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– Pues claro; acaban de matar a su novio. Cree que la gente va a pensar que ella sabe algo y no es verdad. Está muy acojonada.

Bosch le dio a Pandora el número de su casa y le pidió que se lo pasara a Layla si la veía.

Después de colgar, Harry volvió a consultar el reloj y sacó la pequeña agenda que guardaba en la chaqueta. Cuando llamó a casa de Billets, contestó un hombre, su marido. Bosch se disculpó por telefonear tan tarde y pidió por la teniente. Mientras esperaba, se preguntó si aquel hombre sabría lo de su mujer y Kizmin Rider. Finalmente, Billets cogió el teléfono y Bosch le informó del escaso valor de las cintas.

– Una de las llamadas demuestra que Goshen conocía el plan de Aliso de ir a Las Vegas y había mostrado interés en él, pero nada más. No creo que la necesitemos. Cuando encontremos a Layla, ella nos dará la información de forma legal.

– Menos mal.

Bosch la oyó exhalar. A pesar del silencio, estaba claro que la teniente temía que las cintas contuvieran información vital y que debieran presentarse a la fiscalía. Eso habría perjudicado a Fitzgerald y, por tanto, habría supuesto el final de la carrera de Billets.

– Perdone por llamar tan tarde, pero he pensado que le gustaría saberlo -le dijo Bosch.

– Gracias, Harry. Hasta mañana.

Después de colgar, Bosch intentó comunicarse con Eleanor Wish, pero de nuevo fue en vano. En ese instante el asomo de angustia que había notado en el pecho se agudizó. Harry deseó estar en Las Vegas para poder ir a su apartamento y comprobar si simplemente ella no quería contestar al teléfono o si había ocurrido algo peor.

Bosch sacó otra cerveza de la nevera y salió a la terraza. La nueva terraza era mayor que su predecesora y ofrecía una vista mejor del paso. Fuera estaba oscuro y silencioso. El lejano murmullo de la autopista que discurría a sus pies era tan constante que a Harry le resultaba fácil borrarlo de su mente. Mientras contemplaba los focos de los estudios Universal que iluminaban un cielo sin estrellas y bebía su cerveza, se preguntó dónde estaría Eleanor.

El miércoles por la mañana Bosch llegó a la comisaría a las ocho con el propósito de escribir el informe de su investigación en Las Vegas, tarea que sólo interrumpió para ir a buscar café a la oficina de guardia. Una vez acabado el informe, Harry hizo fotocopias y las depositó en el casillero de la teniente. Los originales iban destinados al expediente que Edgar había comenzado a elaborar sobre el caso y que ya tenía dos dedos de grosor. Bosch se guardaba de mencionar sus charlas con Carbone y Fitzgerald o las grabaciones realizadas por la DCO.

Aunque Bosch había finalizado todas esas tareas a las diez de la mañana, esperó otros cinco minutos antes de llamar al laboratorio de balística del departamento. La experiencia le había enseñado a no llamar antes de la hora señalada, así que añadió cinco minutos más para asegurarse. Fueron unos cinco minutos larguísimos.

Mientras marcaba el número, Edgar y Rider se acercaron a su silla para enterarse inmediatamente de los resultados. Los tres sabían que era un momento clave de la investigación. Bosch preguntó por Alfred Canterilla, el perito de balística asignado al caso, con quien había trabajado anteriormente. Canterilla era un hombre menudo que lo sabía todo sobre armas. A pesar de que él no llevaba ninguna por ser un funcionario civil, era el mejor experto del departamento.

Alfred Canterilla tenía la extraña manía de que nadie le llamara Al; insistía en que la gente le llamara Canterilla o incluso Cant, pero nunca el diminutivo de Alfred. Una vez le confesó a Bosch que temía que si le llamaban Al, algún listillo empezaría a llamarle Alcantarilla y no pensaba permitirlo.

– Alfred, soy Harry -dijo Bosch cuando cogió el teléfono-. Nos tienes a todos en vilo. ¿Qué hay?

