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– Corre, es para ti -y parece confundida y también preocupada.

El se coloca una toalla en la cintura y sale del cuarto. Tamara lo sigue hasta el vano de la puerta y lo mira hablar.

– ¿Sí, quién es? -pregunta, y luego escucha más de un minuto y sólo agrega-: Mándame el carro que voy para allá.

Cuelga el teléfono y mira a la mujer. Se acerca a ella, quiere besarla, y antes lucha contra el mechón indispensable.

– No, Rafael no ha aparecido -dice, y comienzan un beso largo y sosegado, de lenguas que se enredan sin orden, salivas que se trafican, de dientes que tropiezan y labios que empiezan a doler. Es el mejor beso que se dan y dice:

– Tengo que ir para la Central, ya encontraron a Zoila. Si tiene que ver con Rafael te llamo más tarde.

Zoila Amarán Izquierdo los observó mientras entraban en el cubículo. En sus ojos se alternaron la indiferencia y el recelo, pero Mario Conde pudo respirar su vigorosa femineidad. La piel dorada de la muchacha tenía un brillo de animal saludable y lo más significativo de su cara, la boca, era impúdica y carnosa, decididamente atractiva. Apenas había cumplido los veintitrés años pero se veía segura de sí misma y el Conde presintió que no iba a ser fácil. Aquella muchacha había vivido en la calle y la conocía, se había endurecido tratando a todo tipo de gentes, y uno de sus orgullos era decir no le debo nada a nadie, porque tengo los ovarios bien puestos, como lo habría tenido que demostrar más de una vez. Le gustaba vivir bien y para hacerlo no le importaba bordear lo ilegal, porque además de ovarios tenía suficiente cerebro para no atravesar fronteras demasiado peligrosas. No, no iba a ser fácil, se advertía sólo de mirarla y comprobar, además, que era una de esas mujeres tan bellas que da deseos de comer tierra.

– Ella es Zoila Amarán Izquierdo, compañero teniente -dijo Manolo y avanzó hacia la muchacha, que permanecía sentada en el centro del cubículo-. El operativo la encontró cuando regresaba a su casa, en un taxi, y le pidió que viniera hasta la Central para entrevistarla.

– Sólo queremos hacerte unas preguntas, Zoila. No estás detenida y queremos que nos ayudes, ¿está bien? -le explicó el Conde y caminó hacia la puerta del pequeño cubículo, buscando un ángulo en el que ella debía voltearse para verlo.

– ¿Por qué? -preguntó sin moverse, y también tenía una linda voz, clara, bien proyectada.

El Conde miró a Manolo y le dijo que sí con los ojos.

– ¿Dónde estuviste el día 31?

– ¿Tengo que contestar?

– Creo que sí, pero no estás obligada. ¿Dónde estabas, Zoila?

– Por ahí, con un amigo. Éste es un país libre y soberano, ¿no?

– ¿Dónde?

– Ah, en Cienfuegos, en casa de otro amigo de él.

– ¿Cómo se llaman esos amigos?

– ¿Pero qué es lo que pasa, a santo de qué este lío?

– Por favor, Zoila, los nombres. Mientras más rápido terminemos más rápido te vas.

– Norberto Codina y Ambrosio, creo que Fornés, ¿está bien? ¿Ya terminamos?

– Está bien, pero todavía… ¿Y no había otro amigo, Rafael, Rafael Morín?

– Ya me preguntaron por ese hombre y dije que no sé quién es. ¿Por qué yo tengo que conocerlo?

– Es amigo tuyo, ¿no?

– Yo no lo conozco.

– ¿Dónde vive tu amigo, el de Cienfuegos?

– Al doblar del teatro, no sé cómo se llama esa calle.

– ¿Y seguro no te acuerdas de Rafael Morín?

– Oigan, ¿qué es esto? Miren, si quiero me quedo callada y se acabó este lío.

– Está bien, como tú quieras. Te quedas callada, pero también te puedes quedar aquí guardada, pendiente de investigación como sospechosa de secuestro y asesinato y…

– ¿Pero qué es esto?

– Una investigación, Zoila, ¿me entiendes? ¿Cómo se llama el amigo que fue a Cienfuegos contigo? -Norberto Codina, ya se lo dije.

