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– ¿Y por qué pasaron del caso cuando yo los llamé?

Fitzgerald dio una larga calada al cigarro, cuyo aroma impregnaba todo el coche.

– Esa pregunta tiene una respuesta compleja, detective. Baste con decir que preferimos mantenernos al margen.

– Era una escucha ilegal, ¿no?

– La ley de este estado pone muy difícil reunir los requisitos necesarios para justificar una escucha. Los federales pueden hacerlo cuando les apetece, pero nosotros no, y a veces no queremos trabajar con los federales.

– Pero eso no explica por qué pasaron del caso. Podrían habérnoslo quitado de las manos para controlarlo, enterrarlo o hacer con él lo que quisieran. Así nadie habría sabido nada sobre sus escuchas ilegales.

– Tal vez nos equivocamos.

Bosch comprendió que lo habían subestimado a él y a su equipo. Creyeron que nadie descubriría el robo del micrófono ni la participación de la unidad antimafia. En ese momento Bosch se dio cuenta del tremendo poder que tenía sobre Fitzgerald. La información sobre la escucha ilegal era justo lo que necesitaba el jefe de policía para deshacerse de su rival.

– ¿Y qué más saben de Aliso? -preguntó Bosch-. Lo quiero todo. Si me entero de que me han ocultado algo, el trabajito ilegal de Carbone saldrá a la luz, ¿me entiende?

Fitzgerald dejó de mirar por la ventanilla para encararse con Bosch.

– Le entiendo perfectamente, pero no crea que tiene las cartas más altas en esta partida.

– Pues ponga las suyas sobre la mesa.

– Detective, voy a cooperar totalmente con usted, pero quiero que tenga en cuenta una cosa. Si intenta perjudicarme a mí o a alguien de mi división, yo le perjudicaré a usted. Por ejemplo, está el asunto de pasar la noche en compañía de un delincuente convicto.

Fitzgerald dejó que la acusación flotara en el aire, como el humo de su cigarro. Bosch se quedó estupefacto e indignado, pero hizo un esfuerzo por tragarse las ganas de estrangular a Fitzgerald.

– Hay una regla del departamento que prohíbe que un agente se relacione con delincuentes. Estoy seguro de que usted conoce y comprende la necesidad de dicha regla. Si se supiera esto sobre usted, su trabajo peligraría. ¿Qué haría entonces con su vocación?

Bosch no respondió, sino que miró directamente por encima del asiento, hacia el parabrisas. Fitzgerald se acercó hasta casi susurrarle al oído:

– Esto es lo que hemos descubierto sobre usted en menos de una hora. ¿Y si le dedicáramos un día? ¿O una semana? -le amenazó-. Ah, y puede decirle a su teniente que sí hay un «techo de cristal» en el departamento para lesbianas, especialmente si sale a la luz lo de la escucha. Su amiguita podría llegar más lejos por ser negra, pero la teniente tendrá que irse acostumbrando a Hollywood porque ahí se quedará.

Fitzgerald volvió a recostarse en el asiento y su voz recobró el tono normal.

– ¿Entendido, detective Bosch?

Bosch se volvió y finalmente le miró a los ojos.

– Entendido.

Después de dejar las balas que Salazar había extraído del cadáver en el laboratorio de balística de Boyle Heights, Bosch llegó a la División de Hollywood justo cuando todos se dirigían al despacho de Billets para la reunión de las seis.

Tras presentarle a Russell y Kuhlken, los dos investigadores de Fraudes, Billets dio por empezada la reunión. En el despacho también se hallaba presente Matthew Gregson, un ayudante del fiscal que se encargaba de querellas especiales: casos contra miembros del crimen organizado, agentes de policía y otros asuntos delicados.

