– ¿Y qué pensaba usted entonces, Maciques?
– Pensar…, nada. Lo que hice por la noche. Ir a verlo y decirle que todo estaba listo. Entonces pensaba quitarle el maletín donde tenía los papeles y decirle que se buscara él un lanchero. ¿Y ustedes saben lo primero que él me dijo cuando llegué? Que me iba a escribir desde Miami para decirme dónde había escondido las fotocopias, que estaban bien guardadas y que nadie las iba a descubrir. Entonces fui yo el que se puso mal y le dije todo lo que pensaba de él hacía mucho tiempo, y él me tiró un piñazo, pero era una puta, fue un piñacito así, con la mano abierta, y me dio aquí, arriba de la oreja, y fue cuando le di el empujón y se cayó contra el borde de la bañadera… Así fue todo. -Dijo Maciques y hundió la cabeza entre los hombros.
– ¿Y usted le puso la dieta de Panamá y lo demás entre los papeles de la Empresa, verdad?
– Yo tenía que protegerme, ¿no? Porque yo sospechaba que él iba a hacerme una maraña y yo tenía que protegerme. Qué clase de hijo de puta -sentenció, con la última vitalidad que le quedaba.
– ¿Y usted pensaba que se iba a librar de ésta, Maciques? -le preguntó el Conde y se puso de pie. Por un instante había pensado que aquel hombre envejecido y derrotado era digno de lástima, pero apenas había sido una idea fugaz. La imagen de la derrota no podía vencer al sentimiento de repugnancia que le provocaba toda aquella historia-. Pues pensó mal, y pensó mal porque usted es igual que su difunto jefe. La misma mierda de la misma letrina. Y no pierda ese miedo que tuvo, Maciques, no lo pierda, que esta historia acaba de empezar -dijo, miró al sargento Manuel Palacios y abandonó la oficina. El dolor de cabeza le nacía detrás de los ojos y caminaba por su frente, maligno y tenaz.
Falta un gorrión, pensó. El día anterior lo había visto en su nido y ahora sólo quedaban algunas plumas y la paja seca y trenzada en la horquilla del laurel. No puede estar volando todavía, si se cayó no se salva, con los gatos de la cocina no se salva, y confió en que el gorrión ya hiera capaz de volar. El frío había cedido, y un sol rojizo se perdía tras los edificios, en dirección al mar, y sería una tarde magnífica para aprender a volar.
– ¿A los cuántos días vuelan los gorriones, Manolo?
El sargento dejó el file en que presillaba los últimos informes y las declaraciones firmadas por Maciques y miró al teniente.
– ¿Pero qué es lo que te pasa hoy, Conde? ¿Cómo tú quieres que yo sepa eso? Ni que yo fuera gorrión.
– Oye, chico -lo señaló con el dedo índice-, que no es para tanto. Tú también haces cada preguntas que son del carajo. Dale, termina eso para ver al Viejo.
– Y hablando del rey de Roma, ¿tú crees que nos dé los días que nos debe?
El Conde ocupó su silla detrás del buró y se frotó los ojos. El dolor de cabeza apenas era un recuerdo, pero tenía sueño y empezaba a sentir hambre. Sobre todo quería terminar con Rafael Morín. Le molestaba haber desconocido las potencialidades verdaderas de aquel personaje que, sin perder la respiración, pasaba de dirigente a empresario particular, de impecable a pecador, y moría con un solo golpe, dejándolo con tantas preguntas como hubiera querido hacerle.
– Vamos a esperar a que la china Patricia termine en la Empresa. Me dijo que mañana por la mañana me entregaba el balance, y después tú y yo le entregamos el informe completo al Viejo y creo que nos dará un par de días. A mí me hace falta. Y creo que a ti también. ¿Cómo está la cosa con Vilma?
– Bien, bien, ya se le pasó el berrinche.
– Menos mal, porque aguantarte a ti cuando una mujer te sopla no es nada fácil. Pero bueno, ya da igual, porque esto se está acabando y a lo mejor me meto un mes sin verte la cara… Oye, ¿y por fin quién le avisó a la madre de Rafael y a Tamara?
– El mayor llamó al ministro de Industrias.
– Me da pena con la madre.
– ¿Y con la mujer no? ¿No vas a consolarla?
– Vete pal carajo, Manolo -dijo, pero sonrió.
– Oye, Conde, ¿cómo te sientes tú cuando cierras un caso como éste?
El teniente extendió las manos sobre el buró. Las tenía abiertas, con las palmas hacia arriba.
– Así, Manolo, con las manos vacías. Ya todo el mal estaba hecho.
El Conde y Manolo se miraron, y entonces el teniente le ofreció un cigarro a su compañero, cuando la puerta del cubículo se abrió y vieron entrar un tabaco detrás del cual venía un hombre.
– Muy bueno el trabajo con Maciques, sargento -dijo el mayor Rangel y recostó la espalda contra la puerta-. Y tú te excediste como siempre, Mario… ¿Qué clase de hombre era ese Rafael Morín?
El Conde miró otra vez a Manolo. No sabía si el mayor Rangel quería una respuesta o simplemente hacer la pregunta en voz alta. Era muy poco frecuente ver al Viejo fuera de su oficina y hablando con aquel tono de desconcierto, y prefirieron callar.
– ¿A qué hora tengo el expediente completo mañana?
– ¿A las diez?
– A las nueve de la mañana. Patricia termina esta tarde y le deja la Empresa a la Policía Económica. Ahí puede aparecer cualquier cosa. Así que mañana a las nueve. Después se van los dos y no aparezcan por aquí hasta el viernes, si no es que yo los llamo antes. Y mañana voy a formar una con esto de Rafael Morín que ustedes ni se la imaginan. Está bueno ya de relajo y de corrupción para que después nosotros tengamos que sacar las castañas del fuego. -Y su voz parecía la de un hombre mucho más grande, más joven, una voz acostumbrada a exigir y a protestar. Miró la ceniza impoluta de su tabaco y luego a sus dos subordinados-. Y después dicen que los delincuentes. Niños de teta es lo que son al lado de un tipo como éste o como el Maciques, y no sé qué va a pasar de ahí para arriba y para abajo, pero voy a pedir sangre… Un respetable director de empresa que maneja miles y miles de dólares. No entiendo, no entiendo, por mi madre que no -y abrió la puerta y empezó a salir detrás de su tabaco-, pero mañana a las nueve estoy saliendo con el informe debajo del brazo…
– No, no inventes. Fíjate que ya ni hace frío, y además mañana tenemos que estar aquí temprano para hacer el informe, así que el caso no está cerrado -imploró Manolo mientras encendía el motor del auto y el Conde susurró: El que se acuesta con niños…
– ¿Qué te ha hecho esa mujer, Manolo? Oye, le tienes un miedo que te cagas.
El carro abandonó el parqueo de la Central y Manolo siguió negando con la cabeza.
– No me vas a acomplejar, olvídate de eso. No hay dos traguitos que valgan, yo voy a casa de Vilma y tú haces lo que te dé la gana y mañana te recojo a las seis. ¿Dónde quieres que te deje? Además, cuando me tomo dos tragos no se me para y ahí empezamos a fajarnos…