– ¿Dónde vive?

– En Línea y N.

– ¿Tiene teléfono?

– Sí.

– ¿Qué número?

– ¿Qué van a hacer?

– Llamarlo, a ver si es verdad que estaba contigo.

– Oigan, que él es casado.

– Dime el número, nosotros somos discretos.

– Por favor, compañeros. Es el 325307.

– Llame, teniente.

El Conde caminó hacia el teléfono que estaba sobre el archivo y pidió una línea.

– Mira esta foto, Zoila -siguió Manolo y le entregó una copia de la foto circulada de Rafael Morín.

– Sí, ¿qué pasó? -preguntó, tratando de oír la conversación del Conde, que hablaba en voz muy baja.

– ¿No lo conoces?

– Bueno, salí con él unas cuantas veces. Hace como tres meses de eso.

– ¿Y tú no sabes cómo se llama?

– René.

– ¿René?

– René Maciques, ¿por qué?

El Conde colgó el teléfono y se acercó al buró.

– Zoila, ¿seguro que se llama así? -preguntó el teniente y la muchacha lo miró y casi intentó una sonrisa. -Sí, seguro.

– Estaba con Norberto Codina -informó el Conde y regresó a la puerta.

– ¿No ven, no ven?

– ¿Dónde conociste a René?

Zoila Amarán Izquierdo hizo un gesto de incomprensión. Era evidente que no entendía nada, pero temía algo y ahora sí sonrió.

– En la calle, me dio botella.

– ¿Y por qué te llamó el día 31 o a lo mejor el primero?

– ¿Quién?, ¿René?

– René Maciques.

– Qué sé yo, si hace una pila de tiempo que no lo veo.

– ¿Qué tiempo hace que no lo ves?

– No sé, desde octubre, por ahí.

– ¿Qué sabías de él?

– Pues nada, que era casado, que viajaba al extranjero y que cuando íbamos a los hoteles siempre resolvía habitación.

– ¿A qué hoteles?

– Ay, imagínese. Al Riviera, al Mar Azul, a esos hoteles.

– ¿En qué te dijo que trabajaba?

– En el MINREX, ¿puede ser? O en Comercio Exterior, una cosa de esas, ¿no?

– No, yo no sé, la que sabes eres tú.

– Bueno, creo que sí, en el MINREX.

– ¿Manejaba mucho dinero?

– ¿Con qué usted cree que se alquila en el Riviera?

– Ten cuidado como hablas, Zoila. Respóndeme.

– Claro que manejaba dinero. Pero lo que le digo, nada más salimos unas cuantas veces.

– ¿Y no lo viste más?

– No.

– ¿Por qué?

– Porque se iba para el extranjero. Iba un año completo para Canadá.

– ¿Cuándo fue eso?

– Por octubre, ya le dije.

– ¿Te hizo algún regalo?

– Boberías.

– ¿Qué son boberías?

– Un perfume, unas argollas, un vestido, cositas así.

– ¿De afuera?

– Sí, de afuera.

– ¿Y tenía dólares?

– Yo nunca se los vi.

– ¿Cómo hacían para verse?

– Nada, él tenía siempre mucho trabajo y cuando tenía un chance me llamaba a la casa. Si yo no estaba complicada, pues él me recogía. Claro, en el carro.

– ¿Qué tipo de carro?

– Fue con dos. Casi siempre con uno más nuevo, un Lada particular, y otras veces con otro Lada, creo que estatal, que tenía los cristales oscuros.

– Zoila, quiero que pienses bien lo que me vas a decir ahora, por tu bien y por el de tu amigo René Maciques. ¿De dónde podía sacar él tanto dinero?

Zoila Amarán Izquierdo ladeó la cabeza para mirar al teniente, y trataba de decir con los ojos pero qué sé yo. Entonces miró a Manolo y respondió:

– Mire, compañero, en la calle esas cosas no se preguntan. Yo no soy una puta porque no me acuesto por dinero, pero si viene uno con dinero y la invita a comer en el Laiglon, y a tomar cervezas en la piscina y descargar en un cabaret y subir a una habitación que da al Malecón, pues no se averigua nada más. Se disfruta, compañero. Las cosas están muy malas y juventud hay una sola, ¿verdad?