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– Entendido.

Miré a Seth.

– Creo que Código Dos quiere decir urgente -le dije.

– Están registrando el edificio -susurró Seth; su voz apenas era audible con el estruendo de la maquinaria-. Tenemos que largarnos de aquí.

– ¿Cómo? -dije entre dientes-. No podemos bajar con las cuerdas, aunque sigan en su sitio. ¡Y lo más seguro es que no podamos salir por esta planta, que es toda ella una trampa!

– ¿Qué coño vamos a hacer?

Respiré profundo, exhalé, traté de pensar con claridad. Quería un cigarrillo.

– Bien. Encuentra un ordenador, cualquier ordenador. Entra en la página de Trion. Busca la página de procedimientos empresariales de seguridad, mira dónde están las salidas de emergencia. Me refiero a ascensores de carga, escaleras de incendios, lo que sea. Cualquier forma de salir, aunque sea saltando.

– ¿Yo? ¿Y tú qué vas a hacer?

– Yo vuelvo allá afuera.

– ¿Qué? ¿Me estás tomando el pelo? El edificio está lleno de guardias de seguridad, no seas imbécil.

– No saben dónde estamos. Sólo saben que estamos en algún lugar del ala, y el ala tiene siete pisos.

– ¡Joder, Adam!

– Esta oportunidad no se repetirá -dije, corriendo hacia la puerta. Le mostré mi walkie-talkie Motorola-. Cuando encuentres una salida, dímelo. Me voy al Centro de Alta Seguridad. Voy a por lo que vinimos.

Capítulo 87

No corras.

Constantemente tenía que recordármelo. Calma. Caminaba por el corredor intentando parecer despreocupado mientras mi cabeza estaba a punto de estallar. No mires a las cámaras.

Iba por la mitad de la zona abierta de cubículos cuando mi walkie-talkie soltó dos pitidos.

– ¿Sí?

– Escucha, tío, me pide una identificación. La pantalla de entrada.

– Ah, mierda, claro.

– ¿Quieres que entre con tu nombre?

– Por favor no. Usa… -saqué mi cuadernito de espiral-. Usa ChadP -se lo deletreé mientras caminaba.

– ¿Contraseña? ¿Sabes la contraseña?

– MJ veintitrés -leí.

– ¿MJ?

– Seguro que es por Michael Jordan.

– Ah, claro. El veintitrés es el número de Jordan. ¿Quién es este tío, un gran jugador o qué?

¿Por qué me estaba dando conversación? ¿No estaba cagado de miedo?

– No -dije, distraído, al entrar en la zona de cubículos. Me quité el casco amarillo y las gafas, porque ya no los necesitaba, y los dejé bajo un escritorio al pasar-. Sólo un arrogante, igual que Jordan. Ambos se creen el mejor, pero sólo uno está en lo cierto.

– Vale, ya he entrado -dijo-. ¿Página de seguridad, me dices?

– Procedimientos empresariales de seguridad. Mira qué puedes averiguar acerca del muelle de carga, si podemos salir por ahí usando el ascensor. Ésa puede ser nuestra mejor forma de escapar. Tengo que colgar.

– Date prisa -dijo.

Delante de mí había una puerta de acero pintada de gris con una pequeña ventana en forma de diamante reforzada con malla metálica. Sobre la puerta había un letrero que rezaba: sólo personal autorizado.

Me acerqué a la puerta lentamente, desde un ángulo, y miré por la ventana. Al otro lado había una sala de espera pequeña, de aspecto industrial y suelo de hormigón. Conté dos cámaras de circuito cerrado montadas sobre la pared, cerca del techo: sus luces rojas parpadeaban. Estaban encendidas. También alcanzaba a ver las pequeñas vainas blancas en cada esquina de la habitación: los detectores infrarrojos de movimiento.

Pero en los detectores no había luces de encendido. No podía estar seguro de ello, pero parecían apagados. Tal vez los de seguridad los habían apagado por un par de horas, finalmente.

En una mano llevaba una carpeta con sujetapapeles; trataba de parecer «oficial», como si obedeciera unas instrucciones que llevaba escritas. Con la otra mano probé a mover el pomo de la puerta. Estaba cerrada. Montado sobre la pared, a la izquierda del marco de la puerta, había un pequeño sensor de proximidad gris, igual a los que se veían en todo el edificio. ¿Lo abriría la tarjeta de Alana? Saqué mi copia y la moví frente al sensor, deseando con todas mis fuerzas que la luz se pusiera verde.

