– Ambos sabemos que no es así. Es un adelantado, eso es todo. Mira la historia de la empresa. Hubo tres o cuatro momentos en que todos pensaban que Trion estaba contra las cuerdas, al borde de la quiebra, y de repente los sorprendió a todos volviendo con más fuerza que nunca.
– Y tú crees que éste es uno de esos momentos fundamentales, ¿no?
– Cuando el Aurora esté listo para ser anunciado, Jock lo anunciará. Y entonces veremos qué dice el Wall Street Journal. El Aurora hace irrelevantes los problemas más recientes.
– Asombroso. -Miré mi copa de vino con aire despreocupado y dije-: ¿Y cuál es la tecnología?
Alana sonrió, sacudió la cabeza.
– Tal vez ya te he dicho demasiado -y luego, inclinando la cabeza hacia un lado, dijo juguetona-: ¿Qué, me estás haciendo un control de seguridad?
Capítulo 68
Desde el momento en que Alana me dijo que le gustaría cenar en el restaurante de Harbor Suites, supe que esa noche nos acostaríamos. He salido con mujeres con las que toda la carga erótica viene del «¿querrá o no querrá?». En este caso era distinto, pero el deseo era aún mayor. Había estado presente de manera constante, esa línea invisible que ambos sabíamos que acabaríamos por cruzar, la línea que nos separaba de la amistad y luego de algo más íntimo; la pregunta era cuándo y cómo la cruzaríamos, quién daría el primer paso, qué sentiríamos al cruzarla. Después de cenar volvimos al piso, ambos algo mareados de tanto vino blanco y tanto gintónic. Mi brazo rodeaba su angosta cintura. Quería sentir la suave piel de su vientre, la piel debajo de sus senos, la piel sobre sus nalgas. Quería ver sus zonas más íntimas. Quería ser testigo del momento en que se quebrara el duro caparazón que rodeaba a Alana, aquella mujer sofisticada y de belleza inverosímil; el momento en que se estremeciera, en que se entregara, en que aquellos ojos azules se perdieran de placer.
Pasamos un rato casi vagabundeando por el piso, disfrutando de la vista del agua, y preparé un par de martinis que definitivamente no necesitábamos. Alana dijo:
– No puedo creer que mañana tenga que ir a Palo Alto.
– ¿Qué tienes que hacer allí?
Negó con la cabeza.
– Nada interesante. -Su brazo también me rodeaba la cintura, pero luego lo deslizó por «accidente» hasta tocarme el culo, apretando rítmicamente, y me preguntó en broma si había terminado de desempaquetar la cama.
Al segundo siguiente la estaba besando, y acariciando suavemente sus pechos con las yemas de los dedos, y ella deslizó una mano muy cálida sobre mi entrepierna. Ambos nos excitamos muy rápido, y a trompicones llegamos al sofá que no estaba cubierto de plástico. Nos besamos, nuestras caderas se apretaron entre sí. Alana me quitó ansiosamente los pantalones. Bajo la camisa negra, llevaba un sujetador de seda blanca. Sus senos eran pequeños y perfectos.
Se corrió ruidosamente, con sorprendente abandono.
Yo tiré de un golpe mi copa de martini. Nos abrimos paso por el largo corredor hacia mi habitación, y allí lo hicimos de nuevo, esta vez más despacio.
– Alana -le dije cuando estábamos ya abrazados.
– ¿Hmm?
– Alana -repetí-. Eso quiere decir «bella» en gaélico o algo así, ¿no?
– En celta, creo -dijo. Ella me arañaba suavemente el pecho mientras yo le acariciaba los senos.
– Alana, debo confesarte algo. Gruñó.
– Estás casado.
– No…
Se dio la vuelta hacia mí. En sus ojos había un resplandor de fastidio.
– Sales con alguien.
– No, definitivamente no. Tengo que confesar que… odio a Ani DiFranco.
– Pero tú la… la citaste… -Alana parecía confundida.
– Una ex novia la oía constantemente, y ahora ha quedado asociada a cosas malas.
– ¿Y por qué tienes uno de sus discos?
Así que había visto el maldito disco junto al equipo de sonido.
– He tratado de obligarme a que me guste.
– ¿Por qué?
– Por ti.
Se quedó pensando un instante, frunció el ceño.
– No tiene que gustarte todo lo que a mí me gusta. A mí no me gustan los Porsches.
