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– ¿Acaso te parezco tan estúpido?

– Las apariencias engañan -dijo-. Ven a la cama.

– Nunca hubiera imaginado que eras fan de Stevie Wonder -dije. Y de verdad no lo hubiera adivinado, a juzgar por su colección de mujeres enojadas cantando folk.

– Todavía no me conoces del todo -replicó.

– No, pero dame tiempo -dije. Lo sé todo de ti, pensé y, sin embargo, no sé nada. Yo no soy el único que tiene secretos. Puse el ordenador sobre el escritorio de roble junto al lavabo.

– Ahí está -dije, regresando a la habitación y desvistiéndome-. Por si te sorprende la inspiración o un ataque de ideas brillantes en medio de la noche.

Me acerqué desnudo a la cama. Allí estaba Alana, aquella hermosa mujer, jugando el papel de seductora, cuando en realidad el seductor era yo. Alana no sospechaba mis intenciones, y sentí una oleada de vergüenza mezclada, curiosamente, con un golpe de deseo.

– Ven aquí -dijo ella con un susurro dramático y mirándome a los ojos-. Acabo de tener una idea brillante.

Nos levantamos después de las ocho: excepcionalmente tarde, al menos en el caso de adictos de clase A, ultra-emprendedores como nosotros. Nos quedamos jugueteando un rato en la cama y luego bajamos para tomar un desayuno campestre. Dudo mucho que la gente del campo coma en realidad de esta manera; serían todos obesos: había tajadas de bacon (sólo en los hoteles rurales sirven el bacon en «tajadas»), montículos de maíz, pastelillos de arándanos recién salidos del horno, huevos, torrijas, café con crema de verdad… Alana devoró con ganas, lo cual me sorprendió en una chica tan delgada. Disfruté viéndola comer con tanta voracidad. Era una mujer de apetitos, y eso me gustaba.

Regresamos a la habitación y jugueteamos un rato más en la cama, y luego nos pusimos a hablar. Me propuse no hablar de procedimientos de seguridad ni de tarjetas de acceso. Ella quería que habláramos de la muerte y el funeral de mi padre, y aunque el tema me deprimiera un poco, hablé un buen rato de él. A eso de las once nos fuimos, con reticencia: la cita había terminado.

Creo que ambos queríamos que siguiera y siguiera, pero también queríamos volver a casa, a nuestros propios nidos, y trabajar un poco, volver a la mina y compensar con trabajo esta espléndida noche que habíamos pasado lejos de las obligaciones.

Mientras regresábamos me sorprendí contemplando el camino, los árboles veteados por el sol y el hecho de que acababa de pasar la noche con la mujer más hermosa y graciosa y sexy que jamás había conocido.

¿Dónde diablos me había metido?

Capítulo 82

A mediodía estaba de vuelta en casa, e inmediatamente llamé a Seth.

– Necesitaré más dinero, tío -dijo.

Ya le había dado varios miles de dólares de mi cuenta de Wyatt (o de donde viniera ese dinero). Me sorprendió que ya se lo hubiera gastado.

– No quería perder el tiempo con cosas baratas -dijo-. He conseguido equipos profesionales.

– Supongo que era necesario -dije-, aunque vayamos a usarlos una sola vez.

– ¿Quieres que consiga uniformes?

– Sí.

– ¿Y las tarjetas?

– Estoy en ello -dije.

– ¿Estás nervioso?

Dudé un instante, pensé en mentir para subirle la moral, pero no pude.

– Mucho -dije.

No quería ni pensar en lo que podía ocurrir si las cosas salían mal. Un terreno de primera categoría en medio de mi cerebro estaba ya ocupado por las preocupaciones, obsesionado por volver una y otra vez sobre el plan que se me había ocurrido tras la cita con el jefe de Seth.

Y sin embargo, había otra zona de mi cerebro que simplemente quería fugarse y soñar despierta. Quería pensar en Alana. Pensé en la ironía de la situación entera: la manera en que este calculado plan de seducción me había llevado por un camino inesperado, y la manera en que me sentía recompensado, injustamente, por mi traición.