– Una noticia buena y una mala. -Primero la mala.

– Aún no he escrito el informe, pero puedo avanzarte que limpiaron la pistola. El asesino también usó ácido para borrar el número de serie. He usado todos mis trucos, pero no he podido sacarlo.

– ¿Y la buena?

– Pues que es el arma que disparó las balas extraídas del cráneo de la víctima. No hay duda.

Bosch miró a Edgar y Rider y levantó el pulgar. Los detectives chocaron palmas y Rider le hizo el mismo gesto a la teniente. Bosch vio que Billets cogía el teléfono, seguramente para llamar a Gregson.

Canterilla le prometió a Bosch que el informe estaría listo hacia las doce y que se lo enviaría por correo interno. Tras darle las gracias, Bosch colgó y se dirigió sonriente al despacho de Billets, seguido de Edgar y Rider. La teniente seguía al teléfono y Bosch confirmó que estaba hablando con Gregson.

– El fiscal está muy contento -les contó Billets al colgar.

– No me extraña -comentó Edgar.

– Bueno. ¿Y ahora qué? -inquirió Billets.

– Ahora vamos a buscar a esa rata del desierto y traérnosla aquí por la cola -repuso Edgar.

– Sí, eso ha dicho Gregson. También ha insistido en ir a la vista, por si acaso. Es mañana por la mañana, ¿no?

– Eso parece -respondió Bosch-. Yo estaba pensando en irme hoy mismo. Aún quedan un par de cabos sueltos. Quiero localizar a la amiga de Tony y me gustaría hacer todos los preparativos para que mañana podamos llevarnos a Goshen en cuanto el juez dé el visto bueno.

– De acuerdo -accedió Billets. La teniente se volvió hacia Edgar y Rider-: ¿Habéis decidido quién va acompañar a Harry?

– Yo -le contestó Edgar-. Kiz está más metida en todo el asunto de las cuentas. Yo prefiero ir a buscar a ese mamón.

– Muy bien, de acuerdo. ¿Algo más?

Bosch les contó que era imposible seguirle el rastro a la pistola, lo que no hizo demasiada mella en la euforia generalizada. El caso parecía casi resuelto.

Después de felicitarse mutuamente, los detectives salieron del despacho y Bosch regresó a su mesa. Desde allí llamó a Felton, en Las Vegas, que cogió el teléfono inmediatamente.

– Felton, soy Bosch, de Los Ángeles.

– Bosch, ¿qué hay?

– He pensado que le gustaría saber que la pistola que me traje es la misma que disparó las balas que mataron a Tony Aliso.

Felton soltó un silbido.

– Qué bonito. Cuando se entere Goshen no le hará ninguna gracia.

– Yo voy hacia allá para decírselo en persona.

– Vale. ¿Cuándo llega?

– Aún no he reservado el billete. ¿Y la vista de extradición? ¿Todavía nos toca mañana por la mañana?

– Que yo sepa sí, pero le pediré a alguien que lo compruebe. Supongo que el abogado tratará de poner trabas, pero no creo que consiga nada. Con esta última prueba tenemos todas las de ganar.

Bosch le contó que Gregson acudiría a la vista para ayudar al fiscal local.

– Creo que no es necesario, pero bienvenido sea.

– Ya se lo diré. Oiga, si tiene a un detective sin nada que hacer, aún hay algo que quiero aclarar.

– ¿Qué?

– Busco a la amante de Tony. Trabajaba de bailarina en el Dolly's hasta que Goshen la despidió el sábado. Todavía quiero hablar con ella. Sólo sé su teléfono y su nombre artístico: Layla.

Bosch le dio a Felton el número y éste le prometió que le pediría a alguien que lo investigase.

– ¿Algo más? -preguntó el de Las Vegas.

– Sí, una cosa. Usted conoce a Fitzgerald, el jefe de la División contra el Crimen Organizado, ¿no?

– Sí, claro. Hemos trabajado juntos en varios casos.

– ¿Ha hablado con usted últimamente?

– Em, no…, no. No desde… Hace bastante tiempo.