Después, siguiendo las indicaciones de Hackett, Bosch y Edgar se dirigieron a un barrio de clase media en North Las Vegas donde se hallaba la casa en que Goshen había dejado a Layla. Era una vivienda de una planta, con un toldo de aluminio sobre cada ventana y un Mazda RX7 en el garaje.
Una mujer mayor abrió la puerta. Tendría sesenta y pico años y se conservaba bien. Al mostrarle la placa, Bosch le encontró cierto parecido con la imagen de Layla en la foto.
– Señora, me llamo Harry Bosch y éste es mi compañero, Jerry Edgar. Venimos de Los Ángeles y estamos buscando a una chica para hablar con ella. Es una bailarina que se hace llamar Layla.
– No vive aquí. No sé de qué hablan.
– Creo que sí lo sabe, señora, y le agradecería mucho que colaborara con nosotros.
– Ya le he dicho que no está.
– Pues a nosotros nos han dicho que sí. ¿Es cierto? ¿Es usted su madre? -inquirió Bosch-. Layla intentó ponerse en contacto conmigo, así que no hay ninguna razón para que tenga miedo o se niegue a hablar con nosotros.
– Ya se lo diré si la veo.
– ¿Podemos entrar?
Bosch se apoyó en la puerta y comenzó a empujarla de forma lenta pero firme.
– No pueden…
La mujer no terminó la frase, porque sabía que era inútil. En un mundo ideal la policía no podía irrumpir en una casa de esa manera, pero la mujer era perfectamente consciente de que no vivía en un mundo ideal.
Una vez dentro, Bosch miró a su alrededor. Los muebles eran viejos; se notaba que habían tenido que durar más tiempo del previsto por el fabricante o por ella misma cuando los compró. En la sala de estar había un tresillo. Tanto el sofá como las butacas estaban tapados con una colcha estampada, seguramente para disimular el desgaste. También había un televisor antiguo, de los que tenían un dial para cambiar los canales, y varias revistas del corazón desperdigadas en una mesita baja.
– ¿Vive usted aquí sola? -preguntó Bosch.
– Sí, señor -contestó la mujer indignada, como si la pregunta fuera un insulto.
– ¿Cuándo fue la última vez que vio a Layla?
– No se llama Layla.
– Bueno, ésa era mi próxima pregunta. ¿Cuál es su verdadero nombre?
– Gretchen Alexander.
– ¿Y usted es…?
– Dorothy Alexander.
– Dorothy, ¿dónde está?
– No lo sé.
– ¿Cuándo se fue?
– Ayer por la mañana.
A una señal de Bosch, Edgar dio media vuelta y se dirigió al pasillo que conducía a la parte trasera de la casa.
– ¿Adónde va? -preguntó la mujer.
– A echar un vistazo, nada más -contestó Bosch-. Siéntese aquí, Dorothy. Cuanto antes hablemos, antes saldremos de aquí.
Bosch señaló la butaca y permaneció de pie hasta que ella tomó asiento. Entonces él sorteó la mesa baja y se sentó en el sofá. Como los muelles estaban rotos, se echó hacia delante para no hundirse, pero incluso en esa postura le parecía que las rodillas le llegaban al pecho.
– No me hace gracia que su amigo toque mis cosas -protestó Dorothy, volviéndose para mirar hacia el pasillo.
– Irá con cuidado -repuso Bosch mientras sacaba su libreta-. Usted parecía saber que veníamos. ¿Cómo se enteró?
– Sólo sé lo que ella me dijo. Me avisó que podría venir la policía, pero no mencionó que vendrían desde Los Ángeles -dijo la mujer, pronunciando el nombre de la ciudad de forma extraña.
– ¿Y sabe usted por qué hemos venido?
– Por Tony. Gretchen me contó que lo mataron en Los Ángeles.
– ¿Adónde ha ido?
– No me lo dijo. Puede preguntármelo las veces que quiera pero siempre le voy a contestar lo mismo. No lo sé.
– ¿El deportivo del garaje es de ella?
– Sí, señor. Se lo compró con su propio dinero.
– ¿El que ganó haciendo strip-tease?
– El dinero es dinero, se gane como se gane.
En ese momento entró Edgar y miró a Bosch. Harry le hizo un gesto para que dijera lo que había encontrado.
– Parece que estuvo aquí. Hay un segundo dormitorio y el cenicero de la mesita de noche está sucio. En el colgador del armario hay un espacio libre como si alguien se hubiera llevado la ropa, pero se ha dejado esto.
Edgar alargó la mano y le mostró un marquito ovalado con una foto de Tony Aliso y Gretchen Alexander, cogidos y sonriendo a la cámara. Bosch asintió y volvió su atención a Dorothy Alexander.
– Si se ha ido, ¿por qué no se ha llevado el coche?
– No lo sé. Vino un taxi a buscarla.
– ¿Se iba en avión?
– ¿Cómo quiere que lo sepa si no sé adónde iba?
Bosch la apuntó con el dedo como si fuera una pistola.
– Tiene razón. ¿Le dijo cuándo volvería?
– No.
– ¿Cuántos años tiene Gretchen?
– Está a punto de cumplir veintitrés.
– ¿Cómo le sentó lo de Tony?
– Mal. Estaba enamorada y le ha afectado mucho. Estoy preocupada por ella.
– ¿Teme que haga alguna locura?
– No sé qué piensa hacer.
– ¿Le dijo ella que estaba enamorada o es lo que usted cree?
– Me lo dijo ella. Gretchen me lo contó y es verdad. También me dijo que iban a casarse.
– ¿Sabía ella que Tony ya estaba casado?
– Sí, él se lo contó. Pero también le explicó que su matrimonio no significaba nada y que era sólo cuestión de tiempo.
Bosch asintió. Se preguntaba si sería la verdad, no sólo para Gretchen sino para Tony Aliso. Entonces bajó la cabeza y miró la página en blanco de su libreta.
– Estoy tratando de recordar si hay algo más -explicó-. ¿Jerry?
Edgar negó con la cabeza, pero luego dijo:
– Bueno, me gustaría saber cómo una madre puede dejar que su hija haga eso para ganarse la vida. Desnudarse de esa manera…
– Jerry…
– Porque tiene talento. Venían a verla hombres de todo el país y siempre volvían. Todo por ella -contestó la mujer, indignada-. Y, para que lo sepa, no soy su madre, aunque como si lo fuera, porque la suya se largó y me la dejó hace muchos años. Y no pienso decirles nada más. ¡Fuera de mi casa!
La mujer se levantó, como si estuviera dispuesta a echarles por la fuerza si fuera necesario. Bosch decidió hacerle caso. Se levantó y guardó la libreta.
– Perdone la intrusión -se disculpó mientras sacaba una tarjeta de su cartera-. Si habla con ella, por favor, déle mi número y dígale que esta noche puede encontrarme en el Mirage.
– Se lo diré si hablo con ella.
Dorothy Alexander cogió la tarjeta y los siguió hasta la puerta. En el umbral, Bosch se volvió hacia ella.
– Gracias, señora Alexander.