– Qué buena idea -suspiró Connie y buscó un cigarrillo-. ¿Cuándo nos vamos?
– ¿Tttengo que uuusar esa mugggre? -preguntó Robby, mientras observaba a Brent terminar con su maquillaje. Brent disimuló una sonrisa, ya que tampoco a él le gustaba. Afortunadamente, como tenía la tez morena, rara vez tenía que usar la crema salvo fuera del estudio, y entonces se ponía la menor cantidad posible.
– No es tan terrible -le aseguró Brent-. Una vez que te acostumbras a ello.
– ¡Es pppara niñas! -Robby arrugó la nariz.
– Y para las estrellas de cine -añadió Brent, respondiendo con rapidez. En los últimos días, había aprendido que Robby podía ser tan temperamental como cualquier niño de siete años. Le resultó extraño que le cayera aun mejor por ser tan natural. Con Robby, nadie tenía que preguntarse qué estaría pensando… porque decía lo que pensaba en el acto. Brent echó un vistazo a la madre de Robby, María-. ¿Cuál es el programa favorito de Robby?
– Walker, el guardabosques de Texas -respondió en su inglés con acento.
Brent se puso en cuclillas a la altura de Robby:
– Te apuesto a que Chuck Norris lleva maquillaje.
– ¿Quién? -Robby arrugó la frente.
Brent puso los ojos en blanco y le hizo cosquillas en el estómago:
– El tipo que actúa de Walker.
– Wwwalker no lleva mmmaquillaje -protestó el niño entre risas.
– Claro que sí. Toda persona que se para frente a una cámara lleva algún tipo de maquillaje -Brent tomó un poco de polvo traslúcido con la esponja-. Y eso harás hoy: actuarás en frente de una cámara, como Walker, el guardabosques de Texas. Qué suerte, ¿no?
Robby hizo un gesto ceñudo ante la esponja en la mano de Brent:
– Sssupongo que sí.
Sin darle oportunidad de cambiar de parecer, Brent comenzó a pasar la esponja por el rostro del niño.
– Después de que todos tus amigos vean el programa, serás una estrella conocida.
– ¿Lo ccccrees?
– Te apuesto a que sí -Brent sonrió al ver la excitación del niño. Ya había aprendido que el temor a las cámaras no era uno de sus problemas.
En ese momento Laura llegó en su auto y se estacionó al lado de la vereda, detrás de la camioneta de televisión y otros vehículos. Luego de salir del auto, se dirigió hacia ellos con una bolsa de panadería en una mano y una heladera portátil en la otra.
– Siento haber llegado tarde -dijo, acercándose-, pero pensé que les vendría bien ingerir algunas miles de calorías para conservar la energía:
Al ver la bolsa, el equipo abandonó su trabajo y se dirigió hacia la sombra del árbol.
– ¿Qué trajiste? -preguntó Connie.
– Donas, pasteles cubiertos de azúcar glaseada, y medialunas con tanta mantequilla que harán que se te haga agua la boca -anunció Laura con regocijo.
– Oh, bendita seas, hija mía -Connie se dirigió derecho a la bolsa mientras Laura extendía una manta bajo la sombra-. ¿No habrás traído un poco de café, también?
– ¿Con este calor? -Laura se estremeció, y luego abrió la heladera-. Traje jugo de naranja y refrescos.
Connie puso mala cara, pero alargó la mano para tomar una pequeña botella de plástico de jugo.
– Vvvoy a ssser una estrella de cine -dijo Robby a Laura.
– ¿En serio? -le preguntó, con la dosis justa de asombro-. Pues, hay que celebrar. Elige tu propio veneno: jugo de naranja o refresco.
– ¿Tienes rrrrefresco de naranja?
– ¡Claro!
– ¡Refresco de naranja, no! -gritaron al unísono Brent, Connie y el director de proyecto. Lo último que necesitaban era que Robby tuviera un bigote anaranjado cuando comenzaran a rodar las cámaras.
– Está bien, está bien -Laura fingió espantarse.
