La cuerda se sujeta a una cosa llamada Sky Genie, una especie de largo tubo de metal en el cual se enrolla la cuerda alrededor de un mango de aluminio forjado. El Sky Genie -«Genio del cielo», ¿no es fascinante el nombre?- es un mecanismo de control del descenso que funciona por medio de la fricción y va soltando la cuerda lentamente. Estos Sky Genie tenían rasguños y parecían usados. Levanté uno y dije:
– ¿No has podido comprarnos unos nuevos? Te di cinco mil dólares.
– Oye, venían con la furgoneta, ¿qué quieres que haga? Además, ¿qué te preocupa tanto? Estas bellezas pueden soportar dos toneladas. Pero también es cierto que tú has subido un par de kilillos en estos últimos meses.
– Vete a la mierda.
– ¿Has cenado? Espero que no.
– No me hace gracia. ¿Has visto la etiqueta de advertencia que tienen estos chismes?
– Ya lo sé, el uso indebido puede ocasionar daños graves o provocar la muerte. No le hagas caso. Tú debes ser de los que no se atreven a quitarle las etiquetas a un colchón.
– Me gusta el eslogan «Sky Genie: te dejamos caer».
Seth no rió.
– Ocho plantas no es nada, tío. Recuerda cuando estábamos limpiando el Civic…
– No me lo recuerdes -lo interrumpí. No quería portarme como una niña, pero no estaba de ánimo para su humor negro, al menos no mientras estuviéramos en la azotea del edificio Trion.
El Sky Genie se enganchaba a un arnés de seguridad, y éste a un cinturón con asiento almohadillado. En el negocio de limpieza de ventanas, todo nombre incluye palabras como «seguridad» o «protección en caso de caída», lo cual no hace más que recordarte que si algo sale ligeramente mal, estás jodido.
Lo único que habíamos preparado más allá de lo ordinario eran un par de ascensores Jumar, que nos permitirían volver a subir con las cuerdas. Cuando limpias las ventanas de un edificio alto, la mayoría de las veces no tienes por qué volver a subir: simplemente vas bajando a medida que limpias hasta llegar al suelo.
Pero éste sería nuestro medio de escape.
Mientras tanto, Seth montó el torno eléctrico en uno de los anclajes del tejado y lo conectó. Era un modelo de ciento quince voltios con una polea capaz de levantar quinientos kilos. Seth lo conectó a todas nuestras cuerdas, asegurándose de que tuviera juego suficiente y no nos impidiera bajar lo necesario.
Tiré con fuerza de la cuerda para confirmar que todo estaba en su lugar, avanzamos hasta el borde del edificio y miramos hacia abajo. Luego nos miramos el uno al otro y Seth sonrió con su sonrisa de qué-coño-estamos-haciendo.
– Qué, ¿empezamos a divertirnos?
– Ya lo creo.
– ¿Estás preparado, amigo?
– Preparado -dije-. Como Elliot Krause en el Portaváter.
Ninguno rió. Nos subimos lentamente a la barrera de seguridad y pronto estuvimos del otro lado.
Capítulo 85
Sólo teníamos que bajar dos pisos, pero no era fácil. A ambos nos faltaba práctica, llevábamos herramientas muy pesadas y debíamos tener mucho cuidado de no balancearnos demasiado hacia un lado o el otro.
Sobre la fachada del edificio había cámaras de vigilancia de circuito cerrado, cuya ubicación exacta yo había encontrado en los esquemas. También conocía las especificaciones de cada cámara, el tamaño de los lentes, el alcance focal y todo eso.
En otras palabras, sabía dónde quedaban los puntos ciegos.
Y Seth y yo bajábamos por uno de ellos. No me preocupaba que los de Seguridad nos vieran bajando por el costado del edificio, ya que aquella mañana esperaban la presencia de limpiaventanas. Lo que me preocupaba era que alguien se diera cuenta de que no estábamos limpiando ninguna ventana. Que nos vieran bajando lenta, regularmente, hasta el quinto piso. Que no nos vieran ni siquiera colocándonos frente a una ventana.
Porque colgábamos justo delante de una rejilla metálica de ventilación.
Siempre y cuando no nos balanceáramos demasiado hacia los lados, nos mantendríamos fuera del alcance de las cámaras. Eso era importante.
