Bosch asintió.
– Ah, por cierto -prosiguió Billets-. Le he dicho a Jerry que tú te encargarías de la autopsia para que él pueda quedarse en el Archway. Y a las seis os quiero a todos aquí para hablar de lo que tenemos.
– Vale. ¿A qué hora es la autopsia?
– A las tres y media. ¿Te va mal?
– No. ¿Puedo preguntarle una cosa? ¿Por qué ha llamado a Fraudes en lugar de a Crimen Organizado?
– Por razones obvias. No sé qué hacer con Carbone y la DCO. No sé si llamar a Asuntos Internos, hacer la vista gorda o qué.
– Bueno, no podemos hacer la vista gorda porque ellos tienen algo que nosotros necesitamos. Y si llama a Asuntos Internos, ya podemos olvidarnos del caso porque lo paralizarán todo.
– ¿Qué es lo que tienen?
– Pues si Carbone se llevó un micrófono de esa oficina…
– Habrá grabaciones, claro. Joder, no había pensado en eso.
Los dos se quedaron un rato en silencio. Finalmente Bosch tomó asiento frente a Billets.
– Déjeme hablar con Carbone para intentar averiguar qué estaban haciendo y conseguir las cintas -sugirió Bosch-. Ahora mismo tenemos la sartén por el mango.
– Podría tratarse de algo entre Fitzgerald y el gran jefe.
– Es posible.
Billets se refería a la rencilla interdepartamental entre el subdirector Leon Fitzgerald, responsable de la DCO durante más de una década, y el hombre que teóricamente estaba por encima de él, el jefe de la policía de Los Ángeles. Durante el tiempo que llevaba al mando de la División contra el Crimen Organizado, Fitzgerald había adquirido una fama parecida a la de John Edgar Hoover en el FBI; la de guardián de secretos que no dudaba en emplear para proteger su presupuesto, su división y su propio cargo. Se le acusaba de poner más interés en investigar a ciudadanos honrados, policías y oficiales elegidos por la ciudad que a gángsters a los que su división tenía como misión erradicar. En el departamento nadie ignoraba que Fitzgerald y el a la sazón jefe de policía mantenían una lucha por el poder. El jefe quería controlar la DCO, pero Fitzgerald no se sometía. Al contrario, su ambición era ampliar su dominio para llegar a ser jefe de policía. En esos momentos la lucha se hallaba en una fase de intercambio de descalificaciones. El jefe no podía despedir a Fitzgerald debido a sus derechos como funcionario. Tampoco podía obtener apoyo de la comisión de policía, el alcalde o los concejales de la ciudad porque, por lo visto, Fitzgerald poseía gruesos expedientes sobre cada uno de ellos y también sobre el jefe. Esos altos cargos no sabían con exactitud el contenido de los expedientes, pero se imaginaban lo peor que habían hecho en su vida. Por eso no apoyarían un ataque a Fitzgerald sin antes tener la seguridad de que no saldrían trasquilados.
Aunque en gran parte se trataba de rumores o leyendas del departamento, Bosch sabía que tenía que haber un fondo de verdad. Al igual que a Billets, a Harry no le apetecía remover el asunto, pero se ofreció a hacerlo porque no le quedaba otro remedio. Tenía que averiguar lo que había estado haciendo la DCO y lo que estaba protegiendo Carbone al entrar ¡legalmente en el despacho de Aliso.
– De acuerdo -concedió Billets, después de pensárselo un buen rato-, pero ten cuidado.
– ¿Dónde está el vídeo del Archway?
La teniente señaló al suelo detrás de su mesa.
– Aquí estará seguro -dijo ella, refiriéndose a la caja fuerte donde solían guardar las pruebas.
– Eso espero, porque es mi único escudo.
Billets asintió y Bosch vio que ella sabía de qué iba la cosa.
Las oficinas de la DCO estaban en el tercer piso de la División Central, en el centro de Los Ángeles. La División contra el Crimen Organizado se hallaba lejos del cuartel general de la policía porque, dado el carácter secreto de muchas de sus operaciones, no habría sido prudente que los agentes entraran y salieran de un edificio tan público como el Parker Center, la Casa de Cristal. Sin embargo, esa separación contribuía a abrir la brecha que separaba a Leon Fitzgerald del jefe de policía.
En el trayecto de Hollywood al centro, Bosch tramó un plan. Cuando llegó a la cabina del guarda y le mostró su identificación, ya sabía exactamente cómo iba a jugar sus cartas. Bosch se fijó en su placa, aparcó el coche cerca de la puerta de atrás y llamó al número de la DCO desde su teléfono móvil.
– Soy Trindle, del aparcamiento -le dijo Bosch a la secretaria que contestó el teléfono-. ¿Está Carbone?
– Sí, ahora se…
– Dígale que baje. Le han entrado en el coche.
Bosch colgó y esperó. Al cabo de tres minutos se abrieron las puertas de atrás de la comisaría y un hombre salió a toda prisa. Billets tenía razón; era el mismo que habían visto en el vídeo del Archway. Harry arrancó y lo siguió hasta darle alcance.
– ¿Carbone? -preguntó, mientras bajaba la ventanilla.
– ¿Qué?
Carbone continuó caminando, sin apenas prestar atención a Bosch.
– No hace falta que corras. A tu coche no le ha pasado nada.
Carbone se paró en seco y se quedó mirando a Bosch.
– ¿Qué? ¿Qué dices?
– Que te he llamado yo. Sólo quería que bajaras.
– ¿Y quién coño eres?
– Soy Bosch. Hablamos por teléfono la otra noche.
– Ah, sí. Por el asunto Aliso.
En ese momento Carbone comprendió que para hablar con él Bosch sólo tenía que tomar el ascensor hasta el tercer piso.
– ¿Qué es esto, Bosch? ¿Qué pasa?
– ¿Por qué no subes? Quiero dar un paseo.
– No lo sé, tío. No me gusta tu forma de actuar.
– Es por tu bien.
Bosch lo dijo con un tono y una mirada que sólo invitaban a obedecer. Carbone, un hombre corpulento de unos cuarenta años, vaciló un instante antes de entrar en el coche. Como la mayoría de los policías antimafia, llevaba un elegante traje azul marino y una fuerte colonia que impregnó todo el vehículo. A Bosch le disgustó desde el principio.
Al salir del estacionamiento, Bosch puso rumbo al norte, a Broadway. Las calles estaban atestadas de coches y peatones, por lo que avanzaron lentamente. Harry no dijo nada, a la espera de que Carbone iniciara la conversación.
– ¿Qué es tan importante para que me secuestres? -preguntó finalmente.
Bosch condujo otra manzana sin responder. Quería hacerle sufrir un poco.
– Tienes un problema gordo, Carbone -contestó finalmente-. He pensado que debería avisarte.
Carbone miró a Bosch con cautela.
– Eso ya lo sabía -contestó-. Tengo que pagar la pensión alimenticia a dos ex mujeres, tengo grietas en casa del último terremoto y poquísimas posibilidades de que nos suban el sueldo. ¿Y qué?
– Tío, eso no son problemas, sino molestias. Te hablo de problemas de verdad, como el registro ilegal que hiciste el otro día en el Archway.