Brent echó un solo vistazo al gesto amotinado de Robby e intervino rápidamente:
– ¿Qué te parece una Coca ahora y un refresco de naranja después?
– Essstá bien -conservando aún el puchero, Robby se tambaleó y avanzó hacia la manta.
– ¿Tienes hijos? -preguntó María con suavidad a su lado.
Brent se sorprendió al oír las palabras:
– No, ninguno. ¿Por qué lo preguntas?
– Tienes muy buena mano con los niños -María sonrió.
– Yo… gracias -sintió una extraña opresión en el pecho, al tiempo que María se volvía para observar a su hijo. El orgullo y el amor que sentía por él brillaban visiblemente en sus ojos. Y sin embargo, él sabía que criar a Robby no podía ser fácil, y no sólo por la parálisis cerebral, sino porque María era joven y soltera.
Como lo había sido su propia madre.
Durante la última semana se había preguntado muchas veces por qué dos mujeres en la misma situación podían reaccionar de manera tan diferente. El padre de Robby había abandonado a María antes de que el niño siquiera hubiera nacido. María había dejado la escuela secundaria para cuidar de su bebé y ahora trabaja como camarera en un hotel para mantener a ambos. La admiraba por negarse a dejar a su niño, aunque tenerlo a su lado le complicara la vida.
La madre de Brent, por el contrario, apenas se había resistido cuando halló a un hombre que se quiso casar con ella y llevarla a California, pero con la condición de dejar a Brent. Aunque había prometido que lo mandaría a buscar más adelante, ninguno de los Zartlichs volvió a saber de ella.
Desde que tenía memoria, se había culpado por su partida, pero ahora no estaba tan seguro de ello. ¿Y si fuera ella la débil de carácter y no él?
Pensó en todos los años que había pasado intentando ser perfecto por temor al abandono. Incluso de adulto, temía que si alguien se acercaba demasiado y descubría sus defectos, llegaría a despreciarlo. Pero Laura conocía todas sus imperfecciones: podía ser porfiado y egoísta en algunos momentos, y vergonzosamente tímido en otros.
Sabía todo eso y, aun así, no le daba importancia, y decía que era parte de ser humano.
– Está bien -llamó a voces Connie, cuando terminó su pastel-. Que empiece el show.
El equipo se abalanzó sobre los últimos pasteles, y Brent se volvió a concentrar en su trabajo, aliviado. Al menos aquí estaba en terreno seguro, un lugar en donde no tenía que ofrecer otra cosa más que su aspecto exterior para que la cámara lo filmara.
Capítulo 22
Dos semanas después, Laura entró corriendo por la puerta en la casa de Melody.
– Melody, ¿estás en casa? ¡Soy yo!
Los perros se abalanzaron sobre ella desde el fondo de la casa, aullando extasiados. Como Melody no había tenido una muestra de arte ese fin de semana, Laura había dejado los perros en casa, en lugar de llevarlos a casa de Brent.
– Sí, Chakra, sí, Karma, yo también me alegro de verlos -dijo, mientras intentaba esquivar sus brincos de alegría, para llegar a la cocina.
– ¡Qué milagro! -dijo Melody al entrar por la puerta trasera de la cocina. Los perros se precipitaron sobre ella, anhelando ser acariciados. Melody se inclinó hacia delante para darles el gusto, mientras hablaba con Laura-. ¿Qué haces aquí un sábado?
– Busco algunos boles para servir -explicó Laura, fijándose en el armario inferior-. No, Karma, no necesito que me ayudes -apartando a la hembra entusiasta a un lado, se sumergió de nuevo en los estantes de utensilios-. ¿Te das cuenta de que, luego de semanas de intentar convencer a Brent de que invitara a algunos amigos a su casa, me avisó sin más esta mañana… sí, esta mañana… que invitó a todo el canal para comer fajitas esta noche en su casa? ¡Esta noche!
Trasladándose a otro armario, masculló para sí:
– Uno creería que un hombre con una cocina tan bien equipada tendría un par de boles para servir papas fritas. O que me daría un par de horas más para preparar la fiesta.