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– ¿Ya está? ¿Nada más?

– Bueno, sí, me contó otras cosas. Hablamos un rato, pero de nada interesante. Sólo estábamos matando el tiempo hasta que nos llamaran a jugar.

– ¿No lo volviste a ver fuera del casino?

– No -contestó Eleanor-. ¿Y a ti qué te importa? ¿Acaso sospechas de mí porque me tomé una copa con él?

– No, nada eso.

Bosch sacó uno de sus cigarrillos y lo encendió. Cuando la camarera vestida con una toga blanca y dorada les trajo las bebidas, se quedaron un rato en silencio. Bosch había perdido el ritmo; una vez más no sabía qué decir.

– Parece que te ha ido bien esta noche -tanteó.

– Sí, mejor de lo normal. En seguida he llegado a mi tope.

– ¿Tu tope?

– Cuando voy ganando por doscientos dólares, me largo. No soy ambiciosa y sé que la suerte no dura mucho. Nunca pierdo más de cien, y si tengo la suerte de ir ganando por doscientos, me retiro. Hoy he terminado pronto.

– ¿Cómo has…?

Bosch se calló, porque ya sabía la respuesta.

– ¿Cómo he aprendido a jugar al póquer para ganarme la vida? Si te pasas tres años y medio a la sombra, aprendes a fumar, a jugar a póquer y muchas otras cosas.

Ella lo miró a los ojos, como retándolo a hacer algún comentario. Tras un largo silencio, Eleanor desvió la mirada y sacó otro cigarrillo. Harry le dio fuego.

– ¿Así que no tienes otro trabajo? ¿Sólo el póquer?

– Sólo el póquer. Llevo en esto casi un año. Es un poco difícil encontrar un trabajo normal, Bosch. Cuando dices que eres una ex agente del FBI, a la gente se les iluminan los ojos. Pero si después explicas que acabas de salir de la prisión federal, te aseguro que se les apagan rápidamente.

– Lo siento, Eleanor.

– Tranquilo. No me quejo; gano más de lo necesario para vivir y, de vez en cuando, conozco a gente interesante como a tu hombre, Tony Aliso. Además, aquí no pago impuestos. ¿Cómo voy a quejarme si noventa días al año estamos a más de cuarenta grados a la sombra?

A Bosch no se le pasó por alto el resentimiento latente en sus palabras.

– Quería decirte que siento todo lo que pasó. Ya sé que ahora no te sirve de nada, pero me gustaría poder volver atrás. Desde entonces he aprendido cosas y ahora actuaría de forma distinta. Sólo quería que lo supieras. Cuando te vi jugando con Tony Aliso en el vídeo del casino, quise buscarte para decírtelo. Nada más.

Eleanor apagó el cigarrillo a medio fumar en el cenicero de cristal y le dio un buen trago a su whisky escocés.

– Bueno, debo irme -anunció, mientras se levantaba.

– ¿Necesitas que te lleve a algún sitio? -ofreció Bosch.

– No, gracias. Tengo coche.

Eleanor se encaminó hacia la salida, pero tras dar unos pasos se detuvo y volvió a la mesa.

– Tenías razón.

– ¿En qué?

– En que ya no me sirve de nada.

Dicho eso, se marchó. Bosch la observó mientras empujaba las puertas giratorias y se perdía en la noche.

Siguiendo las instrucciones que había escrito cuando habló con Rhonda por teléfono, Bosch llegó hasta Dolly's, en la calle Madison, en North Las Vegas. Aquél era un club de lujo, donde cobraban veinte dólares de entrada y había que tomar un mínimo de dos consumiciones. Un hombre enorme vestido de esmoquin (con el cuello tan almidonado que parecía estrangularle) acompañaba a los clientes a las mesas. Las bailarinas también eran de lo mejorcito; chicas jóvenes y bellas que aún no se atrevían a trabajar en los grandes espectáculos del Strip.

El individuo del esmoquin condujo a Bosch a una mesa del tamaño de un plato a poco más de dos metros del escenario, que en esos momentos se hallaba totalmente vacío.

