– Sí -refunfuñó Goddard-. Y parece que no se va a distribuir hasta la próxima generación. -Se dirigió al ingeniero jefe, Eddie Cabral, un tipo moreno y de cara redonda con un portátil pasado de moda-. ¿Es problema de la pantalla?
– Ojalá fuera así -replicó Cabral-. No, señor, tendremos que reformar el chip entero.
– ¿Es el fabricante de Malasia?
– Siempre nos ha ido bien con ellos -dijo Cabral-. La calidad y la duración siempre han sido bastante buenas. Pero éste es un ASIC muy complejo. Tiene que controlar nuestras propias pantallas LCD, pantallas patentadas por Trion. Simplemente, las galletas no están quedando como debieran…
– ¿Y si reemplazamos la LCD? -interrumpió Goddard.
– No, señor -dijo Cabral-. Eso es imposible a menos que reformemos toda la estructura, lo cual tomaría fácilmente seis meses.
Algo me sacudió. Las palabras clave me saltaron a la cara. ASIC. LCD patentada por Trion…
– Así son los ASIC -dijo Goddard-. Siempre hay galletas que salen quemadas. ¿Cuál es el índice de rendimiento, cuarenta, cincuenta por ciento?
Cabral estaba abatido.
– Cero. Hay un error en el ensamblaje.
Goddard apretó los dientes. Parecía a punto de estallar.
– ¿Cuánto tardará reformar el ASIC?
Cabral dudó un instante.
– Tres meses. Con suerte.
– Con suerte -repitió Goddard-. Sí, con suerte. -Su voz se levantaba progresivamente-. Tres meses, y el envío se hará en diciembre. Eso no es bueno, ¿o sí?
– No, señor -dijo Cabral.
Le di un golpecito en el brazo a Goddard, pero él no me hizo caso.
– ¿Y México no puede fabricarlos más rápido?
La jefa de producción, una mujer llamada Kathy Gornick, dijo:
– Tal vez una o dos semanas más rápido, pero eso no sería de ninguna ayuda. Además, la calidad no sería estándar, y eso en el mejor de los casos.
– Joder, esto es un verdadero caos -dijo Goddard. Nunca antes lo había oído decir malas palabras.
Cogí una tabla de especificaciones del producto y le di un nuevo golpecito en el brazo a Goddard.
– ¿Me disculpa un instante? -dije.
Salí corriendo de la habitación, pasé a la sala de espera y abrí el móvil.
Noah Mordden no estaba en su escritorio, así que lo llamé al móvil. Contestó al primer timbrazo.
– ¿Qué?
– Soy yo, Adam.
– ¿Acaso no he cogido la llamada?
– ¿Te acuerdas de esa muñeca espantosa que tienes en tu despacho? ¿La que dice «Que te jodan, Goddard»?
– Quiéreme, Lucille. No, no te la regalo. Cómprate una.
– ¿No tiene una pantalla LCD en el estómago?
– ¿Qué estás tramando, Cassidy?
– Necesito hacerte unas preguntas sobre el driver de la LCD. El ASIC.
Minutos después, cuando regresé a la sala de conferencias, ingeniero jefe y el jefe de marketing estaban enzarzados en un acalorado debate acerca de si se podría meter otra pantalla LCD en la pequeña caja del Guru. Me senté en silencio y esperé a que hubiera una pausa en la discusión. Finalmente llegó mi oportunidad.
– Disculpad -dije, pero nadie me hizo caso.
– Ve usted -dijo Cabral-, ésta es precisamente la razón por la cual debemos posponer el lanzamiento.
– Pues no nos lo podemos permitir -repuso Goddard.
Me aclaré la garganta.
– Discúlpenme un segundo.
– Adam -dijo Goddard.
– Sé que esto va a parecer cosa de locos -dije-, pero ¿recuerdan esa muñeca llamada Quiéreme, Lucille?
– ¿Qué es esto? -gruñó Rick Durant-, ¿un paseo por el Bosque de las Cagadas? No me lo recuerdes. Enviamos medio millón de esas horribles muñecas y nos las devolvieron todas.
– Correcto -dije-. Y es por eso que tenemos trescientos mil ASIC, fabricados a medida para la LCD patentada por Trion, y todos guardados en un depósito de Van Nuys.
Alguna que otra risita, algunas francas carcajadas. Uno de los ingenieros le dijo a otro, en voz lo bastante alta como para que todos lo oyeran:
– ¿Sabe qué es un conector?
Otra persona dijo:
– Es para morirse de la risa.
Nora me miró con una mueca de vergüenza ajena y falsa solidaridad, y se encogió de hombros.
Eddie Cabral dijo:
– Ojalá fuera así de fácil, eh, Adam. Pero los ASIC no son intercambiables. Las clavijas tienen que ser compatibles.
Asentí.
– El ASIC de Lucille tiene una clavija SOLC-68. ¿No es la misma que tiene el Guru?
Goddard me miraba fijamente.
Hubo otro momento de silencio, luego revuelo de papeles.
– SOLC-68 -dijo uno de los ingenieros-. Sí, eso debería funcionar.
Goddard barrió la mesa con la mirada y luego dio una palmada sobre la mesa.
– Muy bien -dijo-. ¿A qué estamos esperando?
Nora me sonrió con sus labios húmedos y levantó ambos pulgares en señal de aprobación.
De regreso al despacho saqué de nuevo el móvil. Cinco mensajes, todos del mismo número; uno de ellos decía «Privado». Marqué el número de mi buzón de voz y oí la voz melosa e inconfundible de Meacham.
– Soy Arthur. No he tenido noticias suyas en más de tres días. Esto es inaceptable. Escríbame antes de mediodía o aténgase a las consecuencias.
Sentí un sobresalto. El hecho de que hubiera llegado a llamar, lo cual era un riesgo de seguridad a pesar de que la llamada se desviara, demostraba que la cosa iba en serio.
Tenía razón: había perdido contacto con ellos. Pero no tenía intenciones de recuperarlo. Lo siento, viejo.
El siguiente era de Antwoine. Su voz sonaba aguda y tensa. «Adam, necesito que venga ahora mismo al hospital», decía en el primer mensaje. El segundo, el tercero, el cuarto, el quinto, todos eran de Antwoine. El tono de su voz era cada vez más desesperado. «Adam, ¿dónde se ha metido? Vamos, tío, venga inmediatamente.»
Pasé por el despacho de Goddard -que seguía discutiendo de esto y lo otro con los del Guru- y le dije a Flo:
– ¿Puede decirle a Jock que he tenido una emergencia? Es mi padre.
Capítulo 70
Y a antes de llegar sabía de qué se trataba, pero aun así conduje como un loco. Cada semáforo en rojo, cada vehículo girando a la izquierda, cada señal de cincuenta-kilómetros-por-hora-en-horas-de-escuela, todo conspiraba para retrasarme, para evitar que llegara al hospital y viera a mi padre por última vez antes de que muriera.
Aparqué en zona prohibida porque no tenía tiempo de atravesar el parking del hospital en busca de un espacio, y entré corriendo por la puerta de la sala de urgencias, abriendo las puertas de un golpe igual que los enfermeros de urgencias cuando llevan una camilla, y llegué al mostrador. La encargada, una mujer hosca, estaba hablando por teléfono y riendo. Era evidentemente una llamada personal.
– ¿Frank Cassidy? -dije.
Me miró y siguió charlando.
– ¡Francis Cassidy! -grité-. ¿Dónde está?
Dejó el teléfono a un lado con aire rencoroso y miró la pantalla de su ordenador.
– Habitación número tres.
Atravesé el área de espera corriendo, abrí las pesadas puertas de la sala, y vi a Antwoine sentado junto a una cortina verde. Me miró con rostro inexpresivo, sin decir nada. Tenía los ojos rojos. Cuando me acerqué, sacudió la cabeza y dijo:
– Lo siento, Adam.
Abrí la cortina de un tirón y allí estaba mi padre, sentado en la cama con los ojos abiertos, y pensé: «Ya ves, te equivocas, Antwoine, todavía está con nosotros, qué hijo de puta», hasta que me di cuenta de que la piel de su cara no tenía el color habitual, sino un cierto tono amarillento, como de cera. Tenía la boca abierta, eso fue lo más horrible. Por alguna razón me obsesioné con eso; tenía la boca abierta como nunca está abierta Cuando uno está vivo, congelada en un boqueo agonizante, un último y desesperado aliento, furioso, casi un gruñido.
– No, no -gemí.