– Santo Dios -levantó la cabeza, jadeando-. Laura, espera, dame un segundo.
– ¿Quieres decir que gané? -la decepción luchó con el triunfo, y se preguntó si ganar significaba detenerse.
Él entornó los ojos:
– Ni lo sueñes.
Con habilidad sorprendente, estampó una huella de besos sobre su mentón, que descendía por el cuello.
– Me deseas, Laura; lo sabes. Todo lo que debes hacer es admitirlo, y te daré todo lo que tu cuerpo anhela.
¿Era esto lo que obtenía por admitir la derrota? ¿Que él saciara la feroz necesidad que la consumía? De pronto, perder parecía una opción muy agradable. Sintió que él bajaba el puño que formaba la parte de arriba de su vestido, y sus brazos quedaban atrapados a sus lados. Aturdida, lo vio ahuecar su pecho desnudo, y luego, tomar un pezón en su boca caliente y húmeda.
Su cabeza cayó hacia atrás y sus ojos se cerraron. El movimiento de succión de su boca se sintió hasta la anhelante cavidad entre sus muslos. Las palabras “me rindo” subieron a sus labios, pero cuando abrió la boca para pronunciarlas, lo que salió fue:
– ¿Qué sucede si gano?
Él inició el ascenso besando y mordisqueando hasta que su cabeza quedó encima de la suya. Una sonrisa malvada le iluminó los ojos:
– En ese caso, tú puedes hacer lo que desees con mi cuerpo.
La imagen de él recostado desnudo sobre una cama completamente a su merced casi la lleva al borde del precipicio. Debió de ver la reacción en sus ojos, pues soltó una risa grave y sensual que incitó la lujuria.
– Salvo que eso no sucederá -dijo, mordisqueándole el cuello. Sus dientes rozaron el lóbulo de su oreja-. Porque, mi dulce Laurita, en aproximadamente dos segundos, serás tú quien me esté suplicando que te haga mía.
– ¿Quieres apostar? -se controló lo suficiente como para sonreír, al tiempo que buscaba el espacio entre ambos. Encontró su miembro rígido a través del pantalón. Escuchó el silbido de su aliento y su cuerpo se convulsionó con violencia-. Tal vez seas tú quien me suplique a mí -dijo ella.
– Puede ser que tengas razón -respiró mientras se movía contra su mano. La expresión concentrada en su rostro, la sensación dura y maciza contra su palma la puso loca. No le importó quién ganaba; tan sólo sentirlo dentro de ella.
Con brusquedad, él apartó la mano de ella.
– Laura -jadeó contra sus labios, al tiempo que tomaba su boca con la suya, besándola con violencia una vez más-. Envuelve tus piernas a mi alrededor.
Consumida por un deseo demasiado fuerte como para oponerse, dejó que la levantara, envolvió sus piernas alrededor de sus caderas, y liberó sus brazos para colgarlos por encima de sus hombros. Sus lenguas se entrelazaron, al tiempo que él se volvió y comenzó a caminar. Cada paso que daba golpeaba su dureza contra su piel sensible. Se sintió devorada por el deseo cuando cayeron juntos sobre su cama.
Intentó quitarle la ropa, pero él eludió sus manos. Su vestido tejido color rojo subió y salió por encima de su cabeza, y quedó desnuda salvo por las sandalias con taco. Cuando ella intentó tocarlo nuevamente, él le atrapó las muñecas en una mano y las inmovilizó sobre el colchón por encima de su cabeza. Estirándose al lado de ella, la provocó con largos y embriagadores besos, mientras su mano libre jugueteaba sobre su cuerpo. Ella gimoteó desesperada cuando la abandonó bruscamente.
Aturdida, abrió los ojos y lo vio parado al lado de la cama, quitándose la ropa. Devorándola con los ojos, advirtió su propia desnudez y el hecho de que estaba extendida sobre su cama, con las manos sobre la cabeza, y las rodillas levantadas y separadas, sobre las sandalias con taco que se enterraban en su colchón. Avergonzada, comenzó a cerrar las piernas.
– No, no lo hagas -la mano de él se deslizó sobre su rodilla, y la sostuvo en su lugar-. Por favor, quédate quieta.
