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Y en ese momento el walkie-talkie revivió con un pitido.

– ¡Sal de ahí, joder! -gritó la voz de Seth-. ¡Acabo de oírlo! ¡Han ordenado a todos dirigirse a la quinta planta!

– ¡No puedo, ya casi he llegado! -respondí.

– ¡Date prisa! ¡Joder, sal de ahí!

– ¡No! ¡No puedo irme todavía!

– Cassidy…

– Seth, escúchame bien: eres tú el que va a salir, por la escalera, por el ascensor de carga, como sea. Espérame fuera, en la furgoneta.

– Cassidy…

– ¡Hazlo! -grité, y apagué el aparato. Un estallido sonoro me sacudió: el uh-ah ronco y mecánico de una alarma que debía de estar muy cerca de mí.

¿Y ahora qué? ¡No podía detenerme allí, a unos metros apenas de la entrada al proyecto Aurora! ¡No podía retroceder estando tan cerca!

Tenía que seguir adelante.

La alarma seguía aullando, uh-ah, uh-ah, ensordecedora como una sirena antiaérea.

Me saqué del bolsillo la lata de Pam, ese aceite de cocina en aerosol, me estiré hasta alcanzar la cámara y rocié el objetivo. Sobre el ojo de vidrio quedó una capa de aceite. Hecho.

La sirena aullaba.

Ahora la cámara estaba ciega y su visión derrotada, pero no de una manera que llamara necesariamente la atención. Quien estuviera observando el monitor vería de repente la imagen un poco borrosa, y tal vez lo atribuiría a aquella actualización del cableado de la cual les habían avisado ya. Era probable que una imagen borrosa en medio de tantos monitores no llamara la atención. Esa era la idea, en cualquier caso.

Pero ahora aquellos cuidadosos planes parecían casi inútiles, porque los guardias ya se acercaban, ya estaban en camino. ¿Serían los mismos que yo acababa de engatusar? ¿Serían otros? Imposible saberlo, por supuesto; lo único cierto era que se acercaban.

Había pasos, gritos, pero se oían lejanos, como parloteos de fondo, bajo la sirena estridente.

Tal vez todavía estuviera a tiempo.

Si me daba prisa. Una vez entrara al laboratorio Aurora, lo más probable era que no siguieran tras de mí; al menos, no fácilmente. No lo harían a no ser que contaran con algún tipo de autorización para hacer caso omiso de las prohibiciones, lo cual era improbable.

Y quizá no llegaran siquiera a saber que yo estaba dentro.

Eso si lograba entrar.

Rodeé la habitación, manteniéndome fuera del alcance de la cámara hasta que llegué a la siguiente. En el punto ciego, me estiré y accioné el aerosol, y le di al objetivo en todo el centro.

Ahora Seguridad no podía verme por los monitores. No podía ser testigo de lo que iba a intentar.

Estaba a punto de entrar. Sólo un par de segundos -esperaba yo- y habría entrado en Aurora.

Salir de allí… bueno, eso era otro asunto. Sabía que había un ascensor de carga al cual no podía accederse desde el exterior. ¿Lo activaría la tarjeta de Alana? Eso esperaba; era mi única oportunidad.

Maldita sea: con los estallidos de la sirena, las voces que se hacían cada vez más fuertes y los pasos que sonaban cada vez más cerca, apenas si podía pensar con sangre fría. La cabeza me iba a mil por hora. ¿Sabrían los guardias de seguridad de la existencia de Aurora? ¿Hasta qué punto estaba protegido el secreto? Si no sabían nada de Aurora, tal vez no lograran imaginar hacia dónde me dirigía. Tal vez simplemente recorrían los corredores de todas las plantas en medio de la búsqueda descoordinada y azarosa del segundo intruso.

Montada en la pared, inmediatamente a la izquierda de una lustrosa puerta de acero, había una pequeña caja beige: un escáner de huellas digitales Identix.

Del bolsillo delantero de mi mono saqué el estuche de plástico traslúcido. Con dedos temblorosos, retiré la tira de celo que tenía la huella del pulgar de Alana, todas sus espirales capturadas gracias al polvo de grafito.

