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– Debe ser un rollo cada vez que sales para ir a comer, o para ir al gimnasio.

Se encogió de hombros.

– No tanto. Poco a poco te van reconociendo.

Ya, pensé. Ése es el problema. No se puede entrar a menos que el chip contenido en tu tarjeta de acceso haya sido adecuadamente codificado, y después de haber entrado en la planta hay que pasar junto a un guardia para el reconocimiento visual.

– Al menos no te hacen pasar por toda esa mierda biométrica -dije-. En Wyatt teníamos que hacerlo. Ya sabes, el escáner de huellas digitales, ¿no? Un amigo de Intel tenía que pasar por un escáner de retina cada día, y de repente empezó a necesitar gafas.

Esto era una completa mentira, pero llamó su atención. Me miró con una mueca curiosa, sin saber si estaba bromeando.

– No, lo de las gafas es una broma -dije-. Pero mi amigo estaba convencido de que el escáner le iba a echar a perder la vista.

– Hay un área interna con biométrica -dijo Alana-, pero allí sólo entran los ingenieros. Es donde trabajan con el prototipo. Yo sólo tengo que lidiar con Barney y Chet, los pobres guardias que tienen que sentarse en la cabina.

– No puede ser más ridículo de lo que era en Wyatt durante las primeras etapas del Lucid -dije-. Nos obligaban a pasar por una especie de ritual de intercambio en el que le entregabas tu tarjeta al guardia y él te daba otra para moverte por la planta. -Estaba actuando, por supuesto, repitiendo como una cotorra algo que Meacham me había contado una vez-. Y digamos que has dejado los faros del coche encendidos, o que has olvidado algo en el maletero, o que quieres bajar a la cafetería por una pasta o algo así…

Negó con la cabeza, resopló suavemente. Había perdido el poco interés que tenía en las complejidades del sistema de acceso al trabajo. Yo, en cambio, quería sacarle más información. ¿Tienes que entregarle tu identificación al guardia, o sólo mostrársela? Si había que entregársela, el riesgo de que una tarjeta falsa fuera descubierta era mayor. ¿Se hace menos estricto el escrutinio por la noche? ¿A primera hora de la mañana?

– Oye -dijo-. No has tocado el vino. ¿No te ha gustado?

Hundí las yemas de dos dedos en el vaso.

– Exquisito -dije.

Este pequeño acto de tontería masculina adolescente y estúpida la hizo reír a carcajadas. Los ojos se le achicaron hasta volverse meras hendiduras. Algunas mujeres -la mayoría de las mujeres- habrían pedido la cuenta en ese instante. Alana no era una de ellas.

Me gustaba. Ya lo creo que me gustaba.

Capítulo 81

Después de cenar, ambos nos sentíamos llenos y un poco mareados de tanto vino. La verdad es que Alana parecía más borracha que yo. Se echó de espaldas sobre la cama crujiente, con los brazos abiertos como para abrazar la habitación entera, el hostal, la noche, lo que fuera. Para mí, era el momento de seguirla a la cama. Pero no podía hacerlo, no todavía.

– Oye, ¿quieres que te traiga el portátil del coche?

Alana gruñó.

– Ojalá no lo hubieras mencionado. Hoy has hablado demasiado de trabajo, la verdad.

– ¿Por qué no admites de una vez por todas que tú también eres adicta al trabajo? -Hice mi imitación de las reuniones de Alcohólicos Anónimos-. «Hola, mi nombre es Alana y soy adicta al trabajo.» «¡Hola, Alana!»

Ella sacudió la cabeza y puso los ojos en blanco.

– El primer paso es siempre admitir tu impotencia frente a la adicción. En fin, me he dejado algo en el coche, así que bajaré de todas formas. -Alargué la mano-. ¿Llaves?

Alana estaba recostada en la cama, y parecía demasiado cómoda para moverse.

– Mmm. Vale, vale -dijo con reticencia-. Gracias -dio una vuelta para llegar al borde de la cama, sacó las llaves del bolso y me entregó el llavero pavoneándose con gesto dramático-. No tardes, ¿vale?

