Salazar llevaba su larga melena negra recogida en una coleta y tapada con un gran gorro de papel. Como iba en una silla de ruedas, trabajaba en una mesa más baja especialmente preparada para él. Aquello proporcionaba a Bosch una mejor perspectiva del cadáver.
Durante años Bosch había bromeado con Salazar mientras éste realizaba autopsias. Sin embargo, desde su baja de nueve meses tras el accidente de moto y su regreso en una silla de ruedas, Salazar ya no había sido el hombre alegre de antaño. Rara vez conversaba con la gente.
Bosch contempló a Salazar mientras éste raspaba la sustancia blancuzca de los rabillos de los ojos de Aliso con el lado romo de un escalpelo.
El forense depositó el polvillo obtenido en un papel absorbente, que colocó en una placa de Petri. Finalmente puso la placa en una bandeja junto a las probetas llenas de sangre, orina y otras muestras que había extraído del cadáver para analizarlas.
– ¿Crees que son lágrimas? -preguntó Bosch.
– No, es demasiado espeso. Es algo que tenía en los ojos o en la piel. Ya lo averiguaremos.
Bosch asintió y Salazar comenzó a abrir el cráneo para examinar el cerebro.
– Menudo destrozo -comentó.
Minutos después, con la ayuda de unas pinzas largas, extrajo dos fragmentos de bala, que dejó caer en el plato. Bosch se acercó y, cuando los vio, frunció el ceño. Al menos una de las balas se había roto con el impacto y seguramente no serviría.
Acto seguido Salazar sacó una bala entera y la depositó sobre la bandeja.
– Ésta te valdrá -concluyó.
Bosch echó un vistazo. A consecuencia del impacto, la bala se había abierto como una flor, pero al menos la mitad del proyectil seguía intacta y presentaba los pequeños arañazos que se producían al salir por el cañón de la pistola. Harry comenzaba a animarse.
– Sí, puede ser.
La autopsia finalizó al cabo de diez minutos. En total Salazar le había dedicado a Aliso cincuenta minutos de su tiempo; algo más de lo habitual. Bosch leyó en una hoja que aquélla era la undécima autopsia de Salazar ese día.
Salazar limpió las balas y las metió en una bolsa especial para pruebas. Al entregársela a Bosch, le dijo que le informaría de los resultados de los análisis en cuanto los tuviera. Salazar también consideró importante mencionar que el hematoma en la mejilla de Aliso había sido causado cuatro o cinco horas antes de su muerte. A Bosch le pareció curioso, ya que significaba que alguien había golpeado a Aliso mientras estaba en Las Vegas, a pesar de que lo habían matado en Los Ángeles. Harry le dio las gracias a Salazar, a quien llamó Sally como lo hacía mucha gente, y se marchó. Ya estaba en el pasillo cuando recordó algo que le hizo dar media vuelta. Bosch asomó la cabeza por la puerta de la sala de autopsias y vio a Salazar envolviendo el cuerpo con una sábana y colocando bien la etiqueta de identificación que le habían colgado en el dedo gordo del pie.
– Eh, Sally, el tío tenía hemorroides, ¿no?
Salazar lo miró sorprendido.
– ¿Hemorroides? No. ¿Por qué lo dices?
– Porque encontré un tubo de pomada en la guantera del coche. Estaba empezada.
– Pues… No sé, pero de hemorroides nada.
Bosch estuvo tentado de preguntarle si estaba seguro, pero sabía que sería insultante. Así que se marchó sin decir nada.
Los detalles eran la clave de cualquier investigación; nunca debían olvidarse ni perderse de vista. Mientras se dirigía a la salida, Bosch le daba vueltas al detalle de la pomada que había hallado en la guantera del Rolls-Royce. Si Tony Aliso no padecía de hemorroides, ¿a quién pertenecía la pomada y por qué estaba en el coche? Podría haber considerado que carecía de importancia, pero Bosch no trabajaba así. Para él todo era importante en una investigación. Absolutamente todo.
