Al alzar la cabeza, Bosch vio salpicaduras de sangre en el interior de la puerta. Examinó las gotas durante un buen rato. Luego dio un paso atrás, se enderezó y se quedó contemplando el maletero mientras hacía una lista mental de posibilidades. Como no habían encontrado huellas de sangre en la pista forestal, todo apuntaba a que el hombre había sido asesinado en aquel claro. No obstante, seguía habiendo otros misterios: ¿por qué allí?, ¿por qué iba descalzo? y ¿por qué motivo le habían quitado las ligaduras de las muñecas? Bosch decidió aparcar esas cuestiones para más adelante.
– ¿Habéis buscado la cartera? -preguntó, sin mirar a sus compañeros.
– Todavía no -respondió Edgar-. ¿Lo conoces?
Por primera vez Bosch consideró la cara como una cara y vio que en ella todavía se marcaba el miedo. El hombre tenía los ojos cerrados, lo cual hacía suponer que había sido consciente de lo que le esperaba. Bosch se preguntó si la sustancia blancuzca de los ojos serían lágrimas secas.
– No, ¿y vosotros?
– No. Aunque es difícil con tanta sangre.
Con sumo cuidado, Bosch levantó la cazadora de cuero, pero no halló nada en los bolsillos traseros del pantalón. En cambio, al abrir la cazadora descubrió una cartera en el bolsillo interior, donde iba cosida la etiqueta de la lujosa tienda Fred Haber. Bosch también encontró un sobre de cartulina de una compañía aérea. Con la mano que le quedaba libre, sacó las dos cosas del bolsillo.
– Ya puedes cerrar -dijo Bosch, dando un paso atrás.
Edgar lo hizo con la misma delicadeza que un empleado de pompas fúnebres cierra un ataúd. A continuación Bosch fue hasta su maletín, se agachó y depositó encima de él los dos objetos que había encontrado.
Primero abrió la cartera. En la parte izquierda había todo un repertorio de tarjetas de crédito y en la derecha un permiso de conducir, según el cual el hombre se llamaba Anthony N. Aliso.
– Anthony N. Aliso -repitió Edgar-. Tony para los amigos, de ahí TNA. TNA Productions.
Aliso vivía en Hidden Highlands, una pequeña urbanización cerca de Mulholland, en las colinas de Hollywood. El sitio era uno de esos enclaves rodeados de muros y vigilados las veinticuatro horas por policías retirados o pluriempleados. Era una dirección en consonancia con el Rolls-Royce.
Bosch también encontró un buen fajo de dólares. Sin sacarlos de la cartera, contó dos de cien y nueve de veinte. Después de recitar la cantidad en voz alta para que Rider tomara nota, Bosch abrió el sobre de la compañía aérea American Airlines. Dentro halló un billete de Las Vegas a Los Ángeles con salida a las diez y media de la mañana del viernes. El nombre del viajero coincidía con el del permiso de conducir. Al no encontrar ningún adhesivo o papel grapado que indicara que el titular del pasaje hubiese facturado una maleta, Bosch dejó aquellas pruebas en el maletín y se dispuso a examinar el interior del coche.
– ¿No había equipaje? -inquirió.
– No -respondió Rider.
Bosch volvió a levantar la puerta del maletero. Se acercó al cuerpo y, con un dedo, alzó un poco el puño izquierdo de la cazadora. En la muñeca asomó un Rolex de oro con la esfera cuajada de diamantes.
– Mierda -dijo Edgar, a su espalda.
Harry se volvió.
– ¿Qué?
– ¿Quieres que llame a la DCO? -sugirió Edgar.
– ¿Por qué?
– Nombre italiano, sin robo, dos tiros en la cabeza. Esto es un ajuste de cuentas, Harry. Deberíamos llamar a la DCO.
– Aún no.
– Billets pensará lo mismo.
– Ya veremos.
Bosch examinó el cadáver una vez más, especialmente la cara ensangrentada y retorcida. Después cerró el maletero y caminó hasta el borde del calvero, desde donde se divisaba casi toda la ciudad. Al este, más allá de Hollywood, Harry no tuvo problema en distinguir los rascacielos del centro a pesar de la neblina. Bosch también observó que los focos del estadio de los Dodgers estaban encendidos para el partido de aquella noche. A un mes del final de la liga de béisbol, los Dodgers, con Nomo de lanzador, estaban empatados a puntos con Colorado. Bosch se había metido la entrada en el bolsillo interior de la cazadora, pero era perfectamente consciente de que ni se acercaría al estadio. Edgar estaba en lo cierto; todo indicaba que el asesinato era obra de la mafia. Por eso debían dar cuenta a la DCO, la División contra el Crimen Organizado, para que ellos se encargasen de la investigación, o cuando menos, los asesorasen. Sin embargo, Bosch estaba retrasando aquel momento. Hacía mucho tiempo que no llevaba un caso y no le apetecía nada cederlo.
