Ella expelió el humo de golpe.
– ¿A esto le llamas buenas? -dijo riendo.
De camino a Mulholland Drive y Hidden Highlands, Bosch llamó al buscapersonas de Rider y, poco después, ella le telefoneó desde una de las casas que estaba visitando. Rider le explicó que se hallaba en la última casa con vistas al claro y que sólo había encontrado un residente que recordase el Rolls-Royce blanco. El hombre había visto el coche el sábado, alrededor de las diez de la mañana, y estaba casi seguro de que no estaba allí el viernes por la noche cuando salió al balcón a contemplar el atardecer.
– Eso encaja con la hora que ha mencionado el forense y con el billete de avión. De momento todo apunta al viernes por la noche, un poco después de volver de Las Vegas. Probablemente lo mataron de camino a su casa. ¿Nadie oyó los disparos?
– No, pero en dos de las casas no había nadie, así que voy a volver a intentarlo.
– Déjalas para mañana. Yo salgo ahora mismo para Hidden Highlands y prefiero que vengas conmigo.
Bosch y Rider quedaron en la entrada de la urbanización donde había vivido Aliso. Bosch quería que Kiz lo acompañara a dar la noticia al familiar más cercano por dos motivos: porque a ella le resultaría útil aprender aquella triste tarea y porque, según las estadísticas, nunca debía descartarse al pariente más cercano como posible sospechoso. Y, por supuesto, siempre era mejor tener un testigo cuando se hablaba con alguien que más adelante podía ser tu presa.
Bosch consultó su reloj. Eran casi las diez. Encargarse de la notificación significaba que no llegarían al despacho de la víctima hasta la medianoche. Así pues, llamó al centro de comunicaciones de la policía y le dio a la operadora la dirección de Melrose para que la buscara en la guía. Finalmente ella le dijo que correspondía a Archway Pictures, tal como Bosch había adivinado. El Archway era un estudio de tamaño mediano que alquilaba despachos e instalaciones de producción a realizadores independientes. Que Bosch supiera, ellos no producían sus propias películas desde los años sesenta. Habían tenido un golpe de suerte, ya que conocía a alguien de seguridad del estudio: Chuckie Meachum. Chuckie era un viejo detective de Robos y Homicidios que se había retirado hacía unos años y había aceptado un empleo como subdirector de seguridad del Archway; a Bosch le sería muy útil para acceder al despacho de Aliso. Primero pensó en llamarlo y quedar con él, pero luego descartó la idea. No quería que nadie supiera que iba para allá.
Al cabo de quince minutos, Bosch llegó a Hidden Highlands y vio el coche de Rider aparcado en el arcén de Mulholland Drive. Después de parar un momento para dejar subir a su ayudante, ambos se dirigieron a la pequeña caseta de ladrillo donde un guarda vigilaba la entrada a la urbanización. Hidden Highlands era un ejemplo perfecto de la gran cantidad de comunidades pudientes que se ocultaban, atemorizadas, en las colinas y valles que rodeaban Los Ángeles. Muros, verjas, garitas y fuerzas de seguridad privadas eran los ingredientes secretos del tan cacareado «crisol de culturas» del sur de California.
Cuando un guarda vestido de azul salió de la caseta con la lista de residentes, Bosch ya tenía la placa preparada. El guarda era un hombre alto y enjuto, cuyo rostro gris revelaba cansancio. Bosch no lo reconoció pese a haber oído que la mayoría de vigilantes eran policías de la División de Hollywood que trabajaban allí en sus horas libres. Incluso había visto ofertas de empleos a media jornada en el tablón de anuncios de la comisaría.
El guarda repasó a Bosch de arriba abajo, evitando expresamente mirar la placa.
– ¿Puedo ayudarles? -inquirió finalmente.
– Vamos a la casa de Anthony Aliso.
Bosch le dio la dirección que constaba en el permiso de conducir de la víctima.
– ¿Me dan sus nombres?
– Detective Harry Bosch, policía de Los Ángeles; lo pone ahí. Y ella es la detective Kizmin Rider.
