La tía Irene se me acercó tambaleándose y sostuvo mi mano entre las suyas, suaves y manchadas por la edad. Una mano temblorosa le había aplicado su pintalabios rojo y brillante; su perfume era tan fuerte que tuve que aguantar la respiración.
– Tu padre era un buen hombre -dijo. Pareció que hubiera leído algo en mi cara, un cierto escepticismo que no había sido mi intención demostrar-. Sí, lo sé, no era un hombre que se sintiera cómodo con sus sentimientos. Pero sé que te quería.
Pensé: vale, si insistes. Sonreí, le di las gracias. El amigo de Kiwanis de papá, un tío corpulento que rondaba su edad pero parecía veinte años más joven, me cogió la mano y dijo: «Mi más sentido pésame.» Incluso Jonesie, el tío de carga de Wyatt Telecom, se presentó con su esposa, Esther. Ambos me dieron sus sentidas condolencias.
Estaba saliendo de la iglesia, a punto de subirme a la limusina para seguir al coche fúnebre hacia al cementerio, cuando vi a un hombre sentado en la última fila de la iglesia. Había entrado poco tiempo después de que empezara la misa, pero allí, en la luz tenue del interior de la iglesia, me había sido imposible distinguir sus facciones.
El hombre se giró y me hizo señas.
Era Goddard.
No lo podía creer. Asombrado y conmovido, me acerqué a él, caminando lentamente. Sonreí, le agradecí que hubiera venido. Negó con la cabeza y movió la mano como para espantar mis agradecimientos.
– Pensé que estaba en Tokio -dije.
– Qué diablos. La división Asia y Pacífico también me ha hecho esperar más de una vez.
– No me diga que… -tartamudeé incrédulo-. ¿Ha aplazado el viaje?
– Una de las pocas cosas que he aprendido en la vida es la importancia de organizar las prioridades.
Me quedé sin habla un instante.
– Volveré al trabajo mañana -dije-. Puede que sea por la tarde, porque tengo que encargarme de unos asuntos, pero…
– No -dijo él-. Tómese su tiempo. Vaya despacio.
– Estaré bien, de verdad.
– Sea bueno con sí mismo, Adam. Nos las arreglaremos sin usted.
– No es como… no es como lo de su hijo, Jock. Quiero decir, mi padre estuvo mucho tiempo enfermo de enfisema, y… es mejor así, la verdad. Él quería morir.
– Sé a qué se refiere -dijo en voz baja.
– Es decir, no éramos muy amigos. -Miré alrededor en el oscuro interior de la iglesia, las filas de bancos de madera, la pintura dorada y carmesí en las paredes. Un par de amigos míos estaban en la puerta, esperando para hablar conmigo-. Tal vez no debería decirlo, especialmente aquí, ¿no? -Sonreí con tristeza-. Pero era una persona difícil, un hueso duro de roer, lo cual facilita todo lo de su fallecimiento. No es como si me sintiera destrozado, ni mucho menos.
– Oh, no. Eso lo dificulta aún más, Adam, ya lo verá. Cuando los sentimientos son tan complejos…
Suspiré.
– No creo que mis sentimientos por él sean… hayan sido tan complejos.
– Eso vendrá después. Las oportunidades perdidas. Las cosas que hubieran podido ser. Pero quiero que tenga esto presente: su padre tuvo la suerte de tenerlo.
– No creo que él se considerara…
– De verdad. Era un tipo afortunado, su padre.
– No estoy tan seguro -dije, y entonces, de repente, la válvula estalló, la presa se quebró, y los ojos se me llenaron de lágrimas. Me ruboricé cuando las lágrimas me empezaron a correr por la cara, y espeté-: Lo siento, Jock.
Levantó ambas manos y me las puso sobre los hombros.
– Si no puede llorar, es que no está vivo -dijo Goddard. Tenía los ojos llorosos.
Ahora yo estaba llorando como un bebé, mortificado y aliviado al mismo tiempo. Goddard me rodeó con sus brazos, me abrazó mientras yo lloriqueaba como un idiota.
– Quiero que sepa algo, hijo mío -dijo en voz muy baja-. Usted no está solo.
