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– ¿A qué te refieres? -inmediatamente, Greg se puso tenso.

– Si no la puedes obtener con un anillo de matrimonio, atráela con el negocio, ¿no? -Melody hizo un gesto burlón.

– Ésa no fue mi intención -dijo Greg con un exceso de indignación.

– ¡Sí, claro! -bufó Melody.

– Da la casualidad que Laura Beth es una excelente gerente administrativa que posee ideas novedosas acerca de cómo mejorar un negocio.

– Pedazo de escoria -Melody lo miró de arriba abajo, como si acabara de descubrir un tipo aberrante de insecto-. Ese era el único motivo por el que te querías casar con ella, ¿no es cierto?

– No el único motivo, no, y me molesta que sugieras una motivación tan insensible -la cara de Greg se sonrojó tanto, que Laura se preguntó si Melody tenía razón. La idea le dolió profundamente, que la hubiera querido como socia comercial más que como mujer. Pero explicaba perfectamente la falta de pasión en su vida amorosa.

– Para tu información -insistió Greg-, guardo la más profunda admiración por Laura Beth a nivel personal.

– ¡Admiración! -Melody dijo con desdén-. Para tu información, hace falta más que eso para que un matrimonio sea feliz.

– Así que eres tú quien le ha estado llenando la cabeza de todas estas ideas sobre las relaciones entre hombres y mujeres, como si todo lo que importara fuera el atractivo físico, y… ¡la lujuria! -su mirada se paseó por la camisa de talla demasiado grande que Melody llevaba abierta en la parte delantera. Debajo, un sostén deportivo y calzas de ciclismo exponían su cuerpo audazmente.

– ¿Tienes algo en contra de un poco de lujuria genuina? -dando un paso hacia él, Melody se abrió aún más la camisa para apoyar una mano sobre la cadera-. Como farmacéutico, tú deberías conocer los beneficios de una vida sexual sana.

– Chicos -Laura intentó interrumpir, al tiempo que Greg se tropezaba con una respuesta enrevesada-. Este, ¿chicos? -intentó de nuevo, y oyó que Melody retrucaba con una refutación mordaz-. Si me disculpan, tengo una fiesta a la que debo asistir.

Ninguno de los dos se dio vuelta para mirarla, enfrentados en una lucha cuerpo a cuerpo. Como decidió que ya había oído más que suficiente, Laura levantó los boles y se dirigió a la puerta de entrada. Detrás de ella, aún podía oírlos discutiendo y no sabía si reír o intervenir con un par de gritos. ¿Había sido realmente tan interesada la propuesta matrimonial de Greg? Aunque lo hubiera sido, su motivo ulterior no pudo haber sido intencional. Greg no era el tipo de hombre que usara conscientemente a nadie. Aun así, esta prueba furtiva de que jamás la había amado de verdad le molestó. Le molestó tanto como lo que había dicho respecto de que una relación necesita más que la lujuria para sobrevivir.

No es que la relación con Brent estuviera basada solamente en la lujuria. ¿O lo estaba? No, por supuesto que no, se convenció a sí misma.

Entonces, ¿por qué las palabras de Greg la afectaban tanto?

Porque se dio cuenta, mientras manejaba, que si Brent sintiera algo más que deseo físico y amistad, se querría casar con ella, sin importar lo atemorizante que le resultara la idea de un compromiso.

¿Y si no la amaba?

La pregunta resonó en su mente, al tiempo que detenía el coche en el camino de entrada. Lo vio a través de la ventana de la cocina, y por un instante se quedó quieta mirándolo. ¿Cuánto estaba dispuesta a sacrificar para estar con este hombre? ¿Cuánto tiempo más podía seguir saliendo sin decir las palabras “Te amo” y a su vez escucharlas?

Esperó que se le ocurriera alguna respuesta, alguna solución mágica que le permitiera conquistar su corazón. Si sólo pudiera atravesar esa puerta, rodear su cintura con sus brazos, y decirle todo lo que sentía, lo importante que era en su vida.

Sólo que lo perdería si lo hacía, porque él no estaba preparado.

