– Y tal vez -siguió diciendo- quiera usted revisar esa cuenta secreta que tanto lo enorgullece. En la que está tan seguro de haber recibido fondos de alguna cuenta extranjera. ¿Por qué no rastrea el verdadero origen de esos fondos?
Lo miré fijamente.
– Ese dinero -explicó Wyatt- llegó directamente de varias cuentas de Trion. Y sus huellas digitales, querido amigo, están por todas partes. Usted robó ese dinero igual que antes nos robó a nosotros -los ojos se le iban a salir-. Tiene usted la cabeza en la guillotina, capullo. Para la próxima vez que nos veamos, usted habrá conseguido las especificaciones técnicas del chip óptico. De lo contrario, puede darse por muerto. Ahora lárguese de mi casa.
Octava Parte. Bolsa negra
Trabajo de bolsa negra: Jerga referida a cualquier tipo de entrada subrepticia a un despacho o domicilio con el fin de obtener archivos o materiales de forma ilegal.
El libro del espía:
Enciclopedia del espionaje
Capítulo 77
– Más vale que sea importante, viejo -dijo Seth-. Es más de medianoche.
– Lo es. Te lo prometo.
– Sí, ahora sólo llamas cuando necesitas algo. O cuando se te muere un padre, ese tipo de cosas.
Estaba hablando en broma, pero no tanto. La verdad es que tenía todo el derecho de estar cabreado conmigo. Desde mis inicios con Trion, no me había preocupado por mantener el contacto con él; y él, en cambio, me había acompañado tras la muerte de mi padre y durante todo el funeral. Había sido mucho mejor amigo que yo.
Nos vimos una hora después cerca de su piso, en un Dunkin' Donuts abierto veinticuatro horas. El lugar estaba casi desierto salvo por unos cuantos vagabundos. Seth llevaba los mismos vaqueros Diesel viejos y una camiseta de la gira del Dr. Dre.
Me miró fijamente.
– ¿Qué coño te ha pasado?
No le oculté el más mínimo detalle. ¿Qué más daba, a estas alturas?
Al principio pensó que me lo estaba inventando, pero poco a poco vio que todo era verdad, y su expresión cambió de escepticismo divertido a fascinación espantada y luego a franca comprensión.
– Joder, tío -dijo cuando hube terminado el relato-, estás perdido.
Me miró como quien curiosea frente a un accidente de tráfico. Sonreí con tristeza, asentí.
– Estoy jodido -dije.
– No me refiero a eso -dijo-. Aceptaste hacerlo, eso es lo grave.
– No «acepté», Seth.
– No me vengas con eso, cabrón. Tuviste opción, ¿no?
– ¿Opción? -dije-. ¿Cuál, ir a la cárcel?
– Aceptaste el trato que te ofrecían, tío. Te cogieron por las pelotas y te rendiste sin más.
– ¿Qué opción tenía?
– Para eso están los abogados, gilipollas. Podías habérmelo dicho, yo habría podido conseguirte uno de mis jefes. Te habríamos ayudado.
– ¿Ayudarme cómo? Yo cogí ese dinero, comencemos por ahí.
– Habrías podido llevar a uno de los abogados del bufete, amenazarlos con sacarlo todo a la luz, hacer que se cagaran de miedo.
Durante un instante me quedé en silencio. No estaba tan seguro de que hubiera sido así de sencillo.
– Sí, bueno, ya es tarde para eso. De todas maneras lo habrían negado todo. Aunque alguno de tus abogados hubiera aceptado representarme, Wyatt habría puesto al Colegio de Abogados de Estados Unidos en mi contra.
– Tal vez. O tal vez habría preferido mantener la cosa en silencio. Quizá habrías podido detenerlo todo.
– No lo creo.
– Ya veo -dijo Seth, rezumando sarcasmo-. Y en cambio aceptaste la oferta, dejaste que te dieran por el culo. Llevaste adelante el plan ilegal, aceptaste convertirte en espía, te garantizaste una temporada en la cárcel…
– ¿Qué quieres decir con que me «garanticé» una temporada en la cárcel?