Bosch le ofreció su tarjeta de identificación, pero al guarda, que estaba tomando nota de sus nombres, seguía sin interesarle. Bosch se fijó en que su placa de hojalata rezaba: «Capitán Nash».
– ¿Les esperan?
– No creo. Es un asunto policial.
– De acuerdo, pero tengo que avisar. Son las reglas de la urbanización.
– Preferiría que no lo hiciera, capitán Nash.
Bosch abrigaba la esperanza de que emplear la graduación del guarda le ayudaría. Nash dudó un instante.
– Bueno, hagamos una cosa -sugirió-. Ustedes vayan para allá y yo ya pensaré en una razón para retrasar unos minutos la llamada. Si se quejan les diré que, como estoy solo, no he tenido tiempo.
El guarda retrocedió y metió la mano para pulsar un botón que había en el interior de la caseta. La barrera se elevó.
– Gracias, capitán. ¿Trabaja usted en Hollywood?
Bosch sabía que no, ya que resultaba evidente. Nash carecía de la mirada fría de un policía, pero Harry quería crear una buena relación por si lo necesitaba más adelante.
– Qué va -contestó Nash-. Yo estoy aquí todo el día. Por eso me hicieron capitán de la vigilancia. Los demás trabajan también en la comisaría de Hollywood o en la de West Hollywood, así que yo organizo los turnos.
– ¿Y por qué le ha tocado el turno de noche un domingo?
– A todo el mundo le van bien unas horas extras.
– Tiene razón -convino Bosch-. ¿Dónde está Hillcrest?
– Ah, sí. Cojan el segundo camino a la izquierda; ése es Hillcrest. La casa de Aliso es la sexta a mano derecha. Tiene una piscina magnífica, con vistas a toda la ciudad.
– ¿Lo conocía? -intervino Rider, al tiempo que se inclinaba para ver a Nash por la ventanilla de Bosch.
– ¿A Aliso? -le contestó Nash, que también se agachó para verla a ella. Tras reflexionar un instante, contestó-: No mucho. Lo conozco como al resto de residentes; es decir, casi nada. Para ellos yo soy igual que el tío que limpia las piscinas. Oiga, me ha preguntado usted si lo conocía; ¿es que ha muerto?
– Muy astuto, capitán -respondió Rider.
La detective se enderezó, dando por terminada la conversación. Bosch le hizo a Nash un gesto de agradecimiento y puso rumbo a Hillcrest. De camino, Harry le contó a Rider lo que había descubierto en la nave y el resultado de las pesquisas de Edgar. Mientras ponía al día a Kiz, Harry contemplaba las enormes casas y los bien cuidados jardines. Muchas de las propiedades estaban rodeadas por muros o setos altos cuyos bordes parecían recortados cada mañana. «Muros dentro de muros», pensó Bosch. Se preguntó qué harían los propietarios con tanto espacio aparte de vigilarlo con aprensión.
Bosch y Rider tardaron cinco minutos en encontrar la casa de Aliso en una bocacalle sin salida, en la cima de la colina. Después de franquear las puertas abiertas de la finca, llegaron a una mansión estilo Tudor que se alzaba tras un sendero empedrado. Harry salió del coche con el maletín en la mano y contempló el edificio. Su tamaño era intimidante, pero arquitectónicamente hablando no era gran cosa. Él no hubiese comprado una casa semejante ni aunque hubiera dispuesto del dinero necesario.
Después de pulsar el timbre, Bosch se volvió hacia Rider.
– ¿Has hecho esto alguna vez?
– No, pero soy del sur de Los Ángeles. Allá hay tantos tiroteos que he visto a mucha gente recibir la noticia.
Bosch asintió.
– No es por menospreciar esa experiencia, pero esto es distinto -le advirtió a Rider-. Lo importante no es lo que te digan, sino lo que observes.
Harry volvió a pulsar el timbre iluminado, tras lo cual oyó el sonido de una campana en el interior de la casa. Entonces se volvió hacia Rider, que estaba a punto de hacerle una pregunta cuando una mujer abrió la puerta.
– ¿Señora Aliso? -preguntó Bosch.