Así que por esta noche, como con todas las demás noches que habían compartido, lo acompañaría como su amante y su amiga. Si terminaba cansándose, lo manejaría de la misma manera en que venía manejándolo: esperando el momento oportuno… por el tiempo que fuera necesario.

* * *

Capítulo 23

Brent oyó el sonido de un auto afuera en la entrada y echó una mirada por la ventana de la cocina:

– Escucha, Hal -dijo hablando por el teléfono-. Tengo que colgar. Laura acaba de regresar.

– Oh, claro -respondió su agente, dando fin a un aburrido monólogo. Habían hablado más en las últimas veinticuatro horas que en los dos últimos años. Pero, por otro lado, no habían tenido nada para discutir hasta ayer por la tarde-. Te llamaré el lunes -dijo Hal-, apenas tenga el contrato.

– Hazme un favor -dijo Brent-, no digas nada hasta que esté todo firmado.

Hubo una pausa de silencio.

– ¿No te estarás echando atrás, no? -el tono del agente sonaba alarmado.

– No, por supuesto que no -Brent se apartó de la ventana-. ¿Estás bromeando? Es una oportunidad que se presenta una vez en la vida. Es sólo que prefiero que el canal se entere por mí y no por rumores. Es lo que corresponde.

– Ten cuidado de no demorarte demasiado -dijo Hal-. Y Brent… felicitaciones. Trabajaste duro para conseguir esto.

– Gracias -colgando el teléfono, Brent miró ciegamente el vacío. La gente del canal no era la única que debía saber del proyecto que le habían ofrecido. Laura no sabía ni una palabra. Había intentado contarle anoche, pero el entusiasmo respecto de la mayor oferta laboral que había recibido en su vida se desbordó y se transformó en ardor, y transcurrió la mitad de la noche haciendo el amor. Luego esta mañana habían tenido que preparar la fiesta.

Pero tarde o temprano tenía que contarle y enfrentar su respuesta, ya fuera buena o mala. Cómo le gustaría saber si acogería la noticia con alegría y el consentimiento de mudarse al otro lado del país o con unas simples felicitaciones y deseos cordiales para su vida de allí en más.

La puerta trasera se abrió, y volvió en sí. Tomó rápidamente una tabla de cocina y un cuchillo para simular estar ocupado.

– ¿Encontraste boles? -preguntó por encima del hombro. Al ver que tenía las manos llenas, soltó el cuchillo-. Ven, déjame ayudarte con eso.

– Siento haberme retrasado tanto -se apartó el cabello de la frente, cuando él tomó lo que llevaba en los brazos-. Me demoré en casa de Melody.

– No te preocupes -se inclinó para darle un beso fugaz, se apartó, y luego cambió de parecer y regresó para darle otro. El puñetazo instantáneo de deseo le quitó el aliento, como siempre le sucedía. Ella se irguió para ir a su encuentro, echando un brazo alrededor de su cuello para poder estrecharlo mientras él devoraba su boca dulce y generosa. Jamás podría renunciar a esto. Se marchitaría y moriría si Laura no estaba en su vida.

¿Pero qué sucedía si lo obligaba a elegir entre ella y su carrera? ¿Podría renunciar a todo aquello por lo cual había luchado, para quedarse con ella? Había visto a otros reporteros de noticias que lo hacían: dejaban pasar la oportunidad de avanzar para quedarse en el pueblo donde sus cónyuges trabajaban y sus hijos iban a la escuela.

Pero él y Laura no estaban casados. Lo único que los unía era la amistad, el respeto y esta llamarada de pasión que se encendía cada vez que se tocaban. ¿Sería suficiente? Tenía que serlo, porque no podía imaginarse separado de ella. Su boca se movió oblicuamente sobre la de ella para profundizar el beso, necesitando saborearla por completo.

Ella gimió cuando él finalmente levantó la cabeza.

– Mmm -sus ojos revolotearon abiertos-. Si hubiera sabido que me esperaba esto, me habría apurado más.

– Pues estaba planeando arrancarte la ropa y hacerte mía antes de que llegaran los invitados, pero supongo que ahora es demasiado tarde para hacerlo.

– Siempre está la posibilidad de hacerlos esperar en el porche de entrada -lo instigó, juguetona.