Oscilaba entre la sensación de mera maldad, de culpa por lo que le estaba haciendo, y la abrumadora sensación de cariño por ella, algo que nunca había sentido. Recordaba pequeños detalles una y otra vez: su manera de cepillarse los dientes, llevándose agua a la boca con la mano en lugar de usar un vaso; la grácil concavidad de su espalda que luego se transformaba en la hendidura del culo, la manera increíblemente sexy que tenía de ponerse pintalabios… Pensaba en su voz aterciopelada, su risa loca, su sentido del humor, su dulzura.

Y pensaba -y esto era de lejos lo más extraño- en nuestro futuro, lo cual normalmente le resulta espantoso a un tío que no ha cumplido los treinta, pero por alguna razón no era ése el caso. No quería perder a esta mujer. Me sentía como si me hubiera detenido en un supermercado para comprar una caja de cervezas y un número de lotería y me hubiera tocado la lotería.

Y por eso no quería que Alana se enterara jamás de lo que estaba haciendo. Eso me aterrorizaba. Esa idea oscura y terrible resurgía en mi cabeza e interrumpía mi tonta fantasía como uno de esos payasos de resorte que vuelven a levantarse cada vez que uno les da un martillazo en la cabeza.

En la cinta a color de mi fantasía se había deslizado un cuadro en blanco y negro: ahí estaba yo, sentado en el coche en el aparcamiento a oscuras, copiando en un CD los contenidos del portátil, presionando las llaves de Alana contra la cera, copiando su tarjeta de acceso.

Entonces le daba un martillazo al payaso malvado, y ahí estábamos Alana y yo, en el día de nuestra boda. Alana caminaba hacia el altar, hermosa y recatada, acompañada por su padre, un tipo de pelo canoso y mandíbula cuadrada vestido con traje de calle.

La ceremonia la lleva a cabo Jock Goddard como juez civil. Toda la familia de Alana ha venido, su madre se parece a Diane Keaton en El padre de la novia, su hermana no es tan bella como Alana pero es una chica dulce, y todos están encantados -recordad que esto es una fantasía- de que Alana se case conmigo.

Nuestra primera casa, una casa de verdad y no un piso, en algún pueblo arbolado del medio oeste; me imaginaba la casa magnífica en que vive la familia de Steve Martin en El padre de la novia. Después de todo, ambos somos ejecutivos ricos y poderosos. Bajo el umbral la levanto en brazos, sin ningún esfuerzo, y ella se burla de lo cursi y lo tópico que soy, y luego, para inaugurar la casa, nos acostamos en todas las habitaciones, incluyendo el baño y el armario de la ropa blanca. Alquilamos películas y las vemos en la cama mientras comemos comida china en cajas de cartón con palillos de madera, y cada cierto tiempo la miro sin que se dé cuenta y no puedo creer que de verdad esté casado con esta nena increíble.

Los matones de Mecham me habían devuelto mis ordenadores. Afortunadamente, porque iba a necesitarlos.

Metí el CD con toda la información que había copiado del portátil de Alana. Buena parte eran correos electrónicos que se referían al inmenso potencial de marketing de Aurora, a la forma en que Trion estaba preparado para adueñarse del «espacio», como se decía en jerga tecnológica. Hablaban de los inmensos incrementos en velocidad informática que Aurora permitía prever, y de cómo ese chip realmente cambiaría el mundo.

Uno de los documentos más interesantes era la programación de la presentación en público de Aurora. Sería el miércoles, dentro de tres días, en el Centro de Visitantes de las oficinas principales de Trion, un auditorio modernista y descomunal. Los correos electrónicos, las llamadas y los faxes se enviarían a la prensa sólo el día antes. Evidentemente aquello sería un evento público de grandes proporciones. Imprimí el programa.

Pero lo que más me intrigó fue el plano de la planta y los procedimientos de seguridad que todos los miembros del equipo Aurora recibían.

Abrí uno de los cajones de basura del mueble de la cocina. Envueltos en bolsas de basura estaban varios objetos que yo había guardado en bolsas con cierre de plástico. Uno era el CD de Ani DiFranco que había dejado en casa con la esperanza de que Alana lo cogiera, como en efecto sucedió. Otro era la copa que había usado cuando estuvo aquí.