– Romero. En fin, creo que los tíos de la quinta no querían distracciones durante el día, y han pedido que se hiciera a primera hora de la mañana. No pasa nada, pero queríamos que estuvierais prevenidos, claro, porque los trabajos harán saltar los detectores de acceso y de movimiento y todo eso, como entre las cuatro y las cinco de la madrugada.
El director asistente de seguridad parecía aliviado de que no le tocara hacer nada.
– ¿Se refiere a la planta entera? Joder, no puedo cerrar la planta entera sin…
– No, no, no -dije-. Si tenemos suerte mis chicos harán dos o tres cableados, si vieras las pausas que se toman. No, la idea es hacerlo por áreas, a ver, áreas veintidós A y B, me parece. Sólo las secciones internas. En fin, que los tableros se os van a encender como luces de Navidad, ¿sabes lo que te digo?, y probablemente os vais a volver locos, pero quería avisaros…
George soltó un fuerte suspiro.
– Bueno, si sólo es veintidós A y B… supongo que ésos los puedo desactivar…
– Lo que te vaya mejor. Es decir, no es cuestión de que os volváis locos por esto.
– Le daré tres horas si es necesario.
– No creo que necesitemos tres horas, pero mejor que sobre y no que falte, ¿sabes lo que te quiero decir? De todas formas, gracias por la ayuda, tío.
Capítulo 84
Aquel día, a eso de las siete de la tarde, salí como de costumbre del edificio de Trion y me fui a casa. Esa noche no dormí muy bien.
Poco antes de las cuatro de la madrugada, regresé y aparqué en la calle y no en el parking para que mi reentrada no quedara registrada.
Diez minutos después llegaba una furgoneta: j. j. rankenberg & cía. herramientas, equipos y químicos para limpieza profesional de ventanas desde 1963. Seth conducía en un uniforme azul con una insignia de J. J. Rankenberg en el bolsillo izquierdo.
– Hola, vaquero -dijo.
– ¿J. J. te ha dejado todo esto?
– El viejo está muerto -dijo Seth. Estaba fumando, y eso me dio la medida de su nerviosismo-. Tuve que tratar con Junior.
Me entregó un mono azul y me lo puse sobre el polo y los pantalones de dril, lo cual no fue fácil en la vieja furgoneta Isuzu. Hedía a gasolina derramada.
– Yo creía que Junior te detestaba.
Seth levantó la mano izquierda y se frotó el pulgar y el índice: todo por la pasta.
– Alquiler de corto plazo para un trabajito en la compañía del padre de mi novia.
– Tú no tienes novia.
– Lo único que le importaba era no tener que registrar el ingreso. Qué, tío, ¿nos vamos de marcha?
– Tú dale a «enviar».
Señalé la entrada de servicio del ala D y Seth llevó la furgoneta. El vigilante nocturno de la cabina miró una hoja de papel, encontró el nombre de la compañía en la lista de admisiones.
Seth aparcó la furgoneta en el muelle de carga del nivel inferior y sacamos las bolsas de nailon llenas de herramientas, las escobillas de goma Ettore y los cubos verdes, las extensiones de cuatro metros, las botellas de plástico llenas de limpiacristales color amarillo orina, las cuerdas y los ganchos y la silla y las poleas Jumar. Había olvidado cuánta basura necesitaba este trabajo.
Le di al gran botón redondo de acero que había junto a la puerta de acero del parking y un par de segundos después la puerta comenzó a abrirse. Un guardia de seguridad panzón, demacrado y bigotudo se acercó con una carpeta con sujetapapeles.
– ¿Necesitáis ayuda? -dijo, aunque en el fondo no quería ayudar a nadie.
– No, todo bien -dije-. ¿Nos puede mostrar cómo se llega al ascensor de carga?
– Ahora mismo -dijo. Se quedó ahí, con su carpeta (no parecía escribir nada en ella, simplemente la sostenía para que supiéramos quién mandaba), viendo cómo forcejeábamos con nuestros equipos-. ¿De verdad limpiáis ventanas de noche? -dijo mientras nos acompañaba al ascensor.
– La mayoría de las veces las limpiamos mejor de noche -dijo Seth.