Capítulo 73
El día siguiente al entierro regresé al trabajo. ¿Qué iba a hacer, quedarme en casa y deprimirme? La verdad es que no estaba tan alicaído, aunque me sentía vulnerable, como si me hubieran arrancado un pedazo de piel. Necesitaba estar con gente. Y tal vez ahora que mi padre había muerto, encontraría algo reconfortante en Goddard, que comenzaba a ser lo más parecido a un padre que yo había tenido nunca. No era cuestión de psicoanalizarme, pero algo cambió para mí cuando él se presentó en el funeral. Ya no había conflicto ni ambivalencia acerca de mi verdadera misión en Trion, la «verdadera razón» de mi presencia: porque ésa ya no era la verdadera razón de mi presencia.
Por lo que a mí respecta, ya había cumplido mi encargo, pagado mi deuda, y me merecía un borrón y cuenta nueva. Ya no trabajaba para Nick Wyatt. Había dejado de devolver las llamadas y de contestar los mensajes de Meacham. Una vez llegué incluso a recibir un mensaje de Judith Bolton en el buzón de mi móvil. No dejó su nombre, pero su voz era inconfundible. «Adam», dijo, «sé que está pasando por un momento difícil. Todos lamentamos mucho la muerte de su padre, y le mandamos nuestras sentidas condolencias.»
Podía imaginar perfectamente la sesión de estrategia entre Judith, Meacham y Wyatt, todos desesperados por la cometa que había roto la cuerda. Judith diría algo acerca de mostrarse suave con el chico, acaba de perder a su padre, pobre, y Wyatt soltaría un taco y diría que le importaba una mierda, que no había tiempo para eso, y Meacham trataría de ser más duro que su jefe diciendo que me iban a quemar vivo y me iban a joder de por vida; y enseguida Judith diría que no, tenemos que adoptar un punto de vista más sensible, dejad que trate de ponerme en contacto con él…
El mensaje seguía: «Pero es muy importante, aun en este momento de agitación, que permanezca en contacto con nosotros. Quiero que todo sea positivo y cordial, Adam, pero necesito que nos contacte hoy mismo.»
Borré su mensaje igual que el de Meacham. Así comprenderían. En unos días enviaría un mensaje a Meacham para terminar oficialmente con nuestra relación, pero por ahora, pensé, los mantendría en el aire, mientras se asentaba la realidad de la situación. Ya había dejado de ser la cometa de Nick Wyatt.
Les había entregado lo que necesitaban. Se darían cuenta de que no valía la pena aferrarse a mí.
Podían amenazarme, pero no podían obligarme a seguir trabajando para ellos. Mientras tuviera presente que no podían hacer nada, podría marcharme.
Tan sólo debía tener eso presente. Podía marcharme en cualquier momento.
Capítulo 74
A la mañana siguiente, mi móvil comenzó a sonar antes de que tuviera tiempo de entrar en el parking de Trion. Era Flo.
– Jock quiere verlo -dijo en tono urgente-. Ahora mismo.
Goddard estaba en su despacho auxiliar con Camilletti, Colvin y Stuart Lurie, el vicepresidente de Desarrollo Empresarial que yo había conocido en la barbacoa de Jock.
Cuando entré, Camilletti estaba hablando.
– … no, no. Por lo que sé, el hijo de puta viajó ayer mismo a Palo Alto con una lista de términos y condiciones ya redactada. Comió con Hulman, el presidente ejecutivo, y a la hora de la cena ya habían firmado el contrato. Igualó nuestra oferta, hasta el último dólar, hasta el último centavo, ¡pero en efectivo!
– ¿Cómo diablos ha podido pasar esto? -explotó Goddard. Nunca lo había visto tan enfadado-. ¡Delphos firmó un compromiso, por todos los cielos!
– El compromiso tiene fecha de mañana. Nosotros no lo hemos firmado todavía. Por eso viajó con tanta urgencia, para cerrar el trato antes de que nosotros lo aseguráramos.
– ¿De quién hablamos? -dije en voz baja mientras me sentaba.
– Nicholas Wyatt -dijo Stuart Lurie-. Acaba de comprar Delphos, nos la ha quitado de las manos. Por quinientos millones en efectivo.