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– ¡Joder, Harry! -exclamó Edgar, visiblemente escandalizado por aquella explosión de violencia.

Bosch, por su parte, se limitó a mirarlo.

– Vámonos -dijo finalmente.

Cuando llegaron al apartamento de Eleanor, Bosch aparcó junto a la puerta y abrió el maletero.

– No tenemos mucho tiempo -les informó-. Jerry, tú quédate aquí a vigilar. Eleanor, llena el maletero con lo que quepa; es todo lo que puedes llevarte.

Eleanor hizo un gesto de conformidad, consciente de que Las Vegas se había acabado para ella. Después de lo ocurrido, no podía quedarse en aquel lugar. Bosch se preguntó si también se daba cuenta de que todo era culpa suya. Si él no la hubiese buscado, la vida de ella no habría cambiado.

Los tres salieron del coche y Bosch acompañó a Eleanor al apartamento. Ella se quedó mirando la puerta rota hasta que Bosch le confesó que era obra suya.

– ¿Por qué?

– Porque cuando no diste señales de vida pensé…, pensé otra cosa.

Ella asintió de nuevo. Lo había comprendido perfectamente.

– No hay mucho que llevar -comentó, al mirar a su alrededor-. La mayoría de estas cosas no me importa. No creo ni que necesite todo el maletero.

Dicho esto, se dirigió al dormitorio, donde cogió una maleta vieja y comenzó a meter ropa. Cuando terminó, Bosch se la llevó al coche. Al volver, ella estaba llenando una caja con el resto de su ropa y otros objetos personales. Bosch la vio guardar un álbum de fotos y vaciar el armarito del baño. De la cocina sólo se llevó un sacacorchos y una taza de café con el dibujo del Mirage.

– Esto lo compré la noche que gané cuatrocientos sesenta y tres dólares -explicó ella-. Estaba jugando en la mesa de apuestas altas y me había pasado de mi límite, pero al final gané. Es algo que quiero recordar. -Colocó la taza encima de todo lo demás y sentenció-: Ya está. Toda mi vida en una caja.

Bosch miró a Eleanor un instante antes de llevarse la caja al coche. Le costó un poco hacerla entrar junto a la maleta, pero cuando se volvió para decirle a Eleanor que era hora de irse, ella estaba detrás de él escudándose con la reproducción enmarcada de Aves nocturnas, el cuadro de Edward Hopper.

– ¿Cabe esto?

– Sí. Y si no, haremos que quepa.

Ya en el Mirage, Bosch aparcó de nuevo frente a la puerta principal y vio que el encargado del estacionamiento fruncía el ceño al reconocer el coche. Harry le mostró al hombre su placa lo más rápido posible -para impedir que se diera cuenta de que no era de la Metro- y le dio veinte dólares de propina.

– Policía. Tardaré veinte minutos, media hora como máximo. Necesito dejar el coche aquí porque tendré que salir a toda pastilla.

El hombre miró el billete de veinte dólares como si fuera un excremento humano. Bosch se sacó otro del bolsillo y se lo dio.

– ¿De acuerdo?

– De acuerdo. Déjeme las llaves.

– Nada de llaves. Que nadie toque el coche.

Bosch tuvo que sacar el cuadro del maletero para coger la maleta de Eleanor, un trapo y aceite para limpiar armas. Después de meter de nuevo el cuadro, cargó la maleta hasta el vestíbulo, rechazando la ayuda de un portero. Una vez dentro, lo dejó todo en el suelo y miró a Edgar.

– Muchísimas gracias por estar ahí, colega -le dijo-. Ahora Eleanor se va a cambiar y después voy a meterla en un avión. Seguramente no volveré hasta tarde, así que quedamos aquí mañana a las ocho para ir al juzgado, ¿de acuerdo?

– ¿Estás seguro de que no necesitas que te acompañe al aeropuerto?

– No, no hace falta. Joey no va a intentar nada todavía y, si tenemos suerte, Dandi no se despertará hasta dentro de una hora más o menos. Voy a registrarme.