– No sé por qué la gente se pone tan quisquillosa si los miramos por la ventana mientras trabajan -dije.
– Sí -dijo Seth-, ésa es nuestra principal fuente de entretenimiento. Asustar a la gente. Provocarles infartos a esos oficinistas.
El guardia se rió.
– Dadle a la R -dijo-. Si la puerta de acceso a la azotea no está abierta, arriba debe haber alguien. Se llama Oscar, creo.
– Vale -dije.
Cuando llegamos a la azotea, recordé por qué odiaba tanto limpiar ventanas altas. El edificio de Trion sólo tenía ocho plantas -apenas unos treinta metros de altura-, pero allá arriba, y en medio de la noche, me sentía como si estuviéramos en el Empire State. El viento nos azotaba, el aire era frío y húmedo, y había un ruido de tráfico distante aun a esas horas de la noche.
El guardia de seguridad, Oscar Fernández (según su chapa), era un tipo bajito vestido con un uniforme de seguridad azul marino -Trion tenía su propio personal de seguridad, no traía gente de fuera- con un radioteléfono emisor-receptor que le colgaba del cinturón y emitía graznidos de estática y voces enredadas. Nos recibió en el ascensor de carga, y mientras descargábamos nuestras cosas se quedó allí, de pie, cambiando de pose, y luego nos llevó a la escalera de acceso a la azotea.
Subimos tras él. Mientras abría la puerta de la azotea, dijo:
– Sí, me avisaron de que vendríais, pero me ha sorprendido, no sabía que trabajarais tan temprano.
No parecía sospechar; simplemente estaba conversando.
Seth repitió su línea de «la mayoría de las veces» y enseguida volvimos a representar nuestro numerito acerca de provocar infartos a los oficinistas, y también Fernández rió. Era lógico, dijo, que la gente no quisiera que interrumpiéramos su trabajo durante horas hábiles. La verdad es que parecíamos verdaderos limpiadores de ventanas: teníamos el equipo y los uniformes; además, ¿quién más estaría tan loco como para subir al techo de un edificio alto con toda esta basura?
– Sólo llevo un par de semanas en el turno de la noche -dijo Fernández-. ¿Habéis venido antes? ¿Sabéis dónde está todo?
Le dijimos que era la primera vez que veníamos a Trion, y nos enseñó lo básico: tomas de corriente, grifos, anclajes de seguridad. Ahora es obligatorio que todos los edificios nuevos tengan anclajes de seguridad cada tres a cinco metros, a unos dos metros del borde del edificio y capaces de aguantar pesos de dos mil kilos. Los anclajes suelen parecer conductos de ventilación, pero terminados en un perno en forma de U.
Oscar parecía demasiado interesado en cómo organizábamos los equipos. Se quedó a mirar cómo poníamos los ganchos de acero. Los ganchos iban sujetos a una cuerda de escalada blanca y naranja de alta resistencia de 12,5 milímetros de diámetro, y se colocaban en los anclajes de seguridad.
– Guay -dijo-. Y en vuestro tiempo libre escaláis montañas, ¿no?
Seth me miró y después dijo:
– ¿Y tú eres guardia de seguridad en tu tiempo libre?
– No -dijo Fernández, riendo-. Quiero decir que tiene que gustaros lo de subir a sitios tan altos. Yo me cagaría de miedo.
– Uno se acostumbra -dije.
Cada uno de nosotros tenía dos cuerdas distintas: una para bajar y otra como cuerda de seguridad con un mosquetón por si la primera se rompía. Tenía la intención de hacerlo bien, y no sólo para guardar las apariencias. Ninguno tenía muchas ganas de morir cayendo del edificio Trion. Durante aquellos dos desagradables veranos en que trabajamos para la compañía de limpieza, escuchamos con frecuencia que en la industria había un promedio de diez accidentes fatales al año, pero nunca nos dijeron si eran diez en el mundo o diez en el estado, y nunca nos atrevimos a preguntar.
Sabía que aquello era peligroso; pero ignoraba por dónde llegaría el peligro.
Después de otros cinco minutos, Oscar se aburrió -en buena parte porque habíamos dejado de hablarle-, y volvió a su puesto.