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A continuación, Bosch sacó un cigarrillo y lo encendió. Después metió la cerilla quemada bajo el celofán del paquete y se lo guardó en el bolsillo de la cazadora. Bosch fue a fumar al borde del claro y se percató de que desde allí la música se oía mucho mejor. Al cabo de unos segundos incluso logró identificar la pieza que estaban interpretando.

– Sherezade -pensó en voz alta.

– ¿Qué dices? -preguntó Edgar. -

Es el ballet de Sherezade, ¿lo conoces?

– No lo oigo. Hay demasiado eco.

Bosch chasqueó los dedos. Acababa de venirle a la cabeza la imagen de un arco, una especie de réplica del Arco del Triunfo de París.

– La dirección de Melrose -dijo-. Creo que es uno de esos estudios que hay al lado de la Paramount; el Archway.

– Sí, me parece que tienes razón.

– El remolque está en camino; tardarán unos quince minutos -anunció Rider-. También he avisado a los de Investigaciones Científicas y al forense. Todos vienen para aquí. Donovan viene de tomar unas huellas por un allanamiento de morada en Nichols Canyon, así que estará al caer.

– Muy bien -opinó Bosch-. ¿Alguno de vosotros ha hablado con el machote de la porra?

– Aparte del reconocimiento preliminar, no -le contestó Edgar-. No es nuestro tipo, así que decidimos dejárselo al tres. -Era del todo evidente que Edgar había notado la actitud racista de Powers.

– De acuerdo, ya me encargo yo -cedió Bosch-. Mientras tanto terminad de tomar notas y volved a registrar la zona circundante, turnándoos de lado.

Bosch en seguida se dio cuenta de que sus órdenes eran superfluas.

– Perdonad, vosotros ya sabéis qué hacer. Sólo lo decía porque hay que llevar este caso con cuidado. Tengo la sensación de que va a ser un ocho por diez.

– ¿Y la DCO? -insistió Edgar.

– Ya te lo he dicho. Todavía no.

– ¿Un ocho por diez? -preguntó Rider, perpleja.

– Un caso de ocho por diez, es decir, el asesinato de una estrella o alguien de la industria del cine -le explicó Edgar-. Si el tío del maletero era un pez gordo de los estudios, alguien del Archway, vamos a tener a la prensa pisándonos los talones. Desde luego mucho más que en otros casos. Un cadáver en el maletero de un Rolls es noticia, pero un tío de la industria del cine que aparece muerto en el maletero de su Rolls aún lo es más.

– ¿El Archway?

Bosch los dejó solos para que Edgar le explicara a Rider cómo se complicaba un caso de asesinato cuando estaban por medio los medios de comunicación y la industria del cine en Hollywood. Bosch se mojó los dedos para apagar el cigarrillo, lo metió con la cerilla consumida en el envoltorio de celofán y lentamente comenzó a recorrer el medio kilómetro que lo separaba de la carretera principal, Mulholland Drive. Caminaba con la mirada fija en la grava del camino, pero había tanta basura en el suelo y entre la maleza que resultaba imposible determinar si los deshechos -una colilla, una botella de cerveza o un condón usado- guardaban relación alguna con el Rolls. Lo que Harry buscaba con más interés era sangre, porque si lograba encontrar sangre de la víctima, eso sería un indicio de que Aliso había sido asesinado en otro lugar y luego llevado al claro. De no hallarlas, empezaría a convencerse de que el asesinato se había producido allí mismo.

Mientras llevaba a cabo ese registro, Bosch se notó relajado, incluso contento. Había vuelto al trabajo, a su misión. Si bien era consciente de que una persona tenía que haber muerto para que él se sintiera así, Harry en seguida se deshizo del sentimiento de culpa. Aquel hombre habría acabado en el maletero tanto si él hubiese vuelto a Homicidios como si no.

Cuando Bosch llegó a Mulholland vio dos coches de bomberos y un equipo de hombres que claramente aguardaban algo. Bosch encendió otro cigarrillo y miró a Powers.

– Tienes un problema -le advirtió el policía de uniforme.

– ¿Qué pasa?

Antes de que Powers respondiera, uno de los bomberos dio un paso al frente. Su casco blanco indicaba que era el jefe del equipo.

– ¿Es usted el encargado de esto? -inquirió.

– Sí.

– Soy Jon Friedman, jefe de bomberos -se presentó-. Tenemos un problema.

– Eso me han dicho.