Apoyamos los pies en una cornisa, sacamos las herramientas y nos pusimos manos a la obra con los pernos hexagonales. Estaban firmemente atornillados a través del acero y del hormigón, y había muchos. Seth y yo trabajábamos en silencio mientras el sudor nos caía por la cara. Era posible que algún transeúnte, un guardia o quien fuera, nos viera quitando los pernos que sostenían la rejilla y se preguntara qué estábamos haciendo. Un limpiacristales trabaja con escobillas de goma y cubos de plástico, no con llaves inalámbricas Milwaukee.
Pero a esta hora de la mañana no pasaba mucha gente por allí. Y si alguien nos veía probablemente imaginaría que estábamos haciendo algún tipo de mantenimiento de rutina.
O eso esperaba yo.
Nos tomó un buen cuarto de hora aflojar y quitar todos los pernos. Algunos de ellos se habían oxidado y necesitaron un poco de lubricante WD-40.
Luego, cuando le di la señal, Seth aflojó el último perno y entre los dos levantamos cuidadosamente la rejilla. Era muy pesada, y levantarla era trabajo para dos hombres por lo menos. Tuvimos que cogerla por los bordes, muy afilados -por suerte había traído guantes, un par en buen estado para cada uno- y la ladeamos de manera que quedara apoyada sobre la cornisa. Enseguida Seth se aferró del marco del conducto para hacer palanca y logró meter los pies en la habitación. Con un gruñido cayó al suelo del cuarto de máquinas.
– Tu turno -dijo-. Ten cuidado.
Me aferré al borde, metí las piernas en el conducto de aire y caí al suelo. Rápidamente miré alrededor.
El cuarto de máquinas estaba atiborrado de equipos inmensos y ruidosos y casi totalmente a oscuras, iluminado sólo por el resplandor distante de los reflectores del techo. Había todo tipo de aparatos de climatización: bombas de calefacción, ventiladores centrífugos, enfriadores y compresores y otros equipos de acondicionamiento y filtraje del aire.
Ahí estábamos, aún enganchados a las cuerdas dobles, que colgaban a través de la rejilla de ventilación. Enseguida nos desabrochamos los arneses y nos soltamos.
Ahora los arneses colgaban en el aire. Obviamente, no podíamos dejarlos allá afuera, pero los habíamos enganchado al cabrestante eléctrico del tejado. Seth sacó un pequeño mando a distancia, como los que abren los parkings, y oprimió el botón. Oímos un zumbido, un chirrido a lo lejos, y el arnés y las cuerdas comenzaron a ascender en el aire, arrastrados por el cabrestante.
– Espero que podamos devolverlas a su sitio cuando las necesitemos -dijo Seth, pero con el intenso ruido de fondo que había en la habitación, apenas si podía oírlo.
No pude evitar pensar que todo aquello era poco más que un juego para Seth. Si lo cogían, no era grave. No tendría problema. Era yo el que estaba arriesgando el cuello.
Enseguida tiramos de la rejilla para que desde afuera pareciera estar en su lugar. Usé un segmento del kermantle para atarla a un tubo vertical y mantenerla firme.
La habitación había quedado nuevamente a oscuras, así que saqué mi Mag-Lite y la encendí. Caminé hacia la puerta de acero -parecía muy pesada- y probé a abrirla.
La puerta se abrió. Yo sabía que, por regla general, las puertas de los cuartos de máquinas no se cerraban nunca desde dentro para evitar que alguien quedara atrapado, pero fue un alivio confirmar que podríamos salir de allí.
Mientras tanto, Seth sacó un par de walkie-talkies Motorola, me pasó uno y luego sacó de su funda una radio compacta de onda corta, un aparato policial capaz de captar trescientos canales.
– ¿Recuerdas la frecuencia de seguridad? Era algo alrededor de los 400 UHF, ¿no es cierto?
Me saqué del bolsillo de la camisa mi pequeño cuaderno de espiral y le di a Seth el número de la frecuencia. Él comenzó a buscarla, y yo desdoblé el mapa de la planta y estudié la ruta a seguir.
En este momento estaba aun más nervioso que mientras bajaba por el costado del edificio. Teníamos un plan bastante sólido, pero había demasiadas cosas que podían salir mal.