Presioné el celo suavemente sobre el escáner, justo donde habitualmente se ponía el dedo pulgar, y esperé a que la luz del piloto cambiara de rojo a verde.

Nada ocurrió.

«No, Dios mío, por favor -pensé desesperadamente, con la cabeza destrozada por el miedo y el insoportable uh-ah de la alarma-. Haz que funcione. Por favor, Dios mío.»

La luz permaneció roja, tercamente roja.

Nada ocurría aún.

Meacham me había dado una larga sesión acerca de cómo burlar un escáner biométrico; yo, por mi parte, había practicado incontables veces hasta que creí que lo tenía dominado. Algunos lectores de huellas eran más difíciles de burlar que otros, dependiendo de la tecnología que usaran. Ésta era una de las más comunes, con sensor óptico en el interior. Y se suponía que lo que acababa de hacer funcionaba el noventa por ciento de las veces. El noventa por ciento de las veces el maldito truco funcionaba.

«Claro, también está el otro diez por ciento», pensé mientras oía pasos que se me aproximaban con gran estruendo. Eso por lo menos lo sabía: ya estaban cerca. Tal vez a unos pocos metros, en la zona de los cubículos.

¡Mierda, no me funcionaba!

«¿Cuáles eran los otros trucos que me habían enseñado?»

Algo sobre una bolsa de plástico llena de agua… pero yo no tenía bolsas de plástico en ese momento… ¿Cómo era? Las huellas viejas se quedan sobre la superficie del sensor como sobre un espejo. Eran el residuo graso de la gente que había sido admitida. Las viejas huellas podían reactivarse mediante la humedad…

Sí, parece cosa de locos, pero no más que usar un trozo de cinta con una huella levantada. Me incliné, puse las manos ahuecadas sobre el pequeño sensor y exhalé. Mi aliento golpeó el cristal y se condensó de inmediato. Desapareció en un segundo, pero fue tiempo suficiente.

Sonó un pitido, casi como un gorjeo. Un sonido de felicidad.

En la caja se encendió una luz verde.

Había entrado. La humedad de mi aliento había activado la vieja huella.

Había engañado al sensor.

La lustrosa puerta de acero que daba al Centro de Alta Seguridad C se abrió lentamente sobre sus rieles al mismo tiempo que la otra puerta, a mi espalda, se abría y yo oía decir:

– ¡Deténgase ahora mismo!

Y también:

– ¡Quieto!

Miré fijamente el inmenso espacio abierto que era el Centro de Alta Seguridad C, y no podía creer lo que veían mis ojos. No lograba encontrarle un sentido a aquello.

Tenía que haberme equivocado.

Éste no podía ser el lugar correcto.

Porque lo que había frente a mí no tenía sentido. Yo estaba mirando el área señalada como Centro de Alta Seguridad C.

Había esperado encontrarme con equipos de laboratorio y bancos de microscopios electrónicos, habitaciones esterilizadas, superordenadores y rollos de fibra óptica…

En cambio, lo que había eran vigas de acero, suelos de hormigón desnudo y sin pintar, polvo de yeso y desechos de construcción.

Un espacio inmenso y destruido.

No había nada.

¿Dónde estaba el proyecto Aurora? Me encontraba en el lugar correcto, pero allí no había nada.

Y entonces llegó el sorprendente momento en que lo comprendí todo, y el suelo se abrió y se sacudió bajo mis pies. ¿Acaso el proyecto Aurora no existía?

– ¡No mueva un puto dedo! -me gritó alguien desde atrás.

Obedecí.

No me di la vuelta para dar la cara a los guardias. Estaba petrificado.

No hubiera podido moverme ni aunque hubiera querido.

Capítulo 88

Boquiabierto, mareado, me di la vuelta y vi un grupo de guardias, cinco o seis, y entre ellos un par de rostros familiares. Dos de ellos eran los tíos a los que había asustado, y estaban de regreso, y muy cabreados.

El guardia de seguridad, el tío que me había sorprendido en el despacho de Nora. ¿Cómo se llamaba? Era el del Mustang… pues bien, él me apuntaba con su pistola.