Sacudió la cabeza.
– Está bien, déjame explicarte -dejó el tenedor a un lado-. El doctor Velásquez quiere que Robby reciba terapia física una vez por mes durante un año para ver si mejora. Así que llamé a la compañía de seguros para que me aprobaran doce sesiones. Ningún problema. Aprobaron las doce sesiones, salvo que… oye esto… tiene que recibirlas todas seguidas.
– ¿Quieres decir una por día durante doce días?
– Así es -se echó las manos a la cabeza desesperada-. ¿Alguna vez oíste algo igual?
Brent apoyó el tenedor.
– ¿Le has explicado esto a la compañía de seguros?
– Como un millón de veces -dijo-. Desgraciadamente, los que se ocupan de las referencias son estudiantes universitarios que están sentados frente a una computadora llena de indicadores. Si la computadora dice que los tratamientos tienen que ser en días consecutivos, ¿cómo puede un médico con años de experiencia contradecirlos? Y si intento explicar el error, creen que intento engañarlos.
– ¿Has hablado con alguien más arriba?
– Lo estoy intentando, Brent. No creas que no lo estoy intentando -levantó el tenedor y lo clavó en un camarón, frustrada-. Pero me saca de quicio. He estado presentando solicitudes durante varias semanas, sin conseguir nada. Es como si a nadie le importara. Para ellos, Robby es sólo un niño. ¿Qué importa si un niño cae en el olvido, siempre y cuando se ocupen de la mayoría?
Con una calma que la sorprendió, Brent alargó la mano y tomó una servilleta de papel, al tiempo que extraía una lapicera de su bolsillo.
– ¿Cuál es el nombre de su compañía de seguros?
– ¿Por qué? -se irguió en su asiento-. ¿No los llamarás ni nada por destilo, no?
– Haré mucho más que llamarlos. Los pondré en las noticias de las seis de la tarde.
– ¿Estás loco? -se aferró a su mano-. ¿Quieres que me despidan y que demanden al doctor Velásquez? -Cuando él frunció el entrecejo, ella le explicó-: Todo lo que te acabo de contar está protegido por el derecho a la confidencialidad del paciente.
– Tienes razón -casi pudo ver las ruedecillas que giraban en su cabeza. Una sonrisa se extendió por su rostro-. Por eso, llamarás a la madre de Robby apenas regreses a la oficina y le dirás que me llame. Tal vez tú no puedas darme permiso para informar esta historia, pero ella, sí. Veremos lo rápido que cambia de parecer la compañía de seguros.
– ¿Lo dices en serio? -una sensación de euforia la invadió. No sabía si reír o llorar o echarle los brazos al cuello y cubrirlo de besos-. Gracias, Brent. Esto podría cambiarle la vida.
– Será un placer -le sonrió a su vez, y ella supo que le preocupaba el futuro de Robby tanto como a ella. ¿Cómo podía un hombre con semejante capacidad de compasión dudar de que sería un padre fabuloso?
Un dolor sordo comenzó a latir en su pecho, un dolor que era cada vez más difícil de ignorar. Seis semanas atrás, aseguró que quería algo más en la vida que un matrimonio e hijos. Y desde ese momento, todos los días se imaginaba con el bebé de Brent entre los brazos. En los momentos más impensados del día, afloraban escenas imaginarias: imágenes de Brent que le enseñaba al hijo de ambos a sostener un bate de béisbol, o de Brent sonriendo orgulloso a su hija en un acto escolar. Cuando entró en la sala de espera y lo vio con el libro de Dr. Seuss, lo había imaginado con un niño acurrucado en su regazo mientras le leía en voz alta.
Sólo que esos niños jamás existirían. Brent había declarado con firmeza que no los deseaba. Y ella le había asegurado que lo respetaba en este tema. Entonces, ¿por qué era tan difícil aceptar esa decisión? ¿Había deseado en secreto que cambiaría de opinión? ¿O que sería capaz de hacerlo cambiar?
