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Rider y Edgar asintieron. Bosch notó que Edgar seguía enfadado por algo.

– Ya puedes irte, Kiz.

Harry esperó a que Rider se hubiera alejado.

– ¿A qué viene esa cara, Jerry?

– Sólo quiero saber si de ahora en adelante las cosas van a funcionar así. ¿Me va a tocar a mí todo el marrón mientras la princesa patina sobre el hielo?

– Yo no te haría eso y tú lo sabes. Anda, dime qué te preocupa.

– Pues que no estoy de acuerdo con tus decisiones. En mi opinión, deberíamos llamar a Crimen Organizado ahora mismo. Esto tiene toda la pinta de ser uno de sus casos, pero parece que no quieras llamarles porque llevas demasiado tiempo esperando una oportunidad. Eso es lo que me preocupa. -Edgar hizo un gesto para subrayar que era obvio y continuó-:

Harry, no tienes que demostrar nada. Y nunca van a faltar cadáveres; estamos en Hollywood, ¿recuerdas? Yo creo que deberíamos pasar de este caso y esperar el siguiente.

– Puede ser -contestó Bosch-. Es muy probable que tengas razón, pero el jefe soy yo y vamos a hacerlo a mi manera. Primero voy a llamar a Billets para contarle lo que tenemos y después avisaré a la DCO. Aunque ellos decidan llevar el caso, a nosotros nos seguirá tocando una parte. Así que hagámosla bien, ¿de acuerdo?

Edgar asintió, no muy convencido.

– Queda constancia de que no estás de acuerdo, ¿vale?

– Vale.

En ese momento llegó la camioneta del forense con Richard Matthews al volante. Estaban de suerte. Bosch sabía que Matthews no era tan celoso de su territorio como otros y que podría convencerlo para trasladarlo todo a la nave del equipo de Huellas. Matthews comprendería que no quedaba otra salida viable.

– Llámame luego -le recordó Bosch a Edgar, que se despidió con gesto malhumorado.

Cuando Bosch se quedó por fin solo, entre los peritos que trabajaban en la escena del crimen, se detuvo a pensar en lo mucho que disfrutaba de su trabajo. El comienzo de un caso siempre lo excitaba de esa manera, y en ese momento se dio cuenta de lo mucho que había añorado esa sensación durante el último año y medio.

Sin embargo, Harry en seguida apartó esas reflexiones de su mente. Justo cuando se encaminaba hacia la camioneta del forense para hablar con Matthews, se produjo un estallido de aplausos. Sherezade había terminado.

La nave era una estructura prefabricada de la Segunda Guerra Mundial instalada en el patio de atrás del Parker Center, allí donde se almacenaba el material de Servicios Urbanos. No tenía ventanas; sólo una gran puerta de garaje. El interior estaba pintado de negro y hasta la última grieta o resquicio había sido tapada con cinta adhesiva. Unas gruesas cortinas negras acababan de impedir que se filtrara luz, con lo que el interior quedaba más negro que el corazón de un usurero. Los peritos que trabajaban allí la llamaban «la cueva».

Mientras descargaban el Rolls del camión, Bosch se llevó el maletín a la nave y sacó su teléfono móvil para llamar a la División contra el Crimen Organizado, una sociedad secreta dentro de un departamento ya de por sí muy cerrado. Bosch sabía poco sobre aquella unidad y apenas conocía a detectives que pertenecieran a ella. La DCO era, pues, una fuerza misteriosa, incluso dentro de la propia policía. Pocos sabían qué hacía exactamente, lo cual engendraba las inevitables sospechas y celos.

Los demás detectives solían llamar a los detectives de la DCO «manguis», porque les robaban los casos y a menudo no los solucionaban. Bosch los había visto agenciarse muchas investigaciones sin que de aquello resultaran demasiadas detenciones de mafiosos. La DCO era la única división del departamento con un presupuesto secreto, que se aprobaba en una sesión a puerta cerrada por el jefe de policía y una comisión que le decía a todo amén. A partir de ese momento, el dinero se esfumaba para pagar a confidentes e investigadores y adquirir material de tecnología punta. Lo peor era que muchos casos también desaparecían por esos mundos subterráneos.

Bosch le pidió a la telefonista que pasase su llamada al oficial de servicio en la División ese fin de semana. Mientras esperaba la conexión, volvió a pensar en el hombre del maletero. Anthony Aliso, si es que era él, se lo había visto venir y había cerrado los ojos. Bosch esperaba que en su caso no fuera así. Él no quería saberlo.

