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– Ah, sí. ¿Y cómo quiere que rectifique? ¿Quiere que suelte a Goshen para que usted lo vaya a buscar a la cárcel en la limusina y se lo lleve de paseo por el desierto? ¿Cree que volveremos a verlo?

– ¿Y usted cree que volverá a ver a esa ex agente del FBI?

Bosch lo miró, dejando que la ira creciese en su interior hasta notar un ligero temblor en el cuello. Entonces, con un gesto rápido, sacó la pistola y se abalanzó sobre Marconi. Tras agarrarlo por la gruesa cadena de oro que le rodeaba el cuello, le apretó el cañón contra la mejilla.

– ¿Qué dice?

– Tranquilo, detective Bosch -intervino Torrino-. No se precipite.

Torrino le tocó el brazo a Bosch.

– ¡Quíteme las manos de encima, cabrón!

Torrino alzó ambas manos en un gesto de rendición.

– Sólo quiero calmar un poco las cosas, eso es todo.

Bosch se recostó en el asiento sin soltar la pistola. El cañón había dejado una marca circular de aceite en la mejilla de Marconi, que se la limpió con la mano.

– ¿Dónde está, Marconi?

– Sólo sé que quería marcharse unos días, Bosch. No hacía falta que reaccionara así. Aquí estamos entre amigos. Ella volverá. De hecho, ahora que sé que usted está tan…, bueno, interesado en ella, le puedo garantizar personalmente que volverá.

– ¿A cambio de qué?

Hackett seguía de servicio en la cárcel de la Metro. Bosch le dijo que tenía que hablar con Goshen unos minutos sobre un asunto de seguridad. Hackett refunfuñó y le recordó que ver a un preso fuera de horas de visita iba contra las reglas, pero Bosch sabía que de vez en cuando se hacían excepciones con los policías locales. El agente acabó por ceder y condujo a Bosch a una sala que los abogados empleaban para hablar con sus clientes. El sargento le pidió que esperase allí y, diez minutos más tarde, entró con Goshen y lo esposó a la silla. A continuación se cruzó de brazos y se quedó de pie detrás del sospechoso.

– Sargento, tenemos que hablar a solas.

– No es posible. Son las normas.

– Yo no pienso hablar -intervino Goshen.

– Sargento -insistió Bosch-. Lo que voy a decirle a este hombre, aunque él no quiera hablar conmigo, podría ponerle a usted en peligro. ¿Sabe a qué me refiero? ¿Por qué añadir ese posible riesgo a su trabajo? Sólo le pido cinco minutos.

Hackett lo consideró un momento y, sin decir una palabra, los dejó solos.

– Muy astuto, Bosch, pero no pienso hablar contigo. Weiss ya me advirtió que podrías colarte por la puerta de atrás, que intentarías conseguir algo antes de tiempo, pero no pienso seguirte el juego. Llévame a Los Ángeles, ponme delante de alguien que pueda negociar y haremos un trato. Así todos contentos.

– Calla y escucha, idiota. Me importa un huevo ese trato; ahora mismo sólo estoy dudando si salvarte la vida o no.

Bosch vio que había captado su atención y esperó unos momentos a que la tensión aumentara.

– Goshen, déjame explicarte una cosa. En Las Vegas sólo hay una persona que me importe. Una sola. Si no fuera por ella, toda la ciudad podría achicharrarse viva y yo me quedaría tan ancho. Pero resulta que esa persona está aquí y tu jefe la ha elegido a ella para presionarme.

Los ojos de Goshen mostraron preocupación. Bosch estaba hablando de su gente, así que sabía exactamente de qué iba la cosa.

– El trato es el siguiente -anunció Bosch-: Tú a cambio de ella. Joey El Marcas me ha prometido que si tú no llegas vivo a Los Ángeles, mi amiga volverá. Y viceversa. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

Goshen bajó la vista y asintió lentamente.

– ¿Sí o no?

Bosch sacó su pistola y la sostuvo a pocos centímetros del rostro de Goshen, que bizqueó al mirar el agujero negro del cañón.