– Verá, cuando termine el espectáculo del Bowl, dentro de noventa minutos, habrá unos fuegos artificiales. El problema es el cadáver de ahí arriba. Si nosotros no podemos instalarnos en el claro para vigilar los fuegos, tendremos que suspenderlos. No podemos arriesgarnos a que salte una chispa y se incendie toda la montaña. ¿Me entiende?

Bosch observó que a Powers le divertía verlo en aquel lío, pero decidió centrar su atención en Friedman.

– ¿Cuánto tiempo necesita?

– Diez minutos como máximo. Sólo tenemos que estar allí antes de que lancen el primer cohete.

– ¿Ha dicho que faltan noventa minutos?

– Ahora unos ochenta y cinco. Le advierto que la gente se va a enfadar mucho si no hay fuegos artificiales.

Bosch comprendió que, más que tomar decisiones, los demás las estaban tomando por él.

– Si ustedes se esperan aquí, nosotros nos iremos dentro de una hora y cuarto. No hará falta que anule el espectáculo.

– ¿Está seguro?

– Se lo prometo.

– ¿Oiga?

– ¿ Sí?

– Está usted infringiendo la ley con ese cigarrillo. -Friedman le indicó con la cabeza el cartel cubierto de pintadas.

– Perdone.

Bosch se dirigió a la carretera para pisotear el cigarrillo mientras Friedman regresaba a su coche para anunciar por radio que se celebraría el espectáculo. De pronto, Bosch cayó en la cuenta del posible peligro y salió tras él.

– Oiga, diga que el espectáculo sigue en pie, pero no mencione nada sobre el cadáver. No nos interesa una invasión de los medios, con helicópteros y toda la parafernalia.

– Entendido.

Después de darle las gracias, Bosch se volvió hacia Powers.

– No podrás salir de ahí en una hora y cuarto -opinó Powers-. Si ni siquiera ha llegado el forense…

– Eso déjamelo a mí. ¿Has escrito tu declaración?

– Aún no; estaba hablando con esta gente. Me habría ido bien que llevaseis un walkie-talkie para poder avisaros.

– De acuerdo. Pues cuéntamelo a mí directamente.

– ¿Y ellos? -preguntó Powers, señalando hacia el calvero-. ¿Por qué no vienen a entrevistarme Edgar o Rider?

– Porque están ocupados. ¿Me vas a contar lo que pasó o no?

– Ya te lo he contado.

– Desde el principio, Powers. Sólo me has dicho lo que hiciste cuando registraste el coche. ¿Qué te hizo sospechar?

– No sé qué decirte. Suelo pasar por aquí cuando hago la ronda, para ahuyentar a los gamberros.

Entonces Powers apuntó al otro lado de Mulholland Drive, a la cresta de la montaña. Allí había varias casas, casi todas sobre pilares. Parecían caravanas suspendidas en el aire.

– La gente de allá arriba nos llama continuamente para denunciar hogueras, juergas, aquelarres y yo qué sé qué. Supongo que este lado les estropea la vista. Así que yo subo y barro la basura, es decir, a los gamberros del valle de San Fernando. El cuerpo de bomberos había cerrado el paso con una verja, pero un cabrón se la cargó hace seis meses. El ayuntamiento tarda como mínimo un año en reparar cualquier cosa por esta zona. Con decirte que pedí pilas hace tres semanas y aún estoy esperando… Si no me las comprara yo mismo, tendría que hacer la maldita ronda nocturna sin linterna. A ellos les da igual. En esta maldita ciudad…

– Al grano. ¿Qué pasó con el Rolls?

– Sí, bueno, normalmente subo por la noche, pero, como hoy había concierto en el Bowl, decidí venir antes. Entonces vi el Rolls.

– ¿Subiste por iniciativa propia? ¿No hubo ninguna queja de los vecinos?

– No. Hoy he venido por mi cuenta, por lo del concierto. Supuse que se colarían algunos.

– ¿Y se colaron?

– Unos cuantos…, para escuchar el concierto de gorra. No era la gentuza de siempre porque es una música, no sé…, refinada. De todas formas los eché y, cuando se fueron, sólo quedó el Rolls. Sin dueño.

– Así que le echaste un vistazo.

– Sí, y en seguida reconocí el olor. Lo abrí con la palanqueta y allí estaba el cadáver. Entonces me retiré y llamé a los profesionales.

Powers pronunció esta última palabra con una leve nota de sarcasmo, pero Bosch decidió pasarlo por alto.

– ¿Identificaste la gente que echaste?

– No, ya te he dicho que primero los eché y luego me di cuenta de que nadie se había llevado el Rolls. Para entonces ya era demasiado tarde.