– ¿Diga? -La voz interrumpió sus pensamientos.

– Sí, hola. Soy el detective Harry Bosch, estoy al cargo de un caso de homicidio en Hollywood. ¿Con quién hablo?

– Me llamo Dom Carbone. Me ha tocado el turno del fin de semana. ¿Vas a fastidiármelo?

– Puede ser. -Bosch intentó pensar. El nombre le resultaba vagamente familiar, pero no acababa de situarlo. Sin embargo, estaba seguro de que nunca habían trabajado juntos-. Por eso llamo. Puede que os interese echarle un vistazo.

– Cuéntame.

– Hemos encontrado a un hombre de raza blanca en el maletero de un Silver Cloud con dos balazos en la cabeza. Seguramente calibre del veintidós.

– ¿Qué más?

– El coche estaba en una pista forestal junto a Mulholland Drive. No parece un robo. Hemos encontrado una cartera repleta de tarjetas de crédito y dinero en metálico y un Rolex Presidenciaclass="underline" uno de ésos con un diamante para cada hora.

– No me has dicho quién es el fiambre. ¿Quién es?

– Aún no está confirmado, pero…

– Dímelo igualmente.

A Bosch le molestaba no estar seguro de la cara que tenía la persona que estaba al otro lado del cable.

– Al parecer se trata de un tal Anthony N. Aliso, de cuarenta y ocho años. Vive en las colinas y creemos que es el dueño de una empresa que tiene sus oficinas en uno de los estudios de Melrose, cerca de la Paramount. La empresa se llama TNA Productions y está en los estudios Archway. Sabremos más dentro de poco.

Hubo un silencio.

– ¿Te dice algo el nombre? -inquirió Bosch.

– Anthony Aliso.

– Eso es.

– Anthony Aliso.

Carbone repitió el nombre lentamente, como si estuviera catando un vino antes de decidir si escupirlo o aceptar la botella. Luego se quedó un buen rato en silencio.

– No se me ocurre nada en estos momentos -dijo finalmente-, pero voy a hacer un par de llamadas. ¿Dónde vas a estar?

– En la nave de Huellas. Lo tenemos aquí, así que no me moveré durante un buen rato.

– ¿Qué quieres decir? ¿Habéis llevado el cadáver a la nave?

– Es una larga historia. ¿Cuándo crees que podrás contestarme?

– En cuanto haga las llamadas. ¿Habéis ido a su oficina?

– Aún no. Iremos más tarde.

Bosch le dio el número de su teléfono móvil, luego cerró éste y se lo metió en el bolsillo de la chaqueta. Por un momento pensó en la reacción de Carbone al oír el nombre de la víctima, pero finalmente decidió no darle importancia.

En cuanto el Rolls estuvo en la nave y la puerta cerrada, Donovan corrió las cortinas. En el techo brillaba un fluorescente que Art dejó encendido mientras preparaba el equipo. Matthews, el perito forense, y sus dos ayudantes -los que habían transportado el cadáver- se agruparon en torno a una mesa de trabajo para preparar el instrumental.

– Harry, voy a tomármelo con calma, ¿vale? Primero voy a pasar el láser con el tío dentro. Luego sacaré el cuerpo, le echaré la cola y lo volveré a repasar con el láser. Después nos preocuparemos del resto.

– Tú mandas. Tómate el tiempo que quieras.

– Te necesito para apuntar con la varita mientras saco las fotos. Roland ha tenido que irse a fotografiar otro cadáver.

Bosch asintió y observó mientras el perito de Investigaciones Científicas colocaba un filtro anaranjado en una Nikon. A continuación se colgó la cámara al cuello y encendió el láser, un aparato que se componía de una caja del tamaño de un vídeo doméstico y una vara de treinta centímetros conectada a la caja por un cable. La vara tenía un mango y, por el otro extremo, proyectaba un potente rayo naranja.

Antes de empezar, Donovan abrió un armarito y sacó varios pares de gafas protectoras que repartió entre los presentes. Él se colocó el último par y le pasó unos guantes de látex a Bosch para que también se los pusiera.

– Primero haremos una pasada rápida por encima del maletero y luego lo abriremos -anunció Donovan.

Pero justo cuando Donovan se disponía a apagar las luces, sonó el teléfono que Bosch llevaba en el bolsillo. El perito esperó a que Bosch contestara.

Era Carbone.

– Bosch, hemos decidido pasar.