– Podría volarte los sesos aquí mismo. Hackett entraría y yo le diría que intentaste quitarme la pistola. Él tendría que ponerse de mi parte, porque me permitió reunirme contigo en contra del reglamento.

Bosch retiró el arma.

– O mañana -continuó-. Mañana podría ocurrir lo siguiente: cuando estamos esperando nuestro vuelo, se arma un alboroto en las máquinas tragaperras. Alguien gana un bote enorme y mi compañero y yo cometemos el error de mirar. Mientras tanto, otra persona (tal vez tu colega Dandi) te clava un estilete de quince centímetros en el cuello. Tú pasas a mejor vida y mi amiga vuelve conmigo.

– ¿Qué quieres, Bosch? -preguntó Goshen.

Bosch se le acercó.

– Quiero que me des una razón para no hacerlo. Tú me importas una mierda, vivo o muerto, pero no voy a permitir que le pase nada a ella. He cometido muchos errores en mi vida. Por mi culpa, mataron a un hombre inocente, ¿lo entiendes? Y no pienso dejar que vuelva a ocurrir. Ésta es mi redención, Goshen. Y si el precio es una escoria humana como tú, lo pagaré -le amenazó Bosch-. Sólo hay una alternativa. Tú conoces a Joey El Marcas, ¿dónde la tendría?

Joder, no sé. -Goshen se frotó la cabeza.

– Piensa, Lucky. No es la primera vez que Joey hace algo así; para vosotros es pura rutina. ¿Dónde ocultaría a un rehén?

– Había…, hay un par de casas que usa para estas cosas. Él, bueno…, yo creo que para esto usaría a los de Samoa.

– ¿Quiénes son?

– Dos matones enormes, de Samoa. Son hermanos, con unos nombres impronunciables, así que nosotros los llamamos Tom y Jerry. Viven en una de las casas y me parece que Joey usaría la suya para esto. La otra es sobre todo para contar dinero y alojar a gente de Chicago.

– ¿Dónde está la casa de los de Samoa?

– En North Las Vegas, no demasiado lejos de Dolly's.

En una hoja de libreta que le dio Bosch, Goshen le dibujó un mapa con las instrucciones para llegar a la casa.

– ¿Has estado allí?

– Alguna vez.

Bosch le dio la vuelta a la hoja.

– Dibújame un plano del interior.

Bosch aparcó el coche cubierto de polvo que acababa de recoger del aeropuerto frente a las puertas del Mirage. Cuando salió del vehículo, se le acercó un aparcacoches del hotel, pero Bosch no le hizo caso.

– ¿Las llaves, señor?

– Es un momento.

El aparcacoches comenzó a decir que no podía dejar el coche ahí, pero Bosch desapareció por las puertas giratorias. Al atravesar el casino, Bosch buscó a Edgar entre los jugadores. Había varios negros altos pero ninguno era su compañero.

En un teléfono del vestíbulo Harry preguntó por la habitación de Edgar y soltó un suspiro de alivio cuando cogió el teléfono.

Jerry, soy yo. Te necesito.

– ¿Qué pasa?

– Baja. Te espero fuera, en la entrada principal.

– ¿Ahora? Acaban de subirme la cena. Como no me llamaste…

– Te necesito ya. ¿Te has traído el chaleco de Los Ángeles?

– ¿El chaleco? Sí. ¿Qué…?

– Pues cógelo.

Bosch colgó antes de que Edgar pudiera hacer más preguntas.

Cuando se volvió para regresar al coche, se dio de bruces con alguien conocido. Al principio, como el hombre iba bien vestido, Bosch creyó que se trataba de uno de los hombres de Joey El Marcas, pero después se acordó de él. Era Hank Meyer, el jefe de seguridad del hotel.

– Detective Bosch. No esperaba verlo por aquí.

– Acabo de llegar. He venido a buscar a alguien.

– ¿Han encontrado a su hombre?

– Eso creo.