– ¿Qué quiere hacer con la pistola? -preguntó Harry.
– La quiero aquí lo antes posible. Edgar ha convencido a alguien de la oficina del forense para que haga la autopsia esta tarde. Eso quiere decir que esta noche tendremos las balas y, si nos traes la pistola, podemos llevarlo todo a Balística mañana por la mañana. Hoy es martes. Dudo que se celebre una vista de extradición antes del jueves, y para entonces ya habremos recibido los resultados de Balística.
– De acuerdo. Cogeré el avión.
– Muy bien.
Bosch notó algo extraño en el tono de Billets. Parecía preocupada, y Harry sabía que no era ni por el resultado de Balística ni por lo que estaba comiendo.
– Teniente -le dijo-. ¿Qué pasa? ¿Hay algo que yo no sepa?
Ella vaciló un instante.
– La verdad es que sí.
Bosch comenzó a ruborizarse. Se imaginó que Felton lo había engañado y le había contado a Billets el asunto de Eleanor Wish.
– ¿Qué ha pasado?
– He identificado al hombre que entró en la oficina de Tony Aliso.
– Genial -contestó Bosch, aliviado. Sin embargo, le sorprendió el tono reticente de Billets-. ¿Quién es?
– De genial nada. Era Dominic Carbone, de la DCO.
Bosch se quedó mudo.
– ¿Carbone? ¿Qué coño…?
– No lo sé. Estoy intentando averiguar qué pasa. Me gustaría que estuvieras en Los Ángeles para decidir qué hacemos con todo esto. Goshen puede esperar hasta la vista de extradición; no va hablar con nadie excepto con su abogado. Si vuelves pronto, nos reuniremos todos para discutir el caso. Aún no he hablado con Kiz ni con Jerry porque siguen trabajando en el tema financiero.
– ¿Cómo identificó a Carbone?
– Por pura casualidad. Esta mañana, después de hablar contigo y el capitán, no tenía mucho que hacer en la comisaría, así que me fui a la central a ver a una amiga, una teniente como yo que trabaja en Crimen Organizado: Lucinda Barnes. ¿La conoces?
– No.
– Bueno, pues me fui a verla. Quería indagar un poco, intentar averiguar por qué la DCO había pasado de este caso. Y, mira por dónde, estábamos ahí hablando cuando entró un tío. Su cara me sonaba mucho, pero no me acordaba de quién era. Así que se lo pregunté a mi amiga y ella me contestó que era Carbone. Entonces caí. Era el tío del vídeo; iba arremangado, así que también le vi el tatuaje. Era él.
– ¿Y se lo dijo a su amiga?
– Qué va. Me comporté con naturalidad y salí a escape. Si quieres que te sea sincera, no me hace ninguna gracia esta conexión interna; no sé muy bien qué hacer.
– Ya se nos ocurrirá algo. Bueno, la dejo. Estaré ahí lo antes posible. Lo que puede hacer mientras tanto, teniente, es usar su influencia con los de Balística. Avisarles de que iremos con un código tres mañana por la mañana.
Billets acordó hacer todo lo posible.
Después de reservar el billete de regreso a Los Ángeles, Bosch tuvo el tiempo justo de coger un taxi al Mirage, pagar la factura y pasar por el apartamento de Eleanor para despedirse. Por desgracia, nadie contestó a la puerta. Como no conocía su coche, no pudo descubrir si se hallaba entre los vehículos aparcados. Harry esperó cuanto pudo, pero se arriesgaba a perder el avión. Entonces arrancó una página de su libreta, escribió una nota rápida diciendo que la llamaría y la colocó en el resquicio de la puerta para que cayera al suelo cuando Eleanor la abriera.
Bosch quería esperar un rato más para hablar con ella en persona, pero tuvo que renunciar a ello. Veinte minutos más tarde emergió de la oficina de seguridad del aeropuerto, con la pistola de Goshen envuelta en una bolsa de plástico y metida en su maletín. Y al cabo de cinco minutos se hallaba a bordo de un avión con rumbo a Los Ángeles.
III
Cuando Bosch entró en el despacho de Billets, en seguida notó que estaba preocupada.
– Hola, Harry.
