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Carbone permaneció un momento en silencio y a Bosch le pareció que se había puesto nervioso.

– No sé de qué hablas. Llévame a mi oficina.

– Te has equivocado de respuesta, Carbone. Yo he venido a ayudarte. No quiero perjudicar a nadie; ni a ti ni a tu jefe… Fitzgerald:

– Sigo sin saber a qué te refieres.

– Entonces te lo diré yo. El domingo por la noche te llamé para preguntarte sobre Tony Aliso y tú me telefoneaste luego para decirme que pasabais del caso y que no teníais ni idea de quién era. Pero nada más colgar, te fuiste al Archway, entraste en el despacho de Aliso y te llevaste el micrófono con el que le habíais pinchado el teléfono. -Bosch hizo una pausa-. A eso me refiero.

Por primera vez, Bosch se volvió para mirarlo y descubrió el rostro de un hombre acorralado. Lo tenía bien cogido.

– Eso es mentira.

– ¿Ah, sí, tonto del culo? Pues la próxima vez que decidas entrar sin permiso, fíjate en las cámaras de seguridad. La primera enseñanza del caso Rodney King es: «No permitirás que te graben en vídeo».

Bosch hizo otra pausa para que Carbone digiriera la información antes de darle el toque de gracia.

– Cuando rompiste la taza, la tiraste a la papelera para que nadie lo notase, ¿verdad? -le dijo-. Lo cual me recuerda otro mandamiento: «Si vas a hacer algo ilegal en manga corta, tápate el tatuaje del brazo». Los tatuajes son perfectos para identificar a gente que sale en los vídeos. Y te aseguro que tú sales un montón.

Carbone se pasó una mano por la cara.

Bosch giró en Third Avenue y se internó en el túnel que pasa por debajo de Bunker Hill.

– ¿Quién sabe esto? -preguntó por fin Carbone, en plena oscuridad.

– De momento sólo yo, pero que no se te meta ninguna idea en la cabeza. Si a mí me pasa algo, la cinta llegará a mucha gente. Aunque de momento creo que puedo controlarla.

– ¿Qué quieres?

– Quiero saber qué está pasando y que me des todas las grabaciones.

– Imposible. No puedo porque no las tengo yo. Ni siquiera era un caso mío. Yo sólo hice lo que…

– Lo que te dijo Fitz, ya lo sé, pero no me importa. Dile a Fitz o a quien sea que te las dé. Entro contigo o me espero en el coche, como quieras. Pero ahora mismo vamos a buscarlas.

– No puedo.

Carbone se refería a que no podía conseguir las cintas sin confesarle a Fitzgerald su torpeza al ejecutar sus órdenes.

– Vas a tener que hacerlo, Carbone. A mí me importa un huevo lo que te pase; sólo sé que me mentiste y jugaste con mi caso. O me das las grabaciones y una explicación o tomaré medidas. Haré tres copias del vídeo; una irá al jefe de policía en la Casa de Cristal, otra a Jim Newton del Times y otra a Stan Chambers del Canal 5. Stan es un buen periodista y sabrá qué hacer con ella. ¿Sabías que él fue el primero en recibir la cinta de Rodney King?

– ¡Joder, Bosch! ¡Me estás matando!

– Tú decides.

Salazar era el responsable de la autopsia, que ya había empezado cuando Bosch llegó al centro médico de la Universidad de California. Después de recibir un saludo seco de Salazar, Bosch -ataviado con bata de un solo uso y máscara de plástico- se apoyó en una de las mesas de acero y se limitó a observar. No esperaba mucho de la autopsia. En realidad sólo había ido a recoger las balas. Confiaba en que estuvieran en buenas condiciones para ser analizadas en Balística. Una de las razones por las cuales los asesinos a sueldo empleaban armas del veintidós era que los proyectiles a menudo se deformaban al rebotar en el interior del cráneo. Y si se deformaban no servían para hacer un estudio comparativo.

