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Por unos instantes ni Harry ni Carbone dijeron nada. Donovan le dio al interruptor y la habitación se sumió en la más completa oscuridad.

– O sea que no tenéis nada sobre este tío -dijo Bosch en medio de la penumbra.

– He mirado un poco y he hecho unas cuantas llamadas, pero nadie lo conoce… Nadie lo está investigando, así que para nosotros está limpio… Dices que lo metieron en el maletero y le dispararon dos veces, ¿no?… Bosch, ¿estás ahí?

– Sí, aquí estoy -contestó Harry-. Eso es, ya te he dicho cómo lo mataron.

– «Música en el maletero.»

– ¿Qué?

– Es una expresión de los mafiosos de Chicago. Cuando se cargan a un pobre desgraciado dicen: «¿Tony? No te preocupes por Tony; ése ya es música en el maletero. No lo volverás a ver». De todos modos no encaja con este caso, porque a este tío no lo conocemos. Una posibilidad es que alguien quiera haceros creer que es obra de la mafia. ¿Me entiendes?

Bosch contempló el rayo láser que rasgaba la oscuridad e iluminaba perfectamente la parte trasera del maletero. A través de las gafas, el color naranja se perdía y la luz se tornaba de un blanco luminoso. A pesar de hallarse a unos tres metros de distancia, Harry distinguió perfectamente unas manchas brillantes que habían aparecido en la puerta y el parachoques del Rolls. Toda aquella operación le recordaba los documentales de la National Geographic en los que una cámara se abría paso por las oscuras profundidades marinas e iluminaba barcos o aviones hundidos. Era una sensación de angustia.

– ¿No queréis ni echar un vistazo? -inquirió Bosch.

– Ahora mismo no. Llámame si encuentras algo interesante y yo, mientras tanto, seguiré al quite. Tengo tu número.

Aunque en el fondo Bosch se alegraba de que la DCO no fuera a chafarle el caso, le sorprendió su falta de interés. Resultaba extraña la rapidez con la que Carbone había descartado una posible participación.

– ¿Hay algún otro detalle que quieras comentarme?

– Acabamos de empezar, pero ¿conoces a algún asesino a sueldo que se lleve los zapatos de la víctima? Ah, y que le desate las manos.

– Le quita los zapatos… lo desata. Ejem, así de entrada, no se me ocurre nada, pero mañana preguntaré por ahí y lo pasaré por nuestro ordenador -prometió Carbone-. ¿Algo más que te haya llamado la atención?

A Bosch no le gustaba lo que estaba sucediendo. Carbone estaba mostrando demasiado interés pese a afirmar lo contrario. Por un lado decía que Tony Aliso no tenía relación con la mafia, pero por otro seguía pidiéndole detalles sobre el homicidio. ¿Estaba siendo amable u ocultaba algo?

– De momento, no -contestó Bosch, que había decidido no revelar más información sin recibir nada a cambio-. Ya te he dicho que acabamos de empezar.

– Muy bien. Mañana haré más indagaciones. Si encuentro algo, te llamo, ¿vale?

– Vale.

– Hasta mañana, pues -se despidió Carbone, pero en seguida añadió-: ¿Quieres saber lo que pienso? Pues que el tío se había ido de pícnic con la mujer de otro. Hay muchos casos que parecen obra de un profesional y luego no lo son, ¿me entiendes?

– Sí, te entiendo. Hasta mañana.

Bosch se aproximó a la parte trasera del Rolls. En cuanto vio las manchas de cerca, se dio cuenta de que se trataba de las marcas producidas al pasar un paño. Por lo visto, alguien había limpiado el coche de arriba abajo. No obstante, cuando Donovan pasó la vara por encima del parachoques, el láser reveló la huella incompleta de un zapato sobre el metal cromado.

– ¿Alguien ha…?

– No -se adelantó Bosch-. Nadie ha puesto el pie.

– Está bien. Aguántame el láser.

Bosch obedeció mientras Donovan se agachaba y sacaba unas cuantas fotos, modificando los parámetros de exposición para asegurarse de que obtenía al menos una imagen nítida de aquella pisada.

La huella correspondía a la parte delantera del zapato y se apreciaba un círculo del que irradiaban varias líneas. En la sección correspondiente al puente del pie había una cuadrícula y finalmente la huella quedaba cortada por el borde del parachoques.

– Parece una zapatilla de tenis -concluyó Donovan-. O un zapato de trabajo.

Después de sacar fotos, el perito volvió a pasar el láser por el maletero, pero no halló nada aparte de las marcas dejadas por el paño.

– De acuerdo. Ábrelo -ordenó Donovan.

Bosch, que llevaba una linterna de bolsillo para guiarse en la oscuridad, se acercó a la puerta del conductor y tiró de la palanquita que abría el maletero. Poco después el hedor a muerte invadía toda la nave.

A Bosch le pareció que el cadáver no se había movido durante el traslado. No obstante, presentaba un aspecto mucho más fantasmagórico a la dura luz del láser. La cara parecía la calavera de uno de esos esqueletos fluorescentes de los parques de atracciones. Y la sangre de la herida parecía más negra; todo lo contrario de las astillas de hueso, que eran de un blanco reluciente.

En la ropa brillaban algunos cabellos e hilos finos. Bosch se acercó con unas pinzas y un tubo de plástico -como los usados para guardar monedas de cincuenta centavos- y fue recogiendo las posibles pruebas. Era un trabajo minucioso, aunque poco interesante puesto que ese tipo de fibras se podían encontrar en cualquier persona en cualquier momento. Cuando hubo acabado, Bosch le dijo a Donovan:

– La cazadora. La levanté yo para buscar la cartera.

– Vale. Vuélvela a colocar como estaba.

Bosch lo hizo y, allí, en la cadera de Aliso, apareció otra pisada. Era muy parecida a la del parachoques, pero más completa. En el talón se apreciaban unas líneas que irradiaban de un círculo, en cuyo interior parecía estar grabado el nombre de la marca. Desgraciadamente era totalmente ilegible.

Tanto si lograban identificar el zapato como si no, Bosch sabía que era un buen hallazgo ya que aquello significaba que el asesino había cometido un error. Uno como mínimo. Al menos eso les hacía abrigar la esperanza de que tarde o temprano aparecerían otras equivocaciones que los conducirían hasta el culpable.

– Coge el láser.

Bosch lo hizo y Donovan volvió a fotografiar el cadáver.

– Estoy sacando fotos para el informe, pero antes de que se lo lleven le quitaremos la chaqueta -explicó el perito.

A continuación Donovan pasó el láser por la cara interna de la puerta del maletero, lo cual provocó la aparición de varias huellas dactilares, casi todas de pulgares. Alguien debía de haber apoyado la mano mientras cargaba o descargaba cosas. Muchas de las huellas se superponían, lo cual indicaba que eran viejas. Bosch dedujo que seguramente pertenecían a la propia víctima.

– Haré unas fotos, pero no te hagas ilusiones -le advirtió Donovan.

– Ya lo sé.

Finalmente Donovan depositó la vara y la cámara encima de la caja del láser.

– Vale, ¿por qué no sacamos al tío del coche, lo ponemos allá y le damos una pasada rápida con el láser antes de que se lo lleven?

Sin esperar una respuesta, el perito volvió a encender los fluorescentes y todos se taparon los ojos con las manos, deslumbrados por aquella luz cegadora. Momentos más tarde, Matthews y sus ayudantes comenzaron a trasladar el cadáver a una camilla con ruedas donde habían desplegado una bolsa de plástico negra.

– Es un tipo tranquilo, ¿no? -bromeó Matthews cuando depositaron el cuerpo.

– -convino Bosch-. ¿Qué opinas?

– Yo diría que entre cuarenta y dos y cuarenta y ocho horas. Déjame echar un vistazo y te cuento.

Pero antes de que pudiera hacerlo, Donovan volvió a apagar la luz y comenzó a recorrer todo el cuerpo con el láser, empezando por la cabeza. Aquella luz blanca hacía que las lágrimas que se acumulaban en las cuencas oculares brillaran con fuerza. En el rostro del hombre también descubrieron un par de cabellos y fibras, que Bosch recogió de inmediato, y una ligera abrasión en la mejilla derecha, oculta hasta entonces por la postura del cuerpo en el maletero.

– Podrían haberle pegado o tal vez lo hicieron al meterlo en el maletero -dijo Donovan.

De pronto, el perito se animó.

– Vaya, vaya.

La luz del láser mostraba la huella de toda una mano en el hombro derecho de la cazadora de cuero y dos pulgares borrosos, uno en cada solapa. Donovan se agachó para examinar las huellas de cerca.