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– Creo que vamos bien -respondió Gregson tras meditarlo un instante-. Mañana a primera hora llamaré a Las Vegas para averiguar quién lleva la vista de extradición. Puede que yo tenga que ir a controlar este tema. No me hace mucha gracia que estemos todos aquí mientras Goshen sigue en Nevada con ellos. Si tenemos suerte con los resultados de Balística, creo que Harry y yo deberíamos ir a Las Vegas a buscar a Goshen.

Bosch asintió.

– Después de escuchar vuestros informes, sólo tengo una pregunta -prosiguió Gregson-. ¿Por qué no hay alguien de Crimen Organizado en esta reunión?

Billets miró a Bosch y, con un gesto casi imperceptible, le pasó a él la pregunta.

– Les informamos del asesinato y de la identidad de la víctima, pero no les interesó el caso porque no conocían a Tony Aliso -respondió Bosch-. Hace menos de dos horas que he hablado con Leon Fitzgerald y le he contado lo que sabemos. Él me ha ofrecido la asistencia de su equipo, pero cree que ya hemos avanzado demasiado en la investigación para meter a gente nueva. Nos ha deseado buena suerte con el caso.

Gregson lo miró fijamente antes de asentir. El fiscal, de unos cuarenta y tantos años, tenía el pelo corto y muy canoso. Bosch nunca había trabajado con él, pero lo conocía de oídas. Gregson llevaba mucho tiempo en el cargo, el suficiente para intuir que las palabras de Bosch ocultaban algo más y para comprender cuándo era mejor no inmiscuirse.

– Muy bien -intervino Billets, cambiando de tema-. ¿Y si discutimos un par de teorías antes de dejarlo por hoy? ¿Qué creéis que le pasó a este hombre? Comenzamos a tener mucha información y muchas pruebas, pero ¿qué le ocurrió?

Billets recorrió con la mirada las caras de los presentes, hasta que Rider rompió el silencio.

– Yo creo que la inspección fiscal lo desencadenó todo -sugirió-. Aliso recibió la notificación por correo y cometió el error fatídico de decirle a su cliente en Las Vegas que el fisco iba a revisar sus cuentas y que el pastel podría descubrirse. Joey El Marcas reaccionó como suelen reaccionar los tipos de su calaña; se lo cargó. Le ordenó a Goshen, uno de sus esbirros, que siguiera a Tony a Los Ángeles para que todo sucediera lejos de Las Vegas.

Los presentes hicieron un gesto de aprobación con la cabeza, Bosch incluido. La información que le había proporcionado Fitzgerald también coincidía con esa explicación.

– Era un buen plan -continuó Edgar-. El único error fueron las huellas dactilares que Artie Donovan sacó de la cazadora. Tuvimos una potra increíble. Si no las hubiéramos encontrado, no creo que hubiéramos descubierto nada más.

– O quizá sí -intervino Bosch-. Las huellas de la cazadora lo aceleraron todo, pero la Metro ya estaba investigando un aviso anónimo de alguien que oyó a Goshen hablar de asesinar a un tío y meterlo en un maletero. Tarde o temprano nos habría llegado la información.

– Mejor temprano -comentó Billets-. ¿Hay alguna teoría alternativa que debiéramos investigar? ¿Qué pasa con la esposa, el guionista indignado o sus otros socios?

– De momento nada -contestó Rider-. Está claro que no había mucha pasión entre la víctima y su mujer, pero de momento ella parece libre de sospecha. Yo solicité una orden de registro para comprobar la lista de entradas y salidas de la urbanización. Según esa lista, el coche de la señora Aliso no salió de Hidden Highlands el viernes por la noche.

– ¿Y la carta que recibió Hacienda? -inquirió Gregson-. ¿Quién la envió? Obviamente alguien que sabía muy bien lo que Aliso se llevaba entre manos, pero ¿quién?