– En seguida saldrá una nueva bailarina -le informó-. Disfrute del espectáculo.

Bosch no sabía si darle propina por sentarlo tan cerca del escenario y por soportar aquel uniforme o no. Finalmente lo dejó correr ya que el hombre no parecía esperarla. Bosch apenas había sacado los cigarrillos cuando una camarera vestida con un negligé de seda roja, tacones y medias de red se acercó y le recordó el mínimo de dos consumiciones. Bosch pidió cerveza.

Mientras esperaba, Harry echó un vistazo a su alrededor. No había mucha gente, probablemente por ser la noche de un lunes festivo. Como mucho habría unos veinte hombres; la mayoría iban solos y no miraban a los demás mientras aguardaban a la próxima mujer desnuda.

Unos espejos de cuerpo entero cubrían las paredes laterales y traseras de la sala. En el lado izquierdo había una barra y, detrás, una puerta arqueada con un rótulo de neón rojo que anunciaba: PRIVADO. Frente a ella se alzaba el escenario -momentáneamente oculto por un telón brillante-, del que salía una especie de pasarela que atravesaba la sala. Unos focos colgados del techo iluminaban la pasarela de forma que parecía brillar en contraste con el ambiente cargado y oscuro de las mesas.

Un presentador sentado en una cabina de sonido a la izquierda del escenario anunció que la próxima bailarina sería Randy. Acto seguido sonaron los primeros compases de una vieja canción de Eddie Money, Dos billetes al paraíso. Entonces irrumpió en el escenario una chica morena y alta, vestida con la parte superior de un bikini rosa fluorescente y unos tejanos cortados que mostraban la parte inferior de sus nalgas. Randy empezó a moverse al ritmo de la música.

Bosch se quedó perplejo. Era guapísima y se extrañó que estuviera haciendo eso. Siempre había creído que la belleza ayudaba a las mujeres a escapar de las peores penurias de la vida. Aquella mujer, aquella muchacha, era bella. Sin embargo, ahí estaba. Pensó que tal vez lo que atraía a aquellos hombres no era su desnudez, sino su sumisión; la emoción de saber que una más había caído. Bosch empezaba a creer que estaba equivocado con respecto a las mujeres guapas.

La camarera depositó las dos cervezas en la mesita y anunció que le debía quince dólares. Bosch estuvo a punto de pedirle que le repitiera el precio, pero en seguida comprendió que formaba parte del pago por el espectáculo. Le dio un billete de veinte y, cuando ella comenzó a buscar en el fajo que llevaba en la bandeja, Bosch le hizo un gesto para que se quedara con el cambio. Entonces la camarera lo cogió por el hombro y se agachó para susurrarle algo al oído, de forma que él pudiera verle bien el escote.

– Gracias, cariño. Avísame si necesitas algo más.

– Sí, una cosa. ¿Está Layla esta noche?

– No, no está.

Bosch asintió y la camarera se incorporó.

– ¿Y Rhonda? -preguntó Bosch.

– Ésa es Randy.

Ella le señaló el escenario, pero Bosch negó con la cabeza y le hizo un gesto para que se acercara.

– No, Rhonda, como la de la canción Ayúdame, ayúdame, Rhonda. ¿Sabes si trabaja hoy? Ayer estaba aquí.

– Ah, esa Rhonda. Sí, acabas de perderte su actuación. Ahora estará detrás, cambiándose.

Bosch se metió la mano en el bolsillo y depositó un billete de cinco en la bandeja.

– ¿Podrías decirle que el amigo de Tony con quien habló anoche quiere invitarla a una copa?

– Sí, claro.

La camarera le apretó de nuevo el hombro y se marchó. Bosch volvió su atención al escenario, donde Randy acababa de terminar su primera canción. La siguiente fue Abogados, pistolas y dinero, de Warren Zevon. Hacía tiempo que Bosch no la oía, pero recordó que había sido un verdadero himno de los policías de uniforme cuando él también lo era.