– Hola. Acabo de dejar la pistola en Balística; sólo estaban esperando a que llegaran las balas. No sé con quién ha hablado, pero ha surtido efecto.
– Bien.
– ¿Dónde están los demás?
– En el Archway. Kiz se ha pasado la mañana en Hacienda y después ha ido a ayudar a Jerry con las entrevistas a los socios de Aliso. También le he pedido a Fraudes que nos cediera un par de expertos para repasar la contabilidad de Aliso. Ahora mismo están localizando las cuentas corrientes de las empresas fantasmas para embargarlas. Cuando congelemos el dinero, es posible que salgan de quién sabe dónde unas cuantas personas de carne y hueso. Mi teoría es que Aliso no sólo blanqueaba dinero para Joey El Marcas; hay demasiada pasta en juego. Si los cálculos de Kiz son correctos, Aliso debía de trabajar para casi todos los mafiosos al oeste de Chicago.
Bosch asintió.
– Ah, por cierto -prosiguió Billets-. Le he dicho a Jerry que tú te encargarías de la autopsia para que él pueda quedarse en el Archway. Y a las seis os quiero a todos aquí para hablar de lo que tenemos.
– Vale. ¿A qué hora es la autopsia?
– A las tres y media. ¿Te va mal?
– No. ¿Puedo preguntarle una cosa? ¿Por qué ha llamado a Fraudes en lugar de a Crimen Organizado?
– Por razones obvias. No sé qué hacer con Carbone y la DCO. No sé si llamar a Asuntos Internos, hacer la vista gorda o qué.
– Bueno, no podemos hacer la vista gorda porque ellos tienen algo que nosotros necesitamos. Y si llama a Asuntos Internos, ya podemos olvidarnos del caso porque lo paralizarán todo.
– ¿Qué es lo que tienen?
– Pues si Carbone se llevó un micrófono de esa oficina…
– Habrá grabaciones, claro. Joder, no había pensado en eso.
Los dos se quedaron un rato en silencio. Finalmente Bosch tomó asiento frente a Billets.
– Déjeme hablar con Carbone para intentar averiguar qué estaban haciendo y conseguir las cintas -sugirió Bosch-. Ahora mismo tenemos la sartén por el mango.
– Podría tratarse de algo entre Fitzgerald y el gran jefe.
– Es posible.
Billets se refería a la rencilla interdepartamental entre el subdirector Leon Fitzgerald, responsable de la DCO durante más de una década, y el hombre que teóricamente estaba por encima de él, el jefe de la policía de Los Ángeles. Durante el tiempo que llevaba al mando de la División contra el Crimen Organizado, Fitzgerald había adquirido una fama parecida a la de John Edgar Hoover en el FBI; la de guardián de secretos que no dudaba en emplear para proteger su presupuesto, su división y su propio cargo. Se le acusaba de poner más interés en investigar a ciudadanos honrados, policías y oficiales elegidos por la ciudad que a gángsters a los que su división tenía como misión erradicar. En el departamento nadie ignoraba que Fitzgerald y el a la sazón jefe de policía mantenían una lucha por el poder. El jefe quería controlar la DCO, pero Fitzgerald no se sometía. Al contrario, su ambición era ampliar su dominio para llegar a ser jefe de policía. En esos momentos la lucha se hallaba en una fase de intercambio de descalificaciones. El jefe no podía despedir a Fitzgerald debido a sus derechos como funcionario. Tampoco podía obtener apoyo de la comisión de policía, el alcalde o los concejales de la ciudad porque, por lo visto, Fitzgerald poseía gruesos expedientes sobre cada uno de ellos y también sobre el jefe. Esos altos cargos no sabían con exactitud el contenido de los expedientes, pero se imaginaban lo peor que habían hecho en su vida. Por eso no apoyarían un ataque a Fitzgerald sin antes tener la seguridad de que no saldrían trasquilados.
Aunque en gran parte se trataba de rumores o leyendas del departamento, Bosch sabía que tenía que haber un fondo de verdad. Al igual que a Billets, a Harry no le apetecía remover el asunto, pero se ofreció a hacerlo porque no le quedaba otro remedio. Tenía que averiguar lo que había estado haciendo la DCO y lo que estaba protegiendo Carbone al entrar ¡legalmente en el despacho de Aliso.