Antwoine estaba de pie detrás de mí con la mano sobre mi hombro.
– Lo declararon muerto hace diez minutos.
Le toqué la cara -su mejilla de cera- y estaba fresca. Ni fría ni caliente. Un par de grados por debajo de lo normal, una temperatura que nunca se siente en alguien vivo. La piel, inanimada, parecía arcilla para modelar.
Me quedé sin aliento. No podía respirar; me sentía en el vacío. Me parecía que las luces titilaban. De repente exclamé:
– Papá. No.
Lo miré a través de mis ojos llenos de lágrimas, toqué su frente, su mejilla, la piel roja y áspera de su nariz por cuyos poros asomaban pequeños pelos negros, y me incliné para besar su rostro enfadado. Durante años había besado a mi padre en la frente, y él apenas había respondido, pero siempre estuve seguro de ver un mínimo destello de satisfacción en sus ojos. Ahora no respondía en absoluto. Me quedé atontado.
– Quería que tuviera la oportunidad de despedirse -me dijo Antwoine. Alcanzaba a oír su voz, el rugido, pero no pude darme la vuelta para mirarlo-. Otra vez tuvo problemas para respirar y en esta ocasión no perdí el tiempo discutiendo, simplemente llamé a la ambulancia. Jadeaba mucho. Dijeron que tenía neumonía, tal vez lleva un tiempo así. Se pusieron a discutir sobre si debían ponerle el tubo pero nunca tuvieron la oportunidad. Yo lo llamé, Adam, lo llamaba y volvía a llamarlo.
– Lo sé -dije.
– Había tiempo… quería que le dijera adiós…
– Lo sé. No pasa nada. -Tragué saliva. No quería mirar a Antwoine a la cara, porque parecía estar llorando, y me sabía incapaz de enfrentarme a eso. Y no quería que él me viera llorar, lo cual era bastante estúpido. Quiero decir que si no lloras cuando muere tu padre, algo anda mal contigo.
– ¿Ha dicho… algo?
– Tacos, sobre todo.
– Quiero decir, ha dicho…
– No -dijo Antwoine, muy lentamente-. No ha preguntado por usted. Pero usted sabe, había dejado de hablar, había…
– Lo sé. -Ahora quería que se callara.
– Sobre todo me insultaba, insultaba los médicos…
– Sí -dije, mirando la cara de mi padre-. No me sorprende. -Tenía la frente arrugada, el ceño fruncido y se había quedado así. Levanté la mano y toqué las arrugas, traté de alisarlas pero no lo logré-. Papá -dije-. Lo siento.
No sé qué quise decir con eso. ¿Qué era lo que sentía? Ya le había llegado el momento de morir, y estaba mejor muerto que viviendo en un estado de constante agonía.
La cortina del otro lado de la cama se abrió. Un tipo de piel oscura con guantes y estetoscopio. Lo reconocí: era el doctor Patel el de la otra vez.
– Adam -dijo-. Lo siento mucho.
Su tristeza parecía genuina.
– Contrajo una neumonía crónica -dijo el doctor Patel-. Debía de llevar así mucho tiempo, pero la última vez, para ser honestos, no la detectamos. Supongo que se nos pasó por alto porque su cuenta de glóbulos blancos no mostraba nada anormal.
– De acuerdo -dije.
– En su estado, la neumonía fue demasiado para él. Al final tuvo un paro respiratorio, antes de que tuviéramos tiempo de decidir si lo intubábamos o no. Su cuerpo no pudo tolerar el ataque.
Asentí de nuevo. No me interesaban los detalles: ¿de qué me servían?
– Realmente es lo mejor que podía pasar. Podría haberse quedado meses pegado a una respiradora. Créame, eso no le hubiera gustado.
– Lo sé. Gracias. Sé que hizo todo lo que estaba a su alcance.
– Sólo le quedaba él, ¿no es verdad? ¿Era su único pariente vivo? ¿No tiene usted hermanos?
– No. Era el único.
– Debían estar muy unidos.
Pensé: ¿ah, sí? ¿Y cómo lo sabe usted, exactamente? ¿Es su opinión como médico profesional? Pero me limité a asentir.
– Adam, ¿hay alguna funeraria en particular a la cual le gustaría que llamáramos?