Y escuché una voz.

– ¡Oiga! ¡Usted!

Me di la vuelta lentamente. Un guardia de seguridad de Trion corría hacia mí, y otro lo seguía.

– ¡Quieto! -gritó el primer hombre.

Mierda. El corazón se me iba a salir.

Cogido.

¿Y ahora qué, Adam?

Miré a los guardias, y mi expresión pasó de la sorpresa a la arrogancia. Respiré hondo. En voz baja, les dije:

– ¿Qué, lo habéis encontrado?

– ¿Eh? -dijo el primer guardia, disminuyendo la marcha hasta detenerse.

– ¡Vuestro maldito intruso! -dije, alzando la voz-. La alarma ha empezado a sonar hace cinco minutos y vosotros seguís corriendo por ahí como idiotas, rascándoos el culo.

Puedes hacerlo, me dije. Esto es lo tuyo.

– ¿Señor? -dijo el segundo guardia. Ambos se habían quedado paralizados, mirándome con sorpresa.

– Pero qué imbéciles. ¿No tenéis idea de por dónde ha entrado? -les gritaba como un sargento de maniobras, como si fuera a colgarlos por las pelotas-. ¿Creéis que habríamos podido poneros las cosas más fáciles? Por Dios, lo primero es hacer una revisión del perímetro. ¡Página veintitrés del puto manual! Si lo hacéis, encontraréis una rejilla de ventilación desmontada.

– ¿Rejilla de ventilación?

– ¿Vamos a tener que señalaros el puto camino con pintura fosforescente? Qué, ¿tendríamos que haberos enviado invitaciones de parte de Bendix para la inspección sorpresa de seguridad? Hemos realizado este simulacro en tres edificios de la zona en esta última semana, y vosotros sois de lejos el peor grupo, parecéis aficionados. -Cogí la carpeta y empecé a escribir-. Bien, quiero nombres y números de carnet. ¡Ey, vosotros! -Los dos guardias habían comenzado a retroceder lentamente. ¡Volved aquí, coño! ¿Os creéis que la Seguridad Empresarial consiste en pasar el rato comiendo Krispy Kremes? Cuando entreguemos nuestro informe, aquí rodarán cabezas, os lo aseguro.

– McNamara -dijo con reticencia el segundo guardia.

– Valenti -dijo el primero.

Anoté sus nombres.

– ¿Números? -dije-. Bueno, bueno, vale… que alguno me abra esta puerta y luego largaos de aquí, los dos.

El primero se acercó al lector óptico y pasó su tarjeta por delante. Sonó un clic y se encendió la luz verde.

Sacudí la cabeza con disgusto mientras abría la puerta. Los dos guardias se dieron la vuelta y comenzaron a trotar por el corredor. El primero le dijo al segundo:

– Lo confirmaré ahora mismo con los de Despachos. Esto no me gusta nada.

El corazón me latía tan fuerte que debía oírse. Me había escapado de aquélla a punta de sandeces, pero lo único que había conseguido, bien lo sabía, eran un par de minutos de margen. Los guardias hablarían con su supervisor y de inmediato descubrirían la verdad: que no se trataba de ninguna «inspección sorpresa». Y regresarían con más ganas.

Observé el detector de movimiento, montado en lo alto de la pared de aquella pequeña recepción, para ver si alguna luz se encendía. Nada ocurrió.

Cuando los detectores de movimiento estaban encendidos, se disparaban las cámaras, que giraban en dirección al objeto móvil.

Pero los detectores de movimiento estaban apagados. Eso quería decir que las cámaras estaban fijas, no podían moverse.

Era muy gracioso: Meacham y su tipo me habían entrenado para burlar sistemas de seguridad más sofisticados que éste. Tal vez Meacham tenía razón: olvida lo que has visto en las películas, porque los sistemas de seguridad del mundo real siempre son más primitivos.

Ahora podía entrar en la pequeña recepción sin ser visto por las cámaras, que apuntaban a la puerta del Centro de Alta Seguridad C. Di un par de pasos tentativos hacia la habitación, siempre con la espalda contra la pared. Me acerqué desde atrás a una de las cámaras, con sigilo. Sabía que me encontraba en el punto ciego. La cámara no podía verme.