– ¿No? -Me giré hacia ella, sorprendido.
– Son como pollas con ruedas.
– Eso es cierto.
– Tal vez haya tíos que los necesiten, pero no es tu caso.
– Nadie «necesita» un Porsche. Me pareció que era guay, eso es todo.
– Me sorprende que no hayas escogido uno rojo.
– No. El rojo es cebo para polis. Un policía ve un Porsche rojo y enciende el radar.
– ¿Tenía un Porsche tu padre? El mío sí. -Puso los ojos en blanco-. Ridículo. Era el coche de su crisis de madurez, ¿sabes? Su coche de menopausia masculina.
– La verdad es que durante la mayor parte de mi niñez no tuvimos coche.
– ¿No teníais coche?
– Usábamos el transporte público.
– Ah -dijo. Ahora parecía incómoda. Después de un minuto, añadió-: Entonces todo esto debe de ser bastante embriagador. -Movió la mano en el aire para indicar el piso y todo lo demás.
– Sí.
– Hmm.
Pasó otro minuto.
– ¿Puedo ir a visitarte en el trabajo?
– No. El acceso a la quinta planta es muy restringido. Y de todas formas, me parece que será mejor que en el trabajo no se enteren, ¿te parece?
– Sí, tienes razón.
Me sorprendió que se acurrucara junto a mí y se quedara dormida; había pensado que preferiría irse de inmediato a casa, despertar en su propia cama, pero parecía decidida a pasar la noche aquí.
El reloj de la mesilla de noche marcaba las tres y treinta y cinco cuando me levanté. Alana seguía dormida, respirando suavemente. Crucé la habitación caminando sobre la alfombra y al salir cerré la puerta sin hacer ruido.
Me conecté a mi correo electrónico y encontré el acostumbrado surtido de spam y basura, un par de cosas del trabajo que no parecían urgentes y un mensaje de «Arthur» en Hushmail con el asunto: «Re: sistemas de consumo.» Meacham parecía realmente cabreado.
El jefe muy contrariado por su falta de respuesta. Quiere más material mañana a las 18 h o el acuerdo peligra.
Le di a «Responder» y escribí «Imposible localizar materiales adicionales, lo siento» y firmé como «Donnie». Volví a leer mi respuesta y la borré. No. No iba a responderles. Eso era lo más sencillo. Ya había hecho suficiente por ellos.
El pequeño bolso cuadrado y negro de Alana seguía sobre la barra de granito, donde lo había dejado. No había traído su ordenador ni su maletín de trabajo, porque había pasado por su casa para cambiarse.
En su bolso encontré su tarjeta de acceso, un pintalabios, caramelos de menta para el aliento, un llavero y su Trion Maestro. Las llaves eran probablemente las de su piso y su coche y acaso su buzón. El Maestro contendría tal vez números de teléfono y direcciones, pero también citas específicas. Eso podría ser de mucha utilidad para Wyatt y Meacham.
Pero ¿acaso trabajaba todavía para ellos?
Tal vez no.
¿Qué ocurriría si simplemente lo dejaba? Había cumplido con mi parte del trato, les había conseguido todo lo que querían sobre el Aurora, o al menos la mayor parte. Era muy probable que dentro de sus cálculos llegaran a la conclusión de que no valía la pena seguir acosándome. Para ellos no era conveniente delatarme; por lo menos no mientras les fuera potencialmente útil. Y no iban a mandar pistas anónimas al FBI, porque lo único que lograrían sería conducir a los agentes hacia ellos mismos.
¿Qué podían hacerme?
En ese instante me di cuenta de que ya no estaba trabajando para ellos. Había tomado la decisión aquella tarde, en el estudio de la casa de campo de Goddard. No iba a seguir traicionándolo. Meacham y Wyatt podían irse a la mierda.
Hubiera sido muy fácil coger la agenda digital de Alana y conectarla a mi ordenador y grabar sus contenidos. Por supuesto, existía el riesgo de que se despertara (ya que estaba en una cama ajena), y, al darse cuenta de mi ausencia, se levantara para dar una vuelta por el piso y ver dónde había ido. En cuyo caso tal vez me sorprendería bajándome el contenido de su Maestro a mi ordenador. Tal vez no se percataría de nada. Pero era una chica inteligente y aguda, y lo más probable era que se diera cuenta de la verdad.