En ese momento, el aparcamiento estaba desierto y oscuro. Miré hacia el hotel, a unos treinta metros de donde yo estaba, y confirmé que nuestra habitación no diera al parking. Alana no podía verme.

Abrí el maletero del Miata y encontré la bolsa en que llevaba el ordenador, una mochila de nailon gris y textura entre franela y mohair. No era mentira: me había dejado algo en el coche, una pequeña cartera. No había nada más de particular interés en el maletero, así que me eché la mochila y la cartera al hombro y subí al coche.

Miré otra vez hacia la posada. No venía nadie.

Aun así, dejé la luz del interior apagada y traté de que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad. Así llamaría menos la atención.

Me sentía fatal, pero tenía que enfrentarme a mi situación con un poco de realismo. Realmente no tenía opción. Alana era mi mejor manera de entrar en Aurora, y ahora estaba obligado a hacerlo. Era la única forma de salvarme.

Rápidamente abrí la mochila, saqué el portátil y lo encendí. El interior del coche se volvió azul por la luz de la pantalla. Mientras esperaba a que se iniciara, abrí la cartera y saqué un botiquín azul de primeros auxilios.

Dentro, en lugar de tiritas y cosas así, había varias cajitas de plástico. Cada una contenía un poco de cera blanda.

En la luz azul del interior miré las llaves. Algunas parecían prometedoras. Quizás alguna abriera los archivadores del proyecto Aurora.

Presioné las llaves contra la cera, una por una. Había practicado esta técnica varias veces con uno de los chicos de Meacham, y ahora me alegraba de haberlo hecho, porque tardé un rato hasta hacerlo bien. Ahora la ventana de la contraseña parpadeaba desde la pantalla.

Mierda. No todo el mundo protegía con contraseña su ordenador portátil. En fin, al menos no habría perdido el tiempo al bajar: de la cartera saqué el lector pcProx en miniatura que Meacham me había dado y lo conecté a mi agenda digital. Pulsé el botón de encendido y pasé la tarjeta de Alana.

El pequeño aparato acababa de capturar la información de la tarjeta de Alana y la había grabado en mi agenda.

Hasta mejor sería que su ordenador estuviera protegido. El tiempo que podía pasar en el parking, sin que ella se preguntara adónde diablos había ido, tenía un límite. Antes de apagar el ordenador, sólo por divertirme, tecleé algunas de las contraseñas usuales: su fecha de nacimiento, que había memorizado; los primeros seis dígitos de su número de empleado. Nada ocurrió. Tecleé alana y la ventana desapareció, y surgió una pantalla simple y sin adornos.

Joder, qué fácil. Había conseguido entrar. ¿Y ahora qué? ¿Cuánto tiempo más podía arriesgarme? Pero ¿cómo podía dejar pasar esta oportunidad? Tal vez nunca llegaría a repetirse.

Alana era una persona extremadamente organizada. Su ordenador estaba dispuesto con una jerarquía clara y lógica. Un directorio se llamaba Aurora.

Allí estaba todo. Bueno, tal vez no todo, pero aquello era una mina de oro de especificaciones técnicas sobre el chip óptico, memorandos de marketing, copias de todos los correos que había enviado y recibido, calendarios de citas, listas de personal con códigos de acceso, incluso planos de la planta…

Había tanto que ni siquiera tuve tiempo de leer todos los nombres de archivo. El ordenador tenía un dispositivo para CD; yo tenía en la cartera unos cuantos discos vírgenes. Cogí uno y lo metí en el ordenador.

Incluso en un ordenador tan veloz como el de Alana, tardé mis buenos cinco minutos en bajar al CD todos los archivos de Aurora. Eso da una idea de cuánta información había.

– ¿Por qué has tardado tanto? -dijo haciendo un mohín.

Se había metido en la cama. Tenía los senos al aire y se veía adormilada. Una balada de Stevie Wonder -Love's in Need of Love- sonaba desde un aparato de CD que Alana debía haber traído.

– No podía encontrar la llave del maletero.

– ¿Un fanático de los coches como tú? Pensé que te habías ido y me habías dejado aquí.