Estaba tan inmerso en esta cuestión que llegó al aparcamiento sin ver a Carbone, que lo esperaba fumando un cigarrillo. Bosch lo había dejado un rato antes en la DCO, porque el policía le había pedido un par de horas para obtener las grabaciones. Bosch había accedido, pero no le había dicho que iba a una autopsia. Carbone debía de haber averiguado su paradero a través de la comisaría de Hollywood, aunque Bosch no pensaba preguntárselo. No quería mostrar ni la más mínima preocupación por el hecho de que lo hubiesen localizado con tanta facilidad.
– Bosch.
– Sí. -Hay alguien que quiere hablar contigo.
– ¿Quién? ¿Cuándo? Quiero las cintas, Carbone.
– Tranquilo. Ven.
Carbone condujo a Bosch a la segunda fila del aparcamiento, donde los aguardaba un automóvil con los cristales ahumados y el motor en marcha.
– Sube atrás -le ordenó Carbone.
Bosch se acercó a la puerta con aire despreocupado, la abrió y entró. En el asiento trasero estaba Leon Fitzgerald. El jefe de la División contra el Crimen Organizado era un hombre de casi dos metros, por lo que las rodillas le topaban con el respaldo del asiento delantero. Lucía un magnífico traje de seda azul, llevaba gafas de montura metálica y sostenía un cigarro entre los dedos. Debía de rondar los sesenta años, por lo que el pelo negro azabache era teñido. Sus ojos azules y su piel pálida delataban que era una criatura nocturna.
Jefe -le saludó Bosch.
Harry no conocía a Fitzgerald personalmente, pero lo había visto a menudo en funerales de policías y en las noticias de televisión. Leon Fitzgerald era la única cara conocida de la DCO, puesto que nadie más posaba ante las cámaras, por motivos de seguridad.
– Detective Bosch -contestó Fitzgerald-. Le conozco, bueno, conozco sus hazañas. A lo largo de estos años me han sugerido más de una vez su nombre como candidato para nuestra unidad.
– ¿Y por qué no me ha llamado?
Carbone, que se había sentado al volante, los condujo a través del aparcamiento.
– Porque ya le he dicho que le conozco -continuó Fitzgerald-. Y sabía que usted no dejaría Homicidios. Los asesinatos son su vocación, ¿verdad?
– Más o menos.
– Lo cual nos lleva al caso de homicidio que está usted investigando actualmente. Dom, por favor.
Con una mano, Carbone le pasó una caja de zapatos por encima del asiento. Fitzgerald la colocó sobre el regazo de Bosch. Al abrirla, Harry descubrió que estaba llena de casetes, todas ellas fechadas.
– ¿Son del teléfono de Aliso? -preguntó.
– Evidentemente.
– ¿Cuánto tiempo lo espiaron?
– Solamente nueve días. No obtuvimos resultados, pero las cintas son vuestras.
– ¿Y qué quiere a cambio, jefe?
– ¿Que qué quiero?
Fitzgerald miró por la ventana más allá del aparcamiento, hacia la vieja estación de maniobras del ferrocarril.
– ¿Que qué quiero? -repitió-. Quiero al asesino, por supuesto. Pero también quiero que vaya con cuidado, Bosch. El departamento ha pasado por muchos problemas en los últimos años. No nos conviene sacar a relucir los trapos sucios.
– Quiere que eche tierra al asunto.
Nadie dijo nada, pero no hacía falta. Todos los presentes sabían que Carbone obedecía órdenes, probablemente del propio Fitzgerald.
– Entonces tiene que contestarme a unas preguntas.
– Adelante.
– ¿Por qué pincharon el teléfono de Aliso?
– Por la misma razón que se pincha cualquier teléfono. Nos llegaron rumores sobre él y decidimos averiguar si eran ciertos.
– ¿Qué rumores?
– Que estaba metido en negocios sucios, que era un chorizo que blanqueaba dinero para la mafia de tres estados. Acabábamos de comenzar a investigarlo cuando lo mataron.