El primero en tomar la palabra fue Bosch, que relató de manera concisa los hechos ocurridos en Las Vegas, explicó los primeros resultados de la autopsia y dio cuenta de su visita al laboratorio de balística del departamento. Informó de que los del laboratorio le habían prometido tener listas las conclusiones a las diez de la mañana siguiente, pero no mencionó a Carbone ni a Fitzgerald. No por la amenaza de éste -o al menos eso se dijo a sí mismo-, sino porque era preferible no comentar el tema ante un grupo tan numeroso, sobre todo con un fiscal presente. Al parecer Billets compartía su opinión, puesto que no le hizo ninguna pregunta.

La siguiente en intervenir fue Rider. La detective había hablado con el inspector de Hacienda asignado al caso de TNA Productions, un tal Hirchsfield, aunque no había obtenido demasiada información.

– Por lo visto, Hacienda tiene un programa especial para confidentes; si delatas a un evasor de impuestos, recibes un porcentaje de la suma evadida -explicó Rider-. Así es como empezó todo esto. El único problema es que, según Hirchsfield, el aviso fue anónimo, o sea que la persona que delató a Aliso no quería dinero. Hacienda recibió una carta de tres páginas que daba detalles sobre el negocio de blanqueo de dinero de Tony Aliso. Hirchsfield no me la dejó ver, porque, aunque era anónima, el reglamento del programa exige que todo sea confidencial y el lenguaje específico de la carta podría llevar a la identificación del autor…

– Eso es una tontería -intervino Gregson.

– Es posible -concedió Rider-, pero no pude hacer nada.

– Dame el nombre de ese tío y ya lo intentaré yo.

– Muy bien. Total, que los del fisco recibieron esta carta, consultaron en sus archivos el historial de TNA y concluyeron que la carta tenía fundamento. Por esa razón, el 1 de agosto notificaron a Aliso que iban a hacerle una auditoria a finales de este mes. Eso es todo lo que le saqué a Hirchsfield -admitió Rider-. Ah, sí. También me dijo que la carta anónima llevaba matasellos de Las Vegas.

Bosch casi asintió sin querer, porque ese último dato encajaba con algo que le había contado Fitzgerald.

– Bueno, ahora pasamos a los socios de Tony Aliso -prosiguió Rider-. Jerry y yo hemos entrevistado a casi toda la gente que trabajaba en esas porquerías que Aliso llamaba películas. Por lo visto, el tío reclutaba a sus «artistas» en diversas escuelas de cine locales, academias baratas de arte dramático y bares de strip-tease, pero tenía cinco colaboradores habituales en la realización. Jerry y yo los interrogamos por separado y concluimos que no sabían nada sobre la financiación de las películas ni las cuentas de la empresa. Estaban pez, ¿no, Jerry?

– -convino Edgar-. Personalmente, creo que Tony los eligió porque eran un poco tontos y no hacían preguntas incómodas. Primero los mandaba a las facultades de cine de Los Ángeles para pescar a algún chico que quisiera dirigir o escribir el guión. Luego se iban a Hollywood Boulevard o a La Cienaga para buscar a chicas para interpretar los papeles femeninos. Rider y yo hemos llegado a la conclusión de que Tony era el único que participaba en el negocio de blanqueo de dinero. Sólo lo sabían él y sus clientes.

– Lo cual nos lleva a vosotros -dijo Billets, con la vista fija en Russell y Kuhlken-. ¿Habéis encontrado algo?

Kuhlken respondió que todavía estaban hasta el cuello de papeles y facturas, pero que habían descubierto que el dinero de TNA Productions iba a varias empresas fantasma en California, Nevada y Arizona. El dinero pasaba a las cuentas bancarias de TNA y luego se invertía en otras compañías aparentemente legítimas. Kuhlken agregó que, cuando tuvieran pruebas suficientes, podrían ampararse en la legislación federal en materia fiscal para requisar el dinero, basándose en que se trataba de fondos ilegales de una empresa clandestina. Russell explicó que, desgraciadamente, los trámites eran largos y complejos. Todavía tardarían al menos una semana en poder mover un dedo.

– Tomaos el tiempo que haga falta -les dijo Billets. Luego miró a Gregson-. Bueno, ¿cómo lo ves?