– … y luego, sólo para alimentar tu ambición desatada, llegaste a joder al único tío en toda la América empresarial que te ha dado una oportunidad.
– Gracias -dije, resentido. Sabía que tenía razón.
– La verdad, te mereces lo que te pasa.
– Gracias por la ayuda. Gracias por el apoyo moral, amigo.
– Míralo de esta forma, Adam: para ti, yo puedo ser un fracasado patético. Pero al menos he llegado a mi fracaso honestamente. ¿Y tú? Tú eres un completo fraude. ¿Sabes quién eres? Eres Rosie Ruiz, joder.
– ¿Eh?
– La que ganó la maratón de Boston hace como veinte años, la que estableció un nuevo record femenino, ¿lo recuerdas? Y eso sin sudar ni una gota. Resultó que se había metido en la carrera media milla antes de llegar. Había cogido el metro, joder. Ese eres tú, tío. El Rosie Ruiz de la América empresarial.
La cara se me ponía cada vez más roja y caliente, y me sentía cada vez más deprimido. Al final dije:
– ¿Has terminado?
– Por el momento.
– Bien -le dije-. Porque necesito tu ayuda.
Capítulo 78
Nunca había estado en el bufete de abogados donde Seth trabajaba o fingía trabajar. Ocupaba cuatro plantas de uno de esos rascacielos del centro, y tenía todos los símbolos del éxito que la gente espera de una lujosa firma de abogados: paredes de caoba, caras alfombras orientales, arte moderno en lienzos gigantes, y mucho cristal.
Seth nos consiguió una cita con su jefe a primera hora de la mañana. El jefe era un socio mayoritario del bufete llamado Howard Shapiro, especializado en trabajos de defensa penal, que había sido fiscal general en otra época. Shapiro era un tipo bajito, regordete y calvo; llevaba gafas redondas y negras y tenía una voz aguda. Hablaba a ráfagas, lleno de una energía frenética. Constantemente me interrumpía, picándome para que terminara mi relato y mirándose el reloj. Tomaba notas en un bloc amarillo. De vez en cuando me lanzaba miradas cautelosas, intrigadas, como si tratara de averiguar algo, pero la mayor parte del tiempo no reaccionaba a lo que le decía. Seth, como un preso liberado por buena conducta, simplemente callaba.
– ¿Quién le ha pegado? -dijo Shapiro.
– Los tipos de Seguridad de Wyatt.
Tomó nota.
– ¿Fue cuando le dijo que abandonaría?
– Antes. Dejé de devolverles las llamadas, de contestar a sus mensajes.
– Y quisieron darle una lección, ¿eh?
– Supongo que sí.
– Permítame que le haga una pregunta, y dígame la verdad. Digamos que le consigue a Wyatt lo que quiere, ese chip o como se llame. ¿No cree que le dejará en paz?
– Lo dudo.
– ¿Cree que seguirán presionándolo?
– Es lo más probable.
– ¿Y no teme que todo esto pueda explotarle en la cara?
– Lo he pensado. Sé que los de Trion están realmente cabreados por el fracaso de la adquisición. Es probable que haya alguna especie de investigación, y quién sabe lo que ocurrirá. Además, el director de servicios financieros me vio con Wyatt.
– ¿En casa de Wyatt?
– No. En un restaurante.
– Mala cosa. ¿Y eso ha tenido consecuencias?
– La verdad, no.
– Bien. Tengo malas noticias para usted, Adam. Detesto tener que decírselo, pero usted es una mera herramienta.
Seth sonrió.
– Lo sé.
– Eso significa: o da el primer golpe, o está perdido.
– ¿Cómo?
– Digamos que todo estalla y lo cogen. No es improbable. Si usted queda a merced de un tribunal, pero lo hace sin cooperar, su destino es la cárcel, así de simple. Se lo garantizo.
Me sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Seth hizo una mueca de dolor.
– En ese caso, cooperaría.
– Demasiado tarde. Nadie va a ponérselo fácil. Además, usted es la única prueba contra Wyatt. En cambio, apuesto que Wyatt tiene miles de pruebas contra usted.