Bosch dejó a Eleanor con Jerry y se dirigió al mostrador, donde no tuvo que esperar porque ya era tarde. Le dio su tarjeta de crédito al recepcionista, y observó a Eleanor despedirse de Edgar. Él le ofreció la mano, pero ella le dio un abrazo. Luego Edgar desapareció entre la gente del casino.

Eleanor esperó a llegar a la habitación de Bosch antes de hablar.

– ¿Por qué tengo que irme esta noche? Tú mismo has dicho que no hay peligro.

– Quiero asegurarme de que estás a salvo. Y mañana no podré ocuparme de ti porque tengo que ir al juzgado por la mañana y escoltar a Goshen hasta Los Ángeles. Necesito saber que estás bien.

– ¿Y adónde voy a ir?

– Podrías ir a un hotel, pero creo que en mi casa estarás mejor, más segura. ¿Te acuerdas de dónde está?

– Sí. ¿En Mulholland?

– Sí. Woodrow Wilson Drive. Te daré la llave. Coge un taxi en el aeropuerto y nos vemos allí mañana por la noche.

– ¿Y luego qué?

– No lo sé. Ya se verá.

Bosch se sentó junto a ella al borde de la cama y le pasó un brazo por los hombros.

– No sé si podría volver a vivir en Los Ángeles.

– Ya se verá.

Bosch la besó en la mejilla.

– No. Necesito una ducha.

Él la volvió a besar y la empujó suavemente sobre la cama. Esa vez hicieron el amor de otra manera; más despacio, con más ternura, buscando cada uno el ritmo del otro.

Después, Bosch se duchó primero y, mientras lo hacía Eleanor, comenzó a limpiar con aceite y un trapo la Glock que Dandi había arrojado a la piscina. Tras comprobar varias veces que el gatillo y el mecanismo funcionaban, Bosch llenó el cargador con nueva munición. Finalmente se fue al armario, cogió una bolsa de la lavandería del estante, metió la pistola dentro y la colocó en la maleta de Eleanor, debajo de una pila de ropa.

Ya duchada, Eleanor se puso un vestido veraniego de algodón amarillo y se hizo una trenza. A Bosch le encantaba contemplar la habilidad con que se hacía aquel peinado. Cuando hubo terminado, Harry cerró la maleta y ambos salieron de la habitación. El encargado de estacionamiento se acercó a Bosch, mientras éste guardaba la maleta en el maletero.

– La próxima vez, treinta minutos son treinta minutos. No una hora.

– Lo siento.

– Lo siento no es bastante. Me juego el puesto, macho.

Bosch no le hizo caso. De camino al aeropuerto intentó articular sus pensamientos para exponérselos a Eleanor, pero no pudo. Sus sentimientos eran demasiado caóticos.

– Eleanor -logró decir al final-. Todo lo que ha pasado ha sido culpa mía. Me gustaría compensarte.

Por toda respuesta, ella le puso la mano sobre la pierna y él hizo lo mismo.

En el aeropuerto, Bosch aparcó delante de la terminal de Southwest y sacó el equipaje del maletero. Luego dejó la pistola y la placa dentro para evitar problemas con el detector de metales.

Había un último vuelo a Los Ángeles al cabo de veinte minutos, así que Bosch le compró un billete a Eleanor y le facturó la maleta. La pistola no le causaría problemas si iba facturada. A continuación la acompañó a la terminal, donde ya había una cola de personas esperando para embarcar. Bosch extrajo la llave del llavero, se la entregó y le dio la dirección exacta de su casa.

– La casa está distinta -la advirtió-. El terremoto la destruyó y la estoy reconstruyendo, pero aún no he terminado. No te preocupes; estarás bien. Las sábanas…, bueno…, debería haberlas lavado hace unos días pero no tuve tiempo. Encontrarás limpias en el armario.

– Me las arreglaré. -Ella sonrió.

– Eh, oye, no creo que tengas nada de qué preocuparte, pero por si acaso te he metido la Glock en la maleta. Por eso la he facturado.