Sonriendo, ella se preguntó si él había advertido que acababa de decir “por favor”, la palabra que indicaba rendición. Luego su mirada se posó sobre su erección que pugnaba por salir, y lo olvidó todo cuando él se arrojó a su lado.
Sujetando firmemente sus muñecas con su mano, tomó un pezón duro como una piedra en su boca y lo chupó hasta que ella gimió y se revolvió debajo de él. Luego él se movió más abajo, dejando un rastro de besos sobre su estómago tembloroso. Él soltó sus manos para apartar sus muslos.
Uno de sus dedos se deslizó suavemente dentro de ella. Cuando ella gimoteó de placer, él la miró y sonrió:
– Eres tan increíblemente hermosa -respiró asombrado y luego volvió a descender su boca sobre la suya. En el momento en que la tierra comenzaba a girar a su alrededor, él se echó atrás, observándola fijamente mientras ella volvía a descender. Luego volvió a hacerlo una y otra vez, arrastrándola hacia el borde del abismo, sólo para echarse atrás a último momento. Quiso gritar de frustración cuando lo oyó reír entre dientes-: Di las palabras, Laura.
– Sí, sí, te deseo.
– Y me tendrás. Sólo di que te rindes.
– Me rindo. Tú ganas. Lo que sea, pero por favor, Brent, por favor, hazme el amor.
Él se deslizó hacia arriba de su cuerpo y selló su boca sobre la suya. Sollozando su nombre, ella lo buscó con las manos.
– Shhh -le apartó el cabello del rostro mientras le besaba la sien y la mejilla-. Aquí estoy. No me iré a ningún lado.
– Te deseo, Brent. Ahora, Brent. Por favor. Tómame. Ámame. Ahora, por favor, ahora.
Él la embistió con fuerza, y el mundo se hizo añicos. Ella tembló y se convulsionó, y sintió que se moría, sólo para renacer consumida por la furia y el fuego.
Sentía que nada era suficiente. Lo necesitaba con desesperación, más profundamente, más violentamente, que la tocara por completo, que la tomara. En respuesta a los ruegos que emanaban de sus labios, él enganchó los brazos detrás de sus piernas y presionó sus rodillas contra sus hombros.
Atrapada debajo de él, ella apoyó las manos contra la cabecera de la cama para aumentar el impacto de cada embestida. Debió sentirse indefensa, pero en lugar de ello, sintió que se elevaba con poder y deseo mientras observaba la expresión sobre el rostro de él, y la tensa musculatura de sus hombros y brazos. Quería darle más que su cuerpo; quería darle su alma misma. Arqueando la cabeza hacia atrás, le abrió el corazón y sintió que se elevaba con el tormentoso placer de estar enamorada.
En ese instante, el cuerpo de él se puso rígido contra el de ella y se dejó caer en un glorioso estallido que los lanzó a ambos a la gloria.
Capítulo 20
Lentamente retornó la calma. Laura sintió el peso y el calor del cuerpo de Brent aplastándola sobre el colchón. Él liberó sus piernas, y quedaron tendidas lánguidamente al lado de las suyas. Ella bajó los brazos para acunar su cabeza, que descansaba sobre su hombro.
– Supongo que es cierto lo que dicen los franceses -suspiró, y una sonrisa se asomó a la comisura de sus labios-. Es realmente como una pequeña muerte.
Pensó que él se reiría. En cambio, se quedó muy quieto. Con un gemido, levantó la cabeza. Lo que vio en sus ojos la sorprendió. Parecía casi agobiado.
– ¿Te lastimé?
– No -se rió, pero rápidamente recuperó la seriedad al ver su expresión-. Estoy bien, Brent. De hecho -esbozó una amplia sonrisa-, estoy más que bien.
Él giró sobre su espalda para descansar a su lado con las manos sobre el rostro. Una oleada de preocupación hizo a un lado los últimos rastros de euforia.
– ¿Brent? ¿Y tú, estás bien?
– No lo sé -bajó las manos y la miró-. Laura, yo… no tenía la intención de que sucediera esto. Lo siento.