Traté de recordar el nombre de la funeraria que se ocupó de mi madre. Después de unos segundos lo logré.
– Si podemos ayudarle en algo, no dude en llamarnos -dijo el doctor Patel.
Miré el cuerpo de mi padre, sus puños cerrados, su expresión de enfado, sus ojos fijos como canicas, su boca en el acto de respirar. Enseguida miré a doctor Patel y dije:
– ¿Podría cerrarle los ojos?
Capítulo 71
Los tipos de la funeraria llegaron en cosa de una hora, metieron el cuerpo en una bolsa y se lo llevaron en una camilla. Eran un par de tipos agradables y fornidos de pelo muy corto, y ambos dijeron «Mi más sentido pésame». Llamé al director de la funeraria desde el móvil y hablé medio atontado sobre los pasos que debía dar. También él dijo «mi más sentido pésame». Me preguntó si había parientes mayores de fuera de la ciudad, para cuándo quería programar el funeral, si mi padre asistía a alguna iglesia en particular y si yo quería que se hiciera la misa en ella. Me preguntó si teníamos un panteón familiar. Le dije dónde estaba enterrada mi madre y que estaba casi seguro de que mi padre había comprado dos tumbas, una para ella y otra para él. Dijo que lo confirmaría con el cementerio. Me preguntó cuándo me gustaría pasar a verlo para hacer los últimos arreglos.
Me senté en la sala de espera de Urgencias y llamé al despacho. Jocelyn ya se había enterado de que había algún tipo de emergencia con mi padre, y me preguntó:
– ¿Cómo está él?
– Acaba de fallecer -dije. Así hablaba mi padre: la gente «fallecía», no moría.
– Oh -exclamó Jocelyn-. Lo siento mucho, Adam.
Le pedí que cancelara mis citas de los dos días siguientes y que me pasara con Goddard. Flo cogió el teléfono y dijo:
– Hola, ¿qué tal? El jefe no está. Tomará un avión para Tokio esta misma noche -y luego preguntó en voz baja-: ¿Cómo está su padre?
– Acaba de fallecer -dije y rápidamente continué-. Como es obvio, voy a estar un poco ausente durante un par de días, y quería que me disculpara con Jock…
– Por supuesto -dijo ella-. Por supuesto. Mis condolencias. Estoy segura de que pasará por aquí antes de coger el avión, pero lo entenderá, no se preocupe.
Antwoine llegó a la sala de espera; parecía descolocado, perdido.
– ¿Qué quiere que haga ahora? -preguntó amablemente.
– Nada, Antwoine -dije.
Dudó un instante.
– ¿Quiere que recoja mis cosas?
– No, nada de eso. Tómate tu tiempo.
– Es que todo ha sido tan repentino, y no tengo adonde…
– Quédate en el piso el tiempo que quieras.
Antwoine cambió de pie de apoyo.
– Él habló de usted, Adam.
– Sí, claro -dije. Evidentemente se sentía culpable por haberme dicho que mi padre no había preguntado por mí al final-. Ya lo sé.
Soltó una risita suave y dulce.
– No era siempre el hombre más positivo del mundo, pero creo que era así como demostraba su cariño, ¿sabe?
– Lo sé.
– Era un viejo duro de roer, su padre.
– Sí.
– Nos tomó un buen tiempo llegar a un acuerdo.
– Se portó muy mal contigo.
– Así era él, ¿sabe? A mí no me afectaba.
– Lo cuidaste -dije-. Eso significó mucho para él, aunque no te lo haya demostrado.
– Lo sé, lo sé. Hacia el final tuvimos algo… como una relación.
– Le caías bien.
– De eso no estoy tan seguro, pero teníamos una relación.
– No, creo que le caías bien. Sé que era así.
Hizo una pausa.
– Era un buen hombre, ¿sabe?
No supe cómo responder a eso.
– Fuiste muy bueno con él, Antwoine -dije al fin-. Sé que eso significó mucho para él.
Es gracioso: después de ésa primera vez en que rompí a llorar en el hospital, junto a la cama de mi padre, algo en mí se apagó. No volví a llorar en un mucho tiempo. Me sentía como un brazo dormido, con ese cosquilleo y ese cansancio que se siente en el brazo después de pasar la noche sobre él.