeño y marchito, como si tuviera cien años-. Estaba acostado en su cama cubierto de saliva y de orines, como un bebé, y lo cogí en brazos como si fuera un niño. ¿Sabe qué se siente al ver a un hijo en un ataúd, Adam? -susurró. Se me puso la piel de gallina y tuve que evitar su mirada-. Creí que nunca iba a volver a trabajar. Creí que no lo superaría nunca. Margaret dice que no lo he hecho. Me quedé casi dos meses en casa. No se me ocurría ninguna razón para seguir viviendo. Cuando pasa algo así, uno se cuestiona el valor de todo.
Pareció recordar que tenía un pañuelo en la mano y se limpió la cara.
– Ah, míreme -dijo con un profundo suspiro, y soltó una risita inesperada-. Fíjese en este viejo tonto. Cuando tenía su edad, pensaba que al llegar a la que tengo ahora habría descubierto el sentido de la vida -sonrió tristemente-. Y no estoy ni un paso más cerca. Claro, sé bien cuál no es el sentido de la vida. Lo sé gracias a un proceso de eliminación. Tuve que perder a un hijo para aprenderlo. Te compras una casa grande y un coche de lujo, sales en la portada de la revista Fortune, y te crees que lo tienes todo dominado, ¿no es así? Hasta que Dios te manda un pequeño telegrama diciendo: «Ah, se me olvidaba, nada de eso importa un bledo. Y todos los seres queridos que tengas sobre la tierra… son prestados, ¿sabes? Así que ámalos mientras puedas.» -Por su mejilla rodó una lágrima-. Todavía hoy me pregunto si llegué a conocer a Eli. Tal vez no. Creí que lo había conocido. Sé que lo amé, más de lo que pensé que llegaría a amar a alguien. Pero ¿conocerlo? No, eso no puedo asegurarlo. -Sacudió la cabeza lentamente y comenzó a recuperar el control sobre sí mismo-. Su padre tiene suerte, quienquiera que sea, tiene tanta suerte, y nunca lo sabrá. Tiene un hijo como usted, un hijo que todavía lo acompaña. Sé que debe sentirse muy orgulloso de usted.
– No estoy tan seguro -dije en voz baja.
– Yo sí -dijo Goddard-. Porque yo lo estaría.
Séptima Parte. Control
Controclass="underline" Poder ejercido sobre un agente o doble agente para evitar su defección o doble defección (la así llamada «triple actividad»).
Diccionario internacional de inteligencia
Capítulo 66
A la mañana siguiente revisé mi correo electrónico desde casa y encontré un mensaje de «Arthur».
El jefe está muy impresionado por su presentación y quiere ver más de inmediato.
Lo miré durante un minuto y decidí no responder.
Poco después llegué sin anunciarme al piso de mi padre. Llevaba una caja de rosquillas Krispy Kreme. Aparqué en un espacio que había justo enfrente del edificio. Sabía que mi padre se pasaba el día mirando por la ventana (eso cuando no estaba viendo la televisión). No se perdía nada de lo que ocurría en la calle.
Yo venía del tren de lavado, y el Porsche era un luminoso trozo de obsidiana, algo verdaderamente bello. Me sentía avivado: mi padre no lo había visto todavía. Su hijo «fracasado», que ya había dejado de serlo, llegaba a lo grande: en un carruaje de 450 caballos de fuerza.
Mi padre estaba instalado en su lugar habitual frente al televisor, viendo una especie de programa de investigación de bajo presupuesto acerca de los escándalos empresariales. Antwoine estaba sentado a su lado, en la silla más incómoda, leyendo uno de esos coloridos tabloides de supermercado que parecen todos iguales; creo que era el Star.
Mi padre levantó la mirada, vio la caja de rosquillas que yo agitaba en el aire, y sacudió la cabeza.
– No -dijo.
– Estoy seguro de que hay uno cubierto de chocolate -le dije-. Tu favorito.
– Ya no puedo comer esa mierda. Aquí el Africano me tiene amenazado de muerte. ¿Por qué no le ofreces uno a él?
Antwoine también se negó.
– No, gracias, trato de bajar unos kilos. Es usted un verdadero diablo.
– Pero ¿qué es esto -pregunté-, el programa de Jenny Craig?
Puse la caja de rosquillas sobre la mesa de chapa de arce que había junto a Antwoine. Mi padre todavía no había dicho nada acerca del coche, pero supuse que habría estado demasiado absorto en su programa de televisión. Además, su visión ya no era óptima.
– En cuanto te vayas, este tío sacará el látigo y me hará dar vueltas alrededor de la habitación -dijo mi padre.
– No para, ¿no es cierto? -le dije.
En la cara de mi padre había más diversión que enfado.
– Que haga lo que le dé la gana -dijo mi padre-. Aunque parece que nada le gusta tanto como quitarme los cigarrillos.
La tensión entre los dos parecía haber cedido, llegado a la resignación de un punto muerto.