Frunció la frente al pensarlo, pues si había empezado a salir con él con semejantes expectativas, se toparía inevitablemente con el desengaño. A menos que…
Por un instante estuvo tentada de imaginar lo que sucedería en el futuro si Brent cambiaba de opinión.
Para el día siguiente, Brent había conseguido el permiso de la madre de Robby y de su director de noticias para transmitir un reportaje especial. De hecho, al canal le gustó tanto la idea, que decidió jugarse el todo por el todo y pasar el informe especial en la siguiente semana de los índices de audiencia. Connie accedió incluso a producirlo, algo que normalmente no hacía.
Con Laura colaborando en la investigación, Brent se dio cuenta rápidamente de que se trataba de un asunto que iba mucho más allá de la lucha de un niño por obtener terapia física. Aunque quería que el informe se focalizara en Robby, amplió el guión para explicar que no se trataba de un caso aislado sino de un problema generalizado en la comunidad médica. Los legisladores en los niveles estatal y nacional habían estado tratando el tema durante los últimos años, pero hasta tanto no se hallara una solución, los pacientes a lo largo del país se veían privados de tratamientos médicos vitales.
La grabación del segmento se hizo a lo largo de un período de días, durante las horas libres de Brent. Laura organizó una entrevista grabada con el doctor Velásquez, y dispuso que Brent llevara un equipo de camarógrafos a una de las sesiones de terapia física de Robby, obtenidas con gran esfuerzo. No es que no podía ocuparse él mismo de grabarlas, pero disfrutaba de trabajar con Laura. Se dedicó al proyecto de manera eficiente, profesional y entusiasta. A menudo pensaba que era una lástima que Laura no hubiera estudiado periodismo. Habría sido una gran reportera.
Cuando se lo mencionó, ella sólo se rió y dijo que para ser un buen reportero hacía falta algo más que recabar información. Hacía falta talento, que él tenía en abundancia. El cumplido hizo que el bienestar que había sentido durante todo el verano se profundizara más, y la sonrisa bobalicona se hiciera todavía más perceptible.
Connie, por supuesto, se burlaba impiadosamente de su mirada soñadora. Pero él la ignoró, algo que los sorprendió. Normalmente, cualquier indicio de que se estaba enamorando habría sido una señal de alarma para él.
El último día de grabación tuvo lugar un sábado a orillas del pantano de Buffalo, cerca del lugar donde él y Laura habían compartido su picnic dos meses atrás. Como era agosto, el equipo llegó temprano por la mañana, cuando los treinta grados de temperatura resultaban aún tolerables y el parque estaba relativamente vacío. Dos camarógrafos, los técnicos y el director de área instalaron el equipo cerca de la zona donde iban a comer los patos. Emplearían una cámara montada para filmar la presentación del informe a cargo de Brent, y luego una cámara de mano para filmar a Brent y Robby dándoles de comer a los patos y caminando por el parque. Estas tomas serían intercaladas con entrevistas y otras escenas, al final de las cuales se escucharía la voz en off de Brent en el estudio, una vez que se ensamblara todo el material.
Mientras esperaban que comenzara la grabación, Brent estaba parado junto a Connie, Robby y la madre de Robby bajo la sombra de un árbol. Connie se abanicaba con sus notas.
– No entiendo cómo me pudiste convencer alguna vez de hacer una toma exterior en pleno agosto -se quejó.
– Me debías un favor, ¿recuerdas? -dijo Brent.
– Sí, pero nunca pensé que implicaría estar afuera con esta temperatura. Hace tanto calor que te juro que se me derrite el cerebro. ¿Cómo aguantan ustedes los locales?
Brent se rió entre dientes mientras se aplicaba unos toques de polvo sobre el rostro para absorber el brillo. Al mediodía, el calor y la humedad harían difícil incluso la respiración.
– Lamento informarte que no nos resulta más fácil. De hecho, todos los años, cuando estamos en esta época, pienso seriamente en la posibilidad de comprar una cabaña en Colorado y escapar hasta octubre.