– Todo este asunto podría tratarse de una lucha jerárquica en el grupo de Joey El Marcas-contestó Bosch-. Como ya he explicado antes, Goshen se extrañó cuando vio la pistola e insistió muchísimo en que se la habían colocado… No sé, tal vez alguien avisó al fisco a sabiendas de que matarían a Tony y que después podrían cargarle el muerto a Goshen. Con Goshen fuera de juego, esa persona subiría automáticamente en el escalafón.

– ¿Quieres decir que Goshen no lo hizo? -preguntó Gregson con cara de sorpresa.

– No. Es probable que Goshen apretara el gatillo, pero no se imaginaba que esa pistola iba a aparecer detrás del retrete. Además, no tiene ningún sentido guardarla. Supongamos que Goshen se cargó a Tony a instancias de Joey y después le dio la pistola a alguien de su banda para que se deshiciera de ella. Esa persona pudo plantársela en su casa; la misma persona que envió la carta a Hacienda para poner todo esto en marcha. Y ahora, si nosotros empapelamos a Goshen, el tío que colocó la pistola y mandó la carta tiene el campo libre para subir en la organización.

Bosch vio que los demás estaban sopesando su teoría.

– Quizá Goshen no sea el objetivo de todo el golpe -sugirió Rider, y todas las miradas se posaron en ella-. Es posible que haya una jugada más. Tal vez alguien quiere librarse de Goshen y Joey para ocupar su lugar.

– ¿Y cómo se desharán de Joey? -preguntó Edgar.

– A través de Goshen -contestó Rider.

– Si Balística confirma que su pistola es el arma del crimen, Goshen está jodido -explicó Bosch-. Le caerá la pena de muerte o la perpetua sin posibilidad de conmutación. A no ser que nos dé algo.

– A Joey -contestaron Gregson y Edgar al unísono.

– Entonces, ¿quién escribió la carta? -preguntó Billets.

– ¿Quién sabe? -respondió Bosch-. Yo no conozco la organización en Las Vegas, pero los policías de allá mencionaron a un abogado, un tipo que lleva todos los asuntos de Joey. Él sabría lo del negocio sucio de Aliso y podría haber planeado todo esto. Debe de haber unas cuantas personas cercanas a Joey capaces de hacerlo.

Todos se quedaron un buen rato en silencio; la teoría tenía sentido. Era el momento propicio para dar por terminada la reunión.

– Buen trabajo -les felicitó Billets-. Matthew, gracias por venir. Te llamaré en cuanto recibamos los resultados de Balística por la mañana.

Todos se levantaron.

– Kiz y Jerry, uno de vosotros tendrá que acompañar a Bosch a Las Vegas para realizar la escolta de extradición. Son las normas. Podéis jugároslo a cara o cruz -propuso Billets-. Ah, Harry, ¿podrías quedarte un momento? Quiero consultarte algo sobre otro caso.

Después de que los otros se hubieran marchado, Billets le pidió a Bosch que cerrara la puerta. Bosch obedeció y se sentó en una de las sillas que había frente a la mesa de la teniente.

– Bueno, ¿qué ha pasado? -le preguntó Billets-. ¿Has hablado con Fitzgerald?

– Más bien él habló conmigo.

– ¿Y qué pasa?

– Pues que ellos tampoco sabían quién coño era Aliso hasta que recibieron una carta, probablemente la misma que llegó a Hacienda. Tengo una copia. La carta contiene detalles que revelan que el delator estaba enterado de todo, tal como sospechaba Kiz. El sobre que recibió la DCO también llevaba matasellos de Las Vegas e iba dirigido a Leon Fitzgerald.

– Y por eso pincharon el teléfono de su despacho.

– Eso es. Fue una escucha ilegal. Acababan de empezar (tengo las cintas correspondientes a nueve días) cuando yo llamé y les dije que Tony había sido asesinado, y les entró el pánico. Ya conoce la relación de Fitzgerald con el jefe. Si se descubría que ellos habían pinchado el teléfono de Tony y que indirectamente habían provocado su muerte porque Joey El Marcas se enteró, el jefe habría tenido todo lo necesario para expulsar a Fitzgerald y recuperar el control de la División.