Harry volvió a mirar hacia el Bowl, que parecía lleno hasta la bandera. El público formaba una elipse en la ladera de la colina opuesta. Las localidades más alejadas del auditorio se hallaban casi al mismo nivel que el claro donde habían encontrado el Rolls. Bosch se preguntó cuántas personas lo estarían mirando en esos momentos y de nuevo se enfrentó a su dilema: tenía que comenzar la investigación, pero temía pagar por la mala imagen que daría al departamento y la ciudad si sacaba el cadáver del maletero ante un público semejante.
Una vez más, Edgar pareció adivinar sus pensamientos.
– No te preocupes, Harry; ni se inmutarán. En el festival de jazz de hace unos años una pareja estuvo montándoselo aquí mismo durante media hora. Cuando acabaron, la gente se levantó para aplaudir y el tío hizo una reverencia. ¡En pelota picada!
Bosch se volvió para ver si hablaba en serio.
– Lo leí en el Times. En la columna «Estas cosas sólo pasan en Los Ángeles».
Jerry, esto es la Filarmónica. Es un público muy distinto, ¿no lo ves? Y no quiero acabar en una columna de cotilleos, ¿de acuerdo?
– De acuerdo.
Bosch miró a Rider, que apenas había abierto la boca.
– Kiz, ¿tú que opinas?
– No lo sé. El tres eres tú.
Antes de que rebajaran los requisitos físicos para atraer a más mujeres, Rider no habría conseguido entrar en el departamento de policía. Era bajita y de aspecto frágiclass="underline" medía un metro cincuenta y pesaba unos cuarenta y cinco kilos, pistola incluida. Tenía la tez de color marrón claro y el pelo alisado y corto. Aquel día iba con tejanos, una camisa rosa y una americana negra. Su cuerpo era tan menudo que la americana no lograba disimular la Glock 17 de nueve milímetros que llevaba en la cadera derecha.
Billets le había contado a Bosch que había conocido a Rider en la División del Pacífico. Allí esta última trabajaba en casos de robo y fraude, aunque de vez en cuando colaboraba en la investigación de homicidios con móvil económico. Según Billets, Rider podía analizar la escena de un crimen tan bien como cualquier veterano. Así pues, la teniente había usado su influencia para obtener el traslado de Rider, a pesar de estar resignada a que no se quedaría mucho tiempo en la división. Rider llegaría lejos. Su condición de minoría por partida doble, sumada a su eficacia en el trabajo, y al hecho de que tuviera un ángel de la guardia en el Parker Center -Billets no estaba segura de quién era- prácticamente le garantizaba el ascenso. Su estancia en Hollywood sería una última y breve sesión de entrenamiento antes de pasar a la Casa de Cristal.
– ¿Y los del garaje? -inquirió Bosch.
– Aún no hemos llamado -contestó Rider-. Pensamos que todavía tardaríamos un poco antes de mover el coche.
Bosch asintió, ya que eso era lo que esperaba oír. Los del Garaje Oficial de la Policía solían ser los últimos en acudir a la escena del crimen. Harry simplemente estaba ganando tiempo antes de tomar una decisión.
– De acuerdo, llamad -decidió finalmente-. Decidles que vengan ahora mismo y que traigan un camión con plataforma, ¿vale? Aunque tengan una grúa cerca, diles que necesito una plataforma. Hay un teléfono en mi maletín.
– De acuerdo -contestó Rider.
– ¿Para qué quieres un camión con plataforma, Harry? -preguntó Edgar.
Bosch no respondió.
– Nos llevamos toda la parada -repuso Rider.
– ¿Qué? -exclamó Edgar.
Rider se dirigió al maletín sin más explicaciones. Bosch contuvo una sonrisa al ver que la chica sabía perfectamente lo que se llevaba entre manos. Las esperanzas que Billets había puesto en ella comenzaban a verse confirmadas.