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– Antes de que pueda hablar. Eso es lo que yo pensé.

– Lo cual querría decir que a Aliso no lo asesinó la mafia, bueno, al menos no Joey y compañía, y que no tenían ni idea de que Goshen fuera un agente federal.

Ella asintió. Bosch notó el entusiasmo propio de haber dado un enorme paso en las tinieblas de la investigación.

– No hubo música en el maletero -concluyó.

– ¿Qué?

– Pues que todo el rollo de Las Vegas, Joey El Marcas, etcétera… fue para despistar. Nos hemos equivocado de camino. Lo debió de planear alguien muy cercano a Tony. O lo suficientemente cercano para saber que él blanqueaba dinero y hacer que pareciera un golpe de la mafia. Para cargarle el muerto a Goshen.

Eleanor asintió.

– Por eso tenía que contártelo todo -explicó ella-. Aunque significara que nosotros…

Bosch la miró. Eleanor no terminó la frase y él tampoco. A continuación él sacó un cigarrillo y se lo metió en la boca, pero no lo encendió. Primero recogió los platos de ambos y se levantó del banco de madera donde estaba sentado.

– Tampoco tengo postre.

– No pasa nada.

Bosch se llevó los platos a la cocina, los pasó por debajo del grifo y los metió en el lavavajillas. Era la primera vez que lo usaba, así que tardó un poco en averiguar cómo funcionaba. Una vez en marcha, comenzó a fregar la sartén y el cazo. Eleanor entró en la cocina con su copa de vino y lo estuvo observando unos segundos.

– Lo siento.

– No importa. Te habías metido en un lío e hiciste lo que pudiste -respondió Bosch-. No te culpo; yo seguramente habría hecho lo mismo.

– ¿Quieres que me vaya?

Harry cerró el grifo y se quedó mirando su propia silueta, que se reflejaba en el acero inoxidable del nuevo fregadero.

– No -contestó-. Creo que no.

El viernes por la mañana Bosch llegó a la comisaría a las siete de la mañana con una caja de donuts que había comprado en el Fairfax Farmers Market. Como no había nadie más, dejó la caja junto a la cafetera, sacó un donut y se lo llevó a su escritorio en Homicidios envuelto con una servilleta.

A continuación fue a la oficina de guardia y se sirvió café del termo, puesto que era mucho mejor que el que salía de la máquina de la brigada de detectives.

Al regresar con el café, Bosch recogió el donut y se trasladó a la mesa situada detrás del mostrador de la oficina de detectives. Su nuevo trabajo consistía en tramitar las denuncias de los ciudadanos y clasificar y distribuir los informes nocturnos. Afortunadamente para él no tenía que contestar el teléfono, una tarea que cumplía un voluntario del barrio.

Cuando Bosch ya llevaba al menos quince minutos en la oficina empezaron a llegar los demás detectives. Seis veces consecutivas le preguntaron qué hacía en el mostrador de entrada y Bosch repitió que era demasiado largo de explicar y que pronto correría la voz. Los secretos no duraban mucho en una comisaría de policía.

A las ocho y media, el teniente Klein trajo los informes antes de irse a casa y sonrió al ver a Bosch. El teniente del turno de noche y Bosch se conocían desde hacía años.

– ¿A quién has pegado esta vez, Bosch? -se burló.

Era bien sabido que el detective que se sentaba en aquella mesa lo hacía porque era su turno en la rotación o porque era objeto de una investigación interna, siendo esto último lo más común. No obstante, el sarcasmo de Klein revelaba que aún no conocía la situación en la que se hallaba Bosch. Harry sonrió, pero no dijo nada. Se limitó a coger los informes y despedirse de él con un saludo militar.

La pila de informes que Klein le había dado tenía unos cinco centímetros de altura y contenía casi la mitad de las denuncias recogidas por los patrulleros de la División de Hollywood en las últimas veinticuatro horas. Un poco más tarde recibiría una segunda entrega, más pequeña, correspondiente a lo que traían los rezagados, pero lo que tenía en las manos representaba casi todo el trabajo de un día.

Con la cabeza baja y haciendo caso omiso de las conversaciones que oía a su alrededor, Bosch tardó media hora en clasificar los informes por delitos. Después tuvo que leérselos todos por encima y emplear su experiencia para relacionar robos con atracos o asaltos, y finalmente entregar cada pila a la mesa asignada a ese delito.

Cuando alzó la vista, Bosch se fijó en que la teniente Billets estaba al teléfono en su despacho. No la había visto entrar. Parte de su trabajo administrativo consistía en resumirle los delitos de esa mañana y destacar cualquier detalle fuera de lo común o importante del que debiera estar en conocimiento en su calidad de jefa de detectives.

Harry volvió al trabajo. Primero leyó las denuncias de robos de automóviles, que eran las más numerosas. En las últimas veinticuatro horas se habían producido treinta y tres robos de coches en Hollywood. Leyó los resúmenes de cada informe en busca de datos de interés y, como no encontró nada fuera de lo habitual, llevó toda la pila al detective responsable de Automóviles. Al regresar a su puesto, Bosch vio que Edgar y Rider estaban junto a la mesa de Homicidios, llenando una caja de cartón. Cuando se acercó comprendió que estaban empaquetando el expediente del caso Aliso y otros documentos relacionados con él para mandárselo a los federales.

– Buenos días -saludó Bosch, sin saber muy bien cómo comenzar.

– Hola, Harry -respondió Edgar.

– ¿Qué tal? -le preguntó Rider, con verdadera preocupación.

– Bah, tirando… Sólo quería deciros que siento mucho haberos metido en todo esto, pero que no es verdad que…

– Déjalo, Harry -le cortó Edgar-. No tienes que darnos explicaciones. Los dos sabemos que esto es una gilipollez. En todos los años que llevo en este oficio no he conocido a un poli más honrado. Y lo demás son hostias.

A Bosch le conmovieron las palabras de Edgar. No esperaba los mismos sentimientos por parte de Rider porque era el primer caso que llevaban juntos, pero ella también lo apoyó.

– No hace mucho que te conozco, Harry, pero por lo poco que sé, estoy de acuerdo con Jerry. Ya verás, todo esto pasará y volveremos al trabajo.

– Gracias.

Antes de regresar a su nuevo puesto, Bosch echó un vistazo a la caja que estaban preparando y sacó el archivo sobre el caso Aliso que Edgar había preparado.

– ¿Vais a enviarlo o van a venir a buscarlo los federales?

– Vendrán a recogerlo a las diez -contestó Edgar.

Bosch consultó el reloj de la pared. Sólo eran las nueve.

– ¿Os importa si hago una copia? Por si el caso acaba en el agujero negro del FBI.

– Adelante -dijo Edgar.

– ¿Ha llegado el informe de Salazar? -inquirió Bosch.

– ¿De la autopsia? -preguntó Rider-. No, aún no. A no ser que todavía esté en recepción.

Sin mencionar que si aún no había llegado era porque los federales lo habían interceptado, Bosch se llevó el archivo del caso a la fotocopiadora. Programó la máquina para que copiara ambas caras de los documentos originales y puso la pila en la bandeja de alimentación automática. Antes de empezar, se aseguró de que había papel con tres agujeros. Lo había. Bosch pulsó el botón y dio un paso atrás para contemplar el funcionamiento de la fotocopiadora, que había sido donada por una cadena de copisterías del centro. Dicha empresa llevaba el mantenimiento de forma regular, por lo que la máquina era la única cosa moderna y fiable de la comisaría. Al cabo de diez minutos había terminado. Bosch colocó los originales en su carpeta y los devolvió a la caja destinada al FBI. Después sacó una carpeta nueva del armario de material, metió las copias dentro y la guardó en un archivador al que había enganchado su tarjeta de visita con cinta adhesiva. Por último, informó a sus dos compañeros de dónde estaba por si lo necesitaban.