Salazar llevaba su larga melena negra recogida en una coleta y tapada con un gran gorro de papel. Como iba en una silla de ruedas, trabajaba en una mesa más baja especialmente preparada para él. Aquello proporcionaba a Bosch una mejor perspectiva del cadáver.

Durante años Bosch había bromeado con Salazar mientras éste realizaba autopsias. Sin embargo, desde su baja de nueve meses tras el accidente de moto y su regreso en una silla de ruedas, Salazar ya no había sido el hombre alegre de antaño. Rara vez conversaba con la gente.

Bosch contempló a Salazar mientras éste raspaba la sustancia blancuzca de los rabillos de los ojos de Aliso con el lado romo de un escalpelo.

El forense depositó el polvillo obtenido en un papel absorbente, que colocó en una placa de Petri. Finalmente puso la placa en una bandeja junto a las probetas llenas de sangre, orina y otras muestras que había extraído del cadáver para analizarlas.

– ¿Crees que son lágrimas? -preguntó Bosch.

– No, es demasiado espeso. Es algo que tenía en los ojos o en la piel. Ya lo averiguaremos.

Bosch asintió y Salazar comenzó a abrir el cráneo para examinar el cerebro.

– Menudo destrozo -comentó.

Minutos después, con la ayuda de unas pinzas largas, extrajo dos fragmentos de bala, que dejó caer en el plato. Bosch se acercó y, cuando los vio, frunció el ceño. Al menos una de las balas se había roto con el impacto y seguramente no serviría.

Acto seguido Salazar sacó una bala entera y la depositó sobre la bandeja.

– Ésta te valdrá -concluyó.

Bosch echó un vistazo. A consecuencia del impacto, la bala se había abierto como una flor, pero al menos la mitad del proyectil seguía intacta y presentaba los pequeños arañazos que se producían al salir por el cañón de la pistola. Harry comenzaba a animarse.

– Sí, puede ser.

La autopsia finalizó al cabo de diez minutos. En total Salazar le había dedicado a Aliso cincuenta minutos de su tiempo; algo más de lo habitual. Bosch leyó en una hoja que aquélla era la undécima autopsia de Salazar ese día.

Salazar limpió las balas y las metió en una bolsa especial para pruebas. Al entregársela a Bosch, le dijo que le informaría de los resultados de los análisis en cuanto los tuviera. Salazar también consideró importante mencionar que el hematoma en la mejilla de Aliso había sido causado cuatro o cinco horas antes de su muerte. A Bosch le pareció curioso, ya que significaba que alguien había golpeado a Aliso mientras estaba en Las Vegas, a pesar de que lo habían matado en Los Ángeles. Harry le dio las gracias a Salazar, a quien llamó Sally como lo hacía mucha gente, y se marchó. Ya estaba en el pasillo cuando recordó algo que le hizo dar media vuelta. Bosch asomó la cabeza por la puerta de la sala de autopsias y vio a Salazar envolviendo el cuerpo con una sábana y colocando bien la etiqueta de identificación que le habían colgado en el dedo gordo del pie.

– Eh, Sally, el tío tenía hemorroides, ¿no?

Salazar lo miró sorprendido.

– ¿Hemorroides? No. ¿Por qué lo dices?

– Porque encontré un tubo de pomada en la guantera del coche. Estaba empezada.

– Pues… No sé, pero de hemorroides nada.

Bosch estuvo tentado de preguntarle si estaba seguro, pero sabía que sería insultante. Así que se marchó sin decir nada.

Los detalles eran la clave de cualquier investigación; nunca debían olvidarse ni perderse de vista. Mientras se dirigía a la salida, Bosch le daba vueltas al detalle de la pomada que había hallado en la guantera del Rolls-Royce. Si Tony Aliso no padecía de hemorroides, ¿a quién pertenecía la pomada y por qué estaba en el coche? Podría haber considerado que carecía de importancia, pero Bosch no trabajaba así. Para él